Opinión

¡Ay cultura!, cuántas vainas se hacen en tu nombre

“Sólo la cultura salva a los Pueblos” (Pedro Henríquez Ureña)

 Cada comunidad es portadora de formas y rasgos culturales que le caracterizan de manera única. Sin embargo, hemos ido perdiendo el rostro propio, como colectivo, al querer ponernos detalles que dicen más de los otros que de nosotros mismos.

No debe sorprendernos la falta de identidad que llevamos sobre nuestras espaldas y por todas partes, como buenos ermitaños. A pesar de todo el esfuerzo que hacen algunas entidades, contadas con los dedos de las manos, para promover un desarrollo cultural auténtico no con fines inmediatistas, se han encontrado con la primacía de la chabacanería y la miopía de quienes piensan que desde la entidad del Estado, que por mandato deberían asumir un rol ausente, se empeñan en sentirse predestinados a sobrepasar la contingencia del tiempo.

Con mucho dolor vemos que, la mayoría de instituciones culturales, trabajan en la orfandad de una entidad prepotente, que toma la cultura como herramienta para adormecer a las masas, y como Roma, entretenernos con pan y circo. Ellas trabajan pidiendo limosnas; otras de rodillas frente a las autoridades locales; y las demás, haciendo genuflexiones tras genuflexiones, sin saber a qué puertos se dirigen.

Para hablar de cultura debemos revisar si existe o no una política cultura definida. Por lo que nos enseña la cotidianidad ni siquiera el término ha sido tocado por las miradas intrusas. Para hablar de cultura debemos tener claro el concepto que hacemos nuestro, hemos asumido y que digerimos en los avatares y el desconcierto del día a día. Sólo así podremos medir nuestros alcances, definir nuestros objetivos y estrategias, nuestras metas y escenarios, nuestra población objeto. Así evitaremos, un “activismo cultural”, que no sirve para nada, que no sea para promover vicios, desviaciones, hacernos más estúpidos, yendo de una borrachera a otra. Como decía un buen amigo, vivir en un incansable “bebentón cultural”.

Si nuestras propuestas culturales no unifican a la gente y por el contrario la divide, debemos revisarnos, estamos sembrando cardosanto en vez de campos de maiz.

Si lo que proponemos es un acto efímero, superficial, complaciente, politiquero, sin sustancia, sólo para matar el tiempo o para hacer culto a la personalidad, debemos revisarnos, estamos manipulando y corrompiendo la sociedad. Dándole un calmante para que olvide su realidad; mientras la realidad le golpeará más fuerte al día siguiente. La realidad se enfrenta, no se esquiva con cantos de sirena, por más bella que sea la melodía.

Si nuestros actos se convierten en el escenario de un grupito de privilegiados, previamente seleccionados y que sólo ellos comparten esa esquizofrenia, necesitamos hacer una revisión seria. Sería más aconsejable formar una logia, un ghetto, un Ku Klux Klan (KKK), o una secta religiosa fundamentalista y no tomar la cultura como aliada.

La cultura no puede ser un espacio de manipulación, de degradación de los otros. Si no, el espacio predilecto donde se une la comunidad y posterga sus diferencias. Muchas cosas nos pueden separar, pero la cultura es la manera de ser de un pueblo, por lo tanto nos debe unificar. Hace falta que recordemos con insistencia que la cultura es el conjunto de los rasgos distintivos espirituales, materiales, intelectuales y emocionales que caracterizan a los grupos humanos y que comprenden además de las artes y las letras, modos de vida y de convivencia, derechos humanos, sistemas de valores y símbolos, tradiciones y creencias, asumidos por la conciencia colectiva como propios, no como algo ajeno o prestado.

Particularmente, no creemos en ninguna propuesta cultural, que sea para desvirtuar los valores culturales y falsear la historia.

No creemos en propuestas culturales o eventos donde se estimule el sensacionalismo, el entretenimiento fácil y el arte de evasión. Debemos aceptar que la cultura es lo más fuerte que tenemos como espacio geográfico, pero no podemos celebrar la cualquierización de ella: “sin cultura no hay progreso en el presente ni esperanza de un futuro mejor” (Carlos Filizzola).

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