Rafael Uribe Uribe fue un político, militar y diplomático colombiano que acabó asesinado en 1914 a hachazos, por algunos de los que le oponían y a las mismas puertas del Congreso. Ejemplo de la crueldad a la que parecen condenados nuestros países. Fue uno de los redactores de la importante Constitución de Rionegro, en 1863, había hecho diversas campañas militares, entre ellas la conocida como “Guerra de mil días”, y publicado, en 1887, un Diccionario Abreviado de Galicismos, Provincialismos y Correcciones de Lenguaje. Más que sus aciertos léxicos —que los tiene— importa que fuera redactado en la cárcel, donde estaba por haber reprimido sangrientamente un conato de rebelión entre sus tropas. Mientras esperaba una ejecución que no llegaría en aquella ocasión, quiso dejar algo para mejorar los defectos de la juventud y pensó en el ser y el uso de las palabras.
Son las palabras las que primero unen y enfrentan, las que enlazan y rompen, las que convierten en amantes a los amantes, dibujan todo el odio en los odiados y el perdón en los justos.
La palabra doma a los tigres, aquellos de los camalotes del Paraná que refiriera Borges y busqué por la orilla del río hasta más al norte de Santa Fe, en Cayastá, donde un puñado de españoles nacidos ya de americanas, fundaron un temprano asentamiento en la Argentina. He visto sus esqueletos asomados al suelo de la iglesia casi inexistente, como queriéndose abrir paso entre la arena y las piedras. Busqué en sus bocas y hallé las palabras en los dientes sin lengua. Escondidos aún estaban los acentos de alguna tarde, crecidos de unos brotes trasplantados, de esquejes que llevaron de la Península ancianos padres olvidados. Esquejes de nombres y esquejes de adjetivos. Esquejes de preposiciones, conjunciones, adverbios, regados con saliva y que crecieron y cobraron fuerza en La Isabela, o a la orilla también del Amazonas, en las arenas doradas del Pacífico, en los barcos mecidos en el mar de la China.
Exclamaba una vez Dámaso Alonso: “¡Qué hastío el mundo si tuviera un solo hablar!”. España es un país de varias lenguas y a través de ellas llegó a expresarse también la española. Lenguas que han dejado su huella en el antiguo castellano para hacer pronto, junto a las expresiones americanas —canoa, hamaca, caimán, ¿cuántas otras?—, lo que llamamos ahora el español. Es lengua que encabalga y es encabalgada, una y otra vez, por las gentes que, desde sus acentos maternos en gallego, en quechua, en catalán, en aimara o en vascuence, en guaraní o en extremeño, también desde el acento materno castellano a la manera de Castilla, de las hablas de sur o de las islas lejanas, han llegado a hablar el español.
Por eso emociona imaginarse a aquel duro militar, a aquel intenso político, al borde de una muerte anunciada, no entonces cumplida aunque tendrá de todas formas un final terrible, preocupándose por discernir las palabras en una pequeña celda, tal vez oscura y húmeda, que llegaba a iluminar la voluntad de enseñar a hablar mejor y con mayor riqueza a los jóvenes americanos.