Mi muy querido y adorado don Mariano:

Pienso que la memoria es como la noche, alejada y oscura.  Puede estar aquí, desnuda o contemplativa.

A veces la memoria sufre aflicciones, reordenamientos, rebeliones, propósitos sensibles o afectivos. Otras veces se renueva, construye una sabiduría armoniosa que no excede a lo privativo y a la ternura.

Hoy mi memoria me recuerda,  de una manera clara y pura,  la inmensa belleza que Usted posee.  Pienso, don Mariano, que Usted ha extendido un arco excelso de humanismo como símbolo de su gigante inteligencia, de su humildad que es como un peñasco floreciente en el universo, una música sonora, sonorísimamente de su grandeza admirable.

El mundo conoce y reconoce su voz, la quietud e introspección de su silencio diferente.

No sé si hemos advertido que Usted trae consigo las mayores virtudes para amarlo en deleite, para levantar a la imaginación de la sombra del árbol o en el huerto que esconde su hondo escondrijo interior.

Las virtudes –aún parezcan meramente figuraciones abstractas-, son ejercicios espirituales como aromáticas especies inestimables que se advierten como una lluvia serena, dulce, misteriosa que se deja sentir  en el rostro, que acontece no solo en el aire sino también junto al viento, y  a la llegada de su palabra.

Mil gracias! Gracias por desatar en mí la ternura hacia Usted, gracias por la dignidad de su vida, por las buenaventuras de su canto, de su hermosa valía

Creo que Usted es depositario de una bondad infinita, de una profunda conciencia sobre el sentido del querer y creer en la unión, en la igualdad de voluntades, en el consentimiento principal de discurrir anteponiendo al pensamiento al acto natural de oír, de escuchar las aprenhensiones particulares del espíritu con unciones secretísimas ante la debilidad  de la carne y la extrañeza que traen las criaturas  ante la  soledad.

Este tiempo, don Mariano,  necesita meditar sobre hombres como Usted; reconocer su quieto temperamento. Este tiempo, don Mariano, necesita de inteligencias particulares como la suya, donde el sol no duerme ni aún de madrugada, porque está permanente en la ventana de su alma, cuya renuncia a las cosas materiales y temporales, lo aproxima a la figura de apóstol que no codicia vanidad alguna ni dádivas.

Este tiempo, don Mariano, es sobrenatural porque está huérfano de valores, de individuos dignos con experiencia de visionario, hombres conocidos por su perenne gesto de poeta, con un lenguaje  místico,  atento a la complejidad de los medios y los fines.

Este tiempo necesita una lectura de excelencia ante el asombro, ante la incertidumbre que trae el exceso de egoísmo, y las apologías de lo individual.

Sólo un hombre como Usted, don Mariano,  pudo afianzar nuestros paradigmas culturales, hallar la identidad extrarracional de la libertad, y  sugerir un  estado superior de la creación artística.

Solo un hombre como Usted pudo interrogar a las actitudes ortodoxas, a los dogmas, a las individualidades, a los límites primitivos de la agonía, de la nostalgia, y prevalecer entonces como filósofo en el ensueño, en las aristas del recuerdo, en las anchuras de su supervivencia en el tiempo y su coetánea esencialidad existencial.

Solo un hombre como Usted posee esencialidad amorosa, una cultura occidental cristiana  fortalecida en un mundo ideológico que vuelve al desamparo, a la infelicidad ética, a la tensión afectiva, al carácter plurivalente, donde los eruditos ensayan un sentido ontológico y gnoseológico de las circunstancias, del saber, del no-saber, de lo profano,  incluyendo un intimismo desbordante en contradicciones impasible ante el otro.

No sé si los buenos lectores y los críticos han apreciado los entronques de su pensamiento enciclopedista, de su clasicidad y la  presencia de una fuente renacentista  de la mejor tradición de las letras, cuyos códigos  nos ofrecen la ceremonia distinta, formal  de los bosques y claroscuros de su belleza verbal.

Si fuéramos a comparar sus extraordinarios dotes de pensador y erudito, de investigador, crítico,  poeta y escritor, no sabríamos  si desarrollar un  sistema estrictamente filosófico-místico para adentrarnos en el amplio itinerario de temas que recorren su obra o si debemos acercarnos a la pluralidad de sus conocimientos, a su escritura, a la profundidad poética, inquietante en que se apoya su esclarecida consciencia, su percepción del ente cósmico, del protagonismo del ser en los enigmáticos dominios de lo supraterreno, donde el absoluto como tal es una esencia del yo.

Quizás esta carta, don Mariano, sea mi connotativa integración a su universo, mi integración  a sus ojos, a los ángulos distintos donde va naciendo el encuentro, los párrafos que configuran una lógica, un ritmo vivificado, un deseo que anula los espacios, que invita al uso de la palabra.

Pero no creo que sea suficiente esta carta para expresarle en tono exclamativo: Mil gracias! Gracias por desatar en mí la ternura hacia Usted, gracias por la dignidad de su vida, por las buenaventuras de su canto, de su hermosa valía.

No existen ya proporciones suficientes con las cuales poder describir mi admiración y respeto hacia Usted, como tampoco existen palabras que puedan revelar la transcendencia que tiene hoy y tendrá por siempre su labor creativa, académica, y sobre todo de eximio Maestro.

Le quiere,

Ylonka.