MONTE PLATA, República Dominicana.- El pasado martes 1 de julio, murió entre la tristeza y la desesperación la señora Lucía Martínez, mejor conocida como Cirila, quien aun tenía la fe de que desaparecieran las dolencias que marcaban su cuello.

Víctima de la pobreza y la falta de oportunidades, Cirila pereció en su casa de zinc y  madera vieja, teñida por el sol candente de las mañanas de Yamasá, municipio de Monte Plata.

Sin muchos familiares que la acompañasen en su lecho de muerte, su casa vacía estaba rodeada de curiosos que en algún momento le llevaron un plato de comida o le lanzaron unas monedas, cuando ella se sentaba a pedir en las principales esquinas de Yamasá.

Hace menos de un mes reporteros de Acento hablaron con ella y con la hospitalidad que caracteriza a los provincianos dominicanos, nos invitó a pasar mostrándonos su hogar y con una sonrisa a medias, respondió cada pregunta que le hicimos.

A sus 61 años de edad, Lucía Martínez presentaba enormes llagas dejando ver más allá de la dermis que cubre su garganta. Su pecho quemado se veía blanco a diferencia de su real color de piel, la cual era oscura.

Hace unos años fue víctima de un voraz incendio, provocado por ella misma al dejar una vela encendida cuando decidió dormir plácidamente en la cama de un solo colchón y en el suelo, que para ella era suficiente.

Relató que en ese entonces le fue trasplantada piel del muslo al cuello, que a pocos años le trajo consigo el surgimiento de las llagas que le hacen ver más amplia de lo que es su cuello.

Hace menos de un mes, reporteros de Acento hablaron con ella y con la hospitalidad que caracteriza a los provincianos dominicanos nos invitó a pasar mostrándonos su hogar y con una sonrisa a medias, respondió cada pregunta que le hicimos.

“Yo he sufrido mucho”, fue lo primero que nos dijo ese día que nos recibió.

Decía que para el dolor del que sufría a todas horas desde hace meses, gastó lo poco que tenía y tomó prestado a su vez, para soportarlo.

“Todas las tardes debo comprar 200 pesos de pastillas. Todas las tardes, todos los días, de noche y de día”, resalta afligida, con voz baja y un tanto disfónica.

Cirila murió sin saber exactamente que tenía, su pobreza y falta de conocimientos la llevaron a quedarse más tiempo del prudente en su casa y sin atenderse con un especialista.

 

 

http://acento.com.do/2014/economia/8148710-tristeza-pobreza-cuantos-anos-que-tengo-nadie/