Editorial

Cuando el pueblo importa poco

Por Dinorah García Romero

La República Dominicana tiene el desafío de avanzar, de no quedarse atrasada en la línea de desarrollo que experimenta el continente y que se espera de la región del Caribe. Todavía el país permanece rezagado en algunos aspectos fundamentales; se encuentra fuera de contexto y del momento histórico que vive el mundo. Parece que los cambios que se han producido en el conocimiento, en la información, en las tecnologías y en las ciencias no han pasado cerca de actores y sectores relevantes del país, como es el caso de los políticos y de los partidos. Estos sostienen una cultura política que está obsoleta. Una cultura que margina los problemas reales que tiene la gente; induce a una mirada que distrae y le quita el verdadero peso a la situación de precariedad de un alto porcentaje de la población urbana y rural. Es una cultura que alimenta la superficialidad y la búsqueda del bienestar individual sin calcular el costo ético, moral y social de sus actuaciones. Esta práctica cultural genera políticos parásitos y partidos políticos con poco carácter ético. Interesa desviar la atención de las personas afectadas por los problemas cotidianos, y de aquellos que tienen algo de conciencia crítica para reaccionar como es debido ante la manipulación política y publicitaria.

En este Siglo XXI es insostenible que los políticos y los representantes del gobierno y de los Partidos políticos estén todos los días en la prensa escrita, en la televisión, en la radio y en cualquier espacio al que tengan acceso, para discutir sobre la reelección del presidente. Es indefendible, también, que las instituciones responsables de regular las campañas electorales se conviertan en organismos hueros, a las que nadie les pone caso. Lanzan una orientación y es como si no dijeran nada. La distancia de estas instituciones de lo que supone la institucionalidad es muy grande; y esto tiene un impacto significativo en el desarrollo de la sociedad dominicana.

Tenemos evidencias de políticos que constituyen una excepción por su seriedad y por su alto nivel profesional. En días recientes constatamos hechos que nos confirman estas expresiones. Pero un grupo de políticos nos quiere poner como tema obligado de cada día el tema de la reelección presidencial. No. El debate, la propuesta y las soluciones tienen que enfocar los problemas que aquejan a los dominicanos.

En este contexto nos preguntamos y les preguntamos a los profesionales de la reelección lo siguiente:

¿Tiene sentido marear con la reelección cuando la Evaluación Diagnóstica Nacional 2017 de Lengua Española y Matemática refleja la crítica situación en la que se encuentran los niños que finalizan el primer ciclo de Educación Primaria?

¿Es respetuoso perorar sin descanso sobre la reelección cuando el conflicto de poder en el interior de un partido paraliza las labores escolares y profundiza la indigencia de los aprendizajes de los estudiantes y del desarrollo profesional de los educadores?

¿Tiene algún contenido ético argumentar hasta la saciedad sobre la reelección cuando en los hospitales dominicanos, según estudios de UNICEF, mueren once niños cada día y la mortalidad materna ocupa el segundo lugar en la región?

¿Es un acto responsable invertir tanto en publicidad pro reelección cuando se incrementan los linchamientos por la carencia de una justicia justa, libre y con medios necesarios para investigar y hacer valer las leyes?

¿Es alentador armar la lucha de la reelección cuando las adolescentes del país están al margen de una educación sexual integral y de calidad que las libere de embarazos ingenuos y forzados?

¿Es humano gastarse en campaña reeleccionista cuando tenemos a los jóvenes dando vuelta y suspirando por un trabajo para desarrollarse como personas?

Cuando el pueblo importa poco, estas preguntas se quedan sin respuestas; y temas individuales en detrimento de los colectivos pretenden convertirse en ejes rectores del pensamiento y de la acción.

Mi posición es clara. Lo que debe ocupar el tiempo, el esfuerzo, el dinero y las palabras es lo que la gente necesita. Son las necesidades de las personas las que deben ser el centro del debate. Nuestra inteligencia y creatividad ha de desbordarse en búsqueda de solución a los problemas. Para ello no necesitamos escenarios especiales ni el encanto de la reelección. Urge que aportemos desde donde intervenimos y actuamos. Es necesario, también, que aportemos para provocar un cambio ágil de la cultura política dominicana; para cambiar la cultura del miedo a darle el frente a lo que es prioridad para la gente. En nuestro país hay muchas personas buenas y comprometidas. Por esto, la esperanza no disminuye, al contrario, se incrementa y esparce

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