LITERATURA

Homenaje póstumo al poeta Norberto James Rawlings (1945-2021)

Los conocedores de su obra consideran que, dada su calidad, debía distinguírsele con el Premio Nacional de Literatura, algo que se le regateó durante años.

Por Patricio García Polanco

Norberto Pedro James Rawlings, el poeta de la sonrisa luminosa, nos ha dejado.

 Norberto James Rawlings.
Norberto James Rawlings.

I.

Sí, a los poetas hay que homenajearlos y celebrarlos leyendo sus versos. Recitar su biografía, leer dos o tres líneas de uno o dos poemas suyos para luego cerrar casi con displicencia el libro o la revista que los contiene… es simulación o desdén, no es culto merecido. Y los grandes creadores merecen ese respeto, esa callada veneración que sólo ellos saben inspirar en el alma sensible del lector.

Norberto James, poeta importante, pero cuasi desconocido para una gran mayoría del reducido público lector dominicano, ha muerto. Las nuevas generaciones le desconocen. Y se ha hecho muy poco para masificar su obra, su gran legado de poeta social, combatiente, defensor de la vida, de la justicia, de los derechos ciudadanos. El oficialismo, con su ineficaz Ministerio de Cultura, le dejó morir sin reconocerle en la dimensión que él merecía. Los conocedores de su obra consideran que, dada su calidad, debía distinguírsele con el Premio Nacional de Literatura, algo que se le regateó durante años. Tampoco se le publicaron sus obras completas definitivas. Y de igual manera procedió el sector privado: las universidades dominicanas, que parecen bastarse y sobrarse con la fabricación masiva de profesionales       – en algunos casos, profesionales al vapor– sin políticas culturales coherentes ni programas de estudios humanísticos dignos del sector que representan, tampoco le hicieron justicia. Vivimos instalados en la insensatez. El oficialismo cultural siempre ha sido negligente para hacer justicia y subsanar errores y olvidos. La repartición de favores, como en cualquier otro renglón estatal, ha sido su modus operandi.

Sin embargo, esto no afectará significativamente la relevancia del poeta de ascendencia cocola en nuestras letras. Grandes escritores e intelectuales fueron merecedores de premios, distinciones y posiciones que nunca obtuvieron, y eso no les menoscabó prestigio. El caso de nuestro Pedro Henríquez Ureña en Argentina, comentado por Borges (2005: 186-197), es bastante ilustrativo:

Yo tengo el mejor recuerdo de Pedro Henríquez Ureña.... él era un hombre tímido y creo que muchos países fueron injustos con él. En España, claro, lo consideraban, digamos, un mero indiano; un mero centroamericano. Y aquí, en Buenos Aires, creo que no le perdonamos el ser dominicano, el ser, quizás mestizo; el ser ciertamente judío – el apellido Henríquez, bueno, como el mío, es judeo-portugués-. Y aquí él fue profesor adjunto de un señor, de cuyo nombre no quiero acordarme; que no sabía absolutamente nada de la materia, y Henríquez -que sabía muchísimo-  tuvo que ser su adjunto.

Lo mismo aplica para el caso del propio Borges, cuya trascendencia en las letras latinoamericanas y universales está fuera de toda discusión, y sin embargo nunca fue galardonado con el Premio Nobel, a pesar de habérsele propuesto en varias ocasiones y de tener más que suficientes méritos. Al final, el tiempo, sin apresuramientos, va poniendo cada cosa en su lugar, haciendo los ajustes necesarios. El profesor argentino del que Henríquez Ureña fue adjunto, hoy es una sombra que el tiempo ha diluido, y la grandeza de Borges se sitúa por encima de muchos de los escritores que recibieron el codiciado premio de la Academia Sueca. Pocos de los galardonados con el Premio Nobel han alcanzado la trascendencia y el culto que hoy se le rinde al autor de “El Aleph”.

Norberto James forma parte de la denominada Generación de Postguerra, que surgió en pleno fragor bélico de 1965. Dicha generación (tal vez sería mejor hablar de grupo) la integran otros escritores como Mateo Morrison, Enriquillo Sánchez, Andrés L. Mateo, Alexis Gómez Rosa, Enrique Eusebio, Federico Jóvine Bermúdez, Tony Raful, Soledad Álvarez, Miguel Aníbal Perdomo, Jeannette Miller, René del Risco Bermúdez, Alexis Gómez Rosa, Antonio Lockward, Miguel Alfonseca. También René Rodríguez Soriano, José Enrique García, Chiqui Vicioso y Juan José Ayuso, entre otros.

Nuestro autor publicó siete libros de poesía. El primero es Sobre la marcha (1969), en el que apareció su poema más conocido “Los inmigrantes”. Sus otros libros son La provincia sublevada (1972); Vivir (1981); Hago constar (1983); La urdimbre del silencio (2000); Patria portátil (2007) y Oscuro amor (2010).

Hoy, a modo de homenaje post mortem auctoris, comentamos su poema más prestigioso: “Los inmigrantes”.

II.

Los inmigrantes

En su más conocido y prestigioso poema, “Los inmigrantes”, nuestro poeta canta a la memoria de aquellas oleadas de trabajadores negros provenientes de las Antillas menores que llegaron a principios del siglo XX a los ingenios azucareros de la región Este para incorporarse al corte y procesamiento de la caña de azúcar. Fueron bautizados con el nombre de cocolos. Norberto James era descendiente por línea paterna de ese grupo étnico. El poeta habla de sus antepasados y de su propia experiencia de hijo de extranjeros marginados, y lo hace sin implicarse directamente, en tercera persona. El texto, fechado en San Pedro de Macorís y en el año 1969, está dividido en cuatro partes, precedidas por una brevísima introducción de tres versos:

Aún no se ha escrito

la historia de su congoja.

Su viejo dolor unido al nuestro.

Nuestro poeta lamenta que aún nadie se ha ocupado de reseñar “el viejo dolor” de esos inmigrantes, heredado por las nuevas generaciones, los que nacieron aquí (como el poeta), en medio de enormes carencias y limitaciones. De esa omisión nace la necesidad de hacer un recorrido por la trayectoria de esos hombres y mujeres que llegaron al país en busca de trabajo, movidos por la ilusión de alcanzar aquí una vida más promisoria. Le corresponderá, pues, al poeta revelar ese “viejo dolor” que ha permanecido oculto durante el discurrir de varias generaciones.

En el primer apartado, nos presenta el cuadro de una niñez precaria, dentro de un escenario impuesto por las circunstancias: el batey. Dura niñez, sin juguetes (aunque esto era, tal vez, lo menos traumático, pues sin forzar mucho su imaginación, los niños hacen de cualquier objeto un juguete). Lo peor es no disponer de tiempo para disfrutar de los atributos de esa edad. El niño, curioso por naturaleza, aprende observando, tocando… entrando en contacto directo con el entorno. De esa interacción van naciendo las interrogantes que le conducirán a un constante replanteo existencial. Pero esa curiosidad se alimenta de una visión reposada de las cosas. Pasar una mirada rápida por los objetos, no tener tiempo para tocar, escuchar, sentir… podría traducirse en un embotamiento sensorial. Desde todo punto de vista es una vulneración de los naturales principios que rigen la infancia.

No tuvieron tiempo

-de niños-

para asir entre sus dedos

los múltiples colores de las mariposas.

Atar en la mirada los paisajes del archipiélago.

Conocer el canto húmedo de los ríos.

No tuvieron tiempo de decir:

-Esta tierra es nuestra.

Juntaremos colores.

Haremos bandera.

La defenderemos.

Atrapar mariposas para jugar (cruel pasatiempo, pero común en los niños pequeños), contemplar el paisaje con ojos asombrados, y hasta compararlo con el que dibujan los padres cuando, acicateados por la nostalgia, rememoran el lar nativo; explorar los ríos, bañarse en sus charcos… Fueron lujos al que no tuvieron alcance los sujetos referentes del poema: no disponían de tiempo. Tampoco para confeccionar banderas de papel y jugar a ser héroes. ¿Qué se lo impedía? El poeta no lo dice, pero es de suponerse que desde muy niños debieron integrarse al trabajo para ayudar a la familia. Algo que, por otra parte, no nos es extraño, pues son muchos los niños que, dada la situación familiar, se ven forzados a ejercer un determinado oficio para contribuir al ingreso del hogar.

En el segundo apartado, la voz lírica, asumiendo la carga de subjetividad propia del yo (primera persona) rememora una época en la que llegaron los primeros cocolos al país, atraídos por el auge de la producción azucarera de principios del siglo XX. Era el período identificado por los historiadores como el de la “Danza de los millones”, debido a la demanda de productos agrícolas dominicanos, principalmente la caña de azúcar. La gran producción azucarera se concentraba principalmente en el Este del país, sobre todo en San Pedro de Macorís, provincia natal del autor de “Los inmigrantes”. A dicha provincia alude el poeta cuando evoca “la provincia de nombre indígena, de salobre y húmedo apellido”. La proximidad al mar justifica el empleo de los adjetivos “salobre” y “húmedo”. Era una ciudad con “música propia” que atraía “danzantes” de diferentes lugares del ámbito antillano. En ese contexto es que entra la llegada al país de los cocolos.

Hubo un tiempo

-no lo conocí-

en que la caña

los millones

y la provincia de nombre indígena

de salobre y húmedo apellido

tenían música propia

y desde los más remotos lugares

llegaban los danzantes.

Por la caña.

Por la mar.

Por el raíl ondulante y frío

muchos quedaron atrapados.

Tras la alegre fuga de otros

quedó el simple sonido del apellido adulterado

difícil de pronunciar.

La vetusta ciudad.

El polvoriento barrio

cayéndose sin ruido.

La pereza lastimosa del caballo de coche.

El apaleado joven

requiriendo

la tibieza de su patria verdadera.

Una parte de los que vinieron al corte de la caña retornaron a su lugar de procedencia al comprobar que la fulguración que a la distancia los había deslumbrado era puro espejismo. No había tal progreso. Las condiciones laborales y el estipendio eran deplorables. Otros se quedaron y arraigaron. Allí nacieron las nuevas generaciones del grupo racial del que procede el poeta James, cuyos apellidos “adulterados, difícil de pronunciar”, pronto se integrarían al cuerpo social de la ciudad provinciana. El poeta refiere que algunos quedaron atrapados en la caña y el raíl (es decir, en el trabajo, que retiene como una red, cuando no hay otra alternativa de sobrevivencia); en el mar, ¿se referirá a algún naufragio en la que perecieron inmigrantes cocolos? Veamos. De acuerdo a Rafael Jarvis (2019: 138):

Durante las frecuentes travesías no era extraño que ocurriera algún accidente lamentable. Uno de ellos se produjo a principios de los años 20 con pérdidas de vidas humanas; nos referimos al naufragio de la goleta L. Inufh en las costas dominicanas, donde perdieron la vida un número indeterminado de personas. Las autoridades del Ayuntamiento de La Romana encomendaron al regidor Gómez para que diera las condolencias en nombre de la institución al vicecónsul del Reino Unido y pusiera la institución edilicia al servicio de lo que se considerara necesario.

Por otra parte, es significativo el contraste que se daba entre una ciudad que albergaba tan floreciente emporio azucarero y el estado en que la presenta el poeta: vieja, y el barrio donde habitaba: polvoriento, “cayéndose sin ruido”. Gran paradoja, una ciudad que en el imaginario popular era un referente de progreso, de abundancia material, tenía un estado calamitoso, ruinoso. Típica contradicción del capitalismo dependiente, propia de los países subdesarrollados. La riqueza genera riqueza, pero esa riqueza siempre se concentra en pocas manos. Los enclaves azucareros explotan a las grandes masas de trabajadores, con la complicidad de las autoridades provinciales y nacionales, que siempre reciben beneficios a cambio de un discreto asentimiento: ver y callar, la vieja práctica del laissez faire, laissez passer. La mención del caballo de coche, medio de transporte tradicional, refuerza el enorme contraste entre un capitalismo que arrancaba con fuerza en esa porción territorial y una ciudad sede atenazada por la miseria.

Los tres últimos versos de esa segunda parte denuncian la violencia que se ejercía contra el trabajador extranjero. Las autoridades de los centros azucareros (el capataz, el guarda-campestre, los administradores) no sólo se encargaban de garantizar la explotación laboral de cada empleado, sino de mantener la sumisión, para evitar cualquier clase de alteración del orden establecido. La imagen del joven apaleado que evoca a su patria legítima, la que dejó al partir, es muy conmovedora.

El tercer apartado está centrado en los inmigrantes que optaron por quedarse y formar familia en suelo dominicano. El sujeto lírico los define metafóricamente como “la segunda raíz de su estirpe”, suponiendo esto la segunda generación, inmediatamente anterior a la del bardo, de la que formaron parte sus padres. Veamos:

3.

Los que quedan. Éstos.

Los de borrosa sonrisa.

Lengua perezosa

para hilvanar los sonidos de nuestro idioma son

la segunda raíz de mi estirpe.

Vieja roca

donde crece y arde furioso

el odio antiguo a la corona.

A la mar.

A esta horrible oscuridad

plagada de monstruos.

El poeta los describe por dos rasgos característicos: su “borrosa sonrisa” y la “lengua perezosa para hilvanar los sonidos de nuestro idioma”. Me detengo en el primer elemento. La sonrisa suele ser un gesto de cordialidad y acogida, de satisfacción y alegría. Pero hay sonrisas mediatizadas por la pena. Cuando la vida se llena de realizaciones positivas, las sonrisas nacen luminosas, plenas, cálidas, radiantes; y en sentido opuesto, cuando el fracaso y las decepciones colman el espíritu, se vuelven opacas, frías, borrosas. Una sonrisa borrosa es, pues, incompleta, sombría, marcada por la brevedad y el dolor. En el caso de los inmigrantes   –discriminados, expoliados, arrojados de su patria por la miseria, mal acogidos en suelo extraño– se entiende que no podrían sonreír de otra manera. El segundo elemento se explica por sí mismo, consigna las dificultades de esos extranjeros frente a una lengua cuyos sonidos aún les resultaban extraños.

“Vieja roca” los llama el poeta para asociar a la consistencia de esta (la roca) la resistencia del grupo frente al trabajo duro y a las deficiencias alimenticias, añadidos a esto la inhospitalidad del refugio que los albergaba. Un sentimiento común los envolvía: el repudio a la corona que en lo político y económico oprimía a sus islas de orígenes, y al mar. Ese mar “plagado de monstruos” por donde en el pasado habían llegado los opresores, con todo el mal que representaban, y que en la actualidad era la vía que por la que habían dejado su suelo querido para procurarse en suelo extraño el trabajo que garantizara el pan familiar. Resulta curiosa la referencia al mar, “plagado de monstruos”, lo cual constituye una evocación a una vieja leyenda europea, la cual sostenía que navegar por el Atlántico era peligroso, debido a que estaba poblado por horrísonos monstruos marinos. A ese respecto, Carla Lois (2007:7) expresa:

Dos elementos caracterizaron el imaginario europeo sobre el Atlántico en el siglo XV: la abundancia de islas y la existencia de monstruos marinos. Ambos elementos representaron la tensión inherente a la experiencia de la navegación ultramarina del siglo XV: las islas alentaban la posibilidad de atravesar las aguas ofreciendo amparo a los intrépidos marineros; los monstruos recordaban cuán temeraria es esa aventura. Los “descubrimientos” de las islas atlánticas que los portugueses hicieron en el quinientos y la literatura medieval animaron esas imágenes del Atlántico.

Esos mitos y leyendas fueron finalmente descartados con la irrupción de los europeos en el Atlántico para arribar al continente americano. Sin embargo, otros monstruos poblaron las aguas oceánicas de esta parte del mundo. Venían provistos de armamentos y vestidos a la usanza europea: conquistadores, colonos, mercaderes de esclavos, piratas y corsarios. Estos eran los más temibles, y es a ellos que se refiere el poeta. Son los nuevos monstruos, que asolan mares y territorios en busca de riquezas.

La cuarta (y última) parte del poema es la más extensa. Empieza con una evocación de personajes cocolos afincados en “la provincia de nombre indígena”. Sus apellidos revelan su origen extranjero, anglosajón. Son descendientes directos de los cocolos que llegaron desde las islas británicas del Caribe.  El poeta los llama por su nombre y apellido, destacando el oficio o actividad en que se destacaron. Es un justo y hermoso homenaje a sus congéneres, que los abarca a todos, incluyendo a los que no aparecen nombrados, que debieron ser muchos más. Pero, como bien se dice: “para muestra, basta un botón”.

Más allá del homenaje entusiasta, está la clara advertencia de que esos inmigrantes no sólo aportaron mano de obra a la industria azucarera, sino que con el discurrir del tiempo se integrarían plenamente a la sociedad petromacorisana, y a la región oriental, contribuyendo de manera decisiva al desarrollo de esa importante porción de nuestro país. Ellos aportaron esfuerzo, vocación, talento y dinamismo al ejercicio de diversos oficios, así como también al deporte y a las artes. El poeta reivindica ese importante legado. Dentro de los nombrados aparecen su padre: Aubrey James, que laboraba como químico para el ingenio Consuelo, y uno de sus profesores: Winston Brodie, quien ejercía la docencia en una escuela episcopal en la que el poeta recibió sus primeras enseñanzas.

4.

Óyeme viejo Willy cochero

fiel enamorado de la masonería.

Óyeme tú George Jones

ciclista infatigable.

John Thomas predicador.

Winston Brodie maestro.

Prudy Ferdinand trompetista.

Cyril Chalanger ferrocarrilero.

Aubrey James químico.

Violeta Stephen soprano.

Chico Conton pelotero.

Hay en esa última parte una rememoración de la ancestral cultura africana, específicamente de sus primitivas armas y objetos relacionados: están pintados en la vestimenta de un personaje cocolo: “Primo”, “el Guloya-Enfermero”. Esa recreación de elementos culturales africanos evidencia una clara asunción por parte del poeta de su herencia negra. Y, de igual manera, como se trata de objetos relacionados con la guerra, la evocación encierra un mensaje relacionado con la resistencia a la opresión y la marginación en la que lo social y lo racial van de la mano.

Vengo con todos los viejos tambores

arcos flechas

espadas y hachas de madera

pintadas a todo color ataviado

de la multicolor vestimenta de "Primo"

el Guloya-Enfermero.

Vengo a escribir vuestros nombres

junto al de los sencillos.

El sujeto lírico, que en “Los inmigrantes” es la representación del propio autor, cierra su discurso poético dirigiéndose a sus hermanos de raza. Les invita a asumir la Patria dominicana como su Patria legítima, a la que tienen derecho por haberla ganado en la diaria faena. Si la Patria se dignifica y engrandece con el trabajo, entonces ellos, los cocolos, y todos los inmigrantes, contribuyen al desarrollo de la nuestra, que al fin de cuentas es la suya, un derecho adquirido pulso a pulso en la labor de cada día. Es una invitación a la inserción en la sociedad que les acoge, aunque marginalmente, a integrarse desde su condición de obreros para construir una sociedad transformada donde prime la justicia y el progreso colectivo, sin odiosas exclusiones. Una sociedad aglutinante que asegure libertad y oportunidad para la expresión y la celebración (canto) a cada uno de sus miembros.

Ofrendaros

esta Patria mía y vuestra

porque os la ganáis

junto a nosotros

en la brega diaria

por el pan y la paz.

Por la luz y el amor.

Porque cada día que pasa

cada día que cae

sobre vuestra fatigada sal de obreros

construimos

la luz que nos deseáis.

Aseguramos

la posibilidad del canto

para todos.

Definitivamente, “Los inmigrantes” es un poema de indiscutible mérito dentro de nuestras letras. Desgraciadamente, debido a la muy escasa difusión de la obra poética de su autor, es el único que ha alcanzado notoriedad. Cuando Norberto James escribió su emblemático texto, probablemente nunca imaginó que él mismo sería un inmigrante en territorio extraño, como acabó siendo al establecerse en Los Estados Unidos. Allí formó familia (una segunda familia); completó su preparación académica y encontró un trabajo digno, como catedrático universitario. Al morir, su vida completó un singular círculo que inició con su nacimiento: vino al mundo dentro de un contexto marcado por la inmigración (la de sus padres y antepasados); y de igual manera murió, en un territorio que no era el que legítimamente le correspondía, pero que él hizo suyo. De alguna manera, su asentamiento en Boston fue un retorno a sus raíces, ya que su madre, aunque dominicana de nacimiento, era hija de una pareja estadounidense.

Al final, sólo nos resta exhortar a nuestros lectores a hacer un recorrido por la obra poética del autor de “Los inmigrantes”; una invitación a descubrir los valores de su dilatado ejercicio escritural. Si no pudimos hacerlo en vida, procuremos hacerlo ahora, como un homenaje póstumo a quien dio al país mucho más de lo que recibió. Leerle será un acto de reparación moral y de justicia.

Bibliografía

Borges, Jorge Luis y Ferrari, Osvaldo (2005). Diálogo I. México: Siglo XXI Editores.

James Rawlings, Norberto (2013) “Los inmigrantes” en Jóvine Bermúdez, Federico El viejo Macorís de los poetas eternos. Santo Domingo: Ediciones Rumbo Este.

Jarvis Luis, Rafael E. (2019). Inmigrantes de las Antillas Británicas en la República Dominicana. Cocolos en San Pedro de Macorís y La Romana: 1870-1950 (tesis doctoral). Sevilla: Universidad Pablo de Olavide. El documento se encuentra en formato digital en este enlace: imprimirFicheroTesis.do (educacion.gob.es)

Lois, Carla “Mare Occidentale”, Terra Brasilis[En línea], 7 - 8 - 9 | 2007, Publicado el 05 noviembre 2012, consultado el 15 de enero de 2021. URL: http://journals.openedition.org/terrabrasilis/257


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