Cuando la pandemia de Covid se inició en la República Dominicana, en marzo de 2020, jamás pensamos que el confinamiento que se había impuesto tardaría tanto tiempo en deshacerse. Y comenzaron a conocerse los nombres de las personas fallecidas y nos alarmamos y lloramos y nos asustamos. ¿Cómo no recordar a Jenny Polanco, a Víctor Victor, a Lucas Vicens y a tantos otros que hemos perdido en esta tragedia humana?

El país encontró fuerzas para avanzar, sin detenerse ante las responsabilidades institucionales, y tuvimos elecciones municipales el 15 de marzo de 2020, y nuevas autoridades locales el 24 de abril de ese año, y luego elecciones presidenciales el 5 de julio, y nuevas autoridades nacionales el 16 de agosto. Pese a la tragedia en que vivíamos el país pudo sobreponerse, no sin antes lamentar muertes como las de José Ignacio Morales (El Artístico), Bartolo Alvarado (El Cieguito de Nagua) o Vinicio Franco.

El sistema de salud pudo asumir innovaciones en los tratamientos a las personas infectadas por Covid-19, y desde entonces se conoció que la obesidad, la diabetes, la hipertensión y otras condiciones previas eran propensas a agravar las las personas infectadas por el virus. Pese a ello salimos de luto por las muertes de Henry Ely, Cheché Abreu, Héctor Capellán o el periodista Tony Pina.

En diciembre del 2020 el mundo comenzó a respirar en mejores condiciones cuando se anunció que había varias vacunas disponibles, y que sería el inicio del fin de la pandemia. La Organización Mundial de la Salud lanzó el programa COVAX para auxiliar a los países más empobrecidos y relegados, y los países desarrollados, especialmente Estados Unidos y los de Europa, lanzaron una estrategia de concentración para sí mismos de las vacunas disponibles. Primero ellos, los que tenían dinero, tecnología y se consideraban superiores, y después, si algo sobraba, decidirían cómo repartir entre los miserables lo que sobrara. Mientras tanto se morían René Rodríguez Soriano, Armando Manzanero tan querido en la República Dominicana, y Henry Pimentel.

La imagen era aterradora. El desaliento y la depresión se apoderaron de la humanidad. Los líderes estaban dando una muestra de insolidaridad que jamás nadie se la imaginó. Era una especie de naufragio, con un bote donde iban montados los presidentes de las potencias, que con un remo golpeaban a los desesperados y agonizantes, quienes intentando salvarse se arrimaban a los bordes de la embarcación para poder resistir. A golpes los trataban los que iban en el bote.

Hoy mueren menos personas, pero el Covid sigue siendo un elemento extraño, ajeno, que atemoriza y riega la desesperanza en la humanidad. Hay gente calificada que por Covid o no, se muere, como Erasmo Vásquez o Lázaro Guzmán, o ciudadanos nobles que despedimos como Pedro Romero Confesor o Leandro Guzmán. La tristeza se apodera de todos y muestra el lado oscuro y doloroso de esta vida, que hemos venido a disfrutarla y a sufrirla, como bien dice el cantautor español Pedro Guerra en su último disco (El viaje).

Lo importante es que, pese a las ausencias y a las despedidas, seguimos de pie y con la esperanza de continuar superando los egoísmos y la falta de solidaridad de los que debían ser fuentes de inspiración para aportarnos fuerzas y seguir adelante. En cambio, paradójicamente, son los que se han ido que nos siguen inspirando para apostar a la vida y a la resistencia.