Opinión

Vamos por el camino de Haití y parecemos felices

«El ser humano no aprende nada de la historia, pero aprende todo del sufrimiento» (Hegel).

Me impactaron los datos que revisaba, de un estudio de  la Dirección Provincial de Independencia del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, a través del Programa Medioambiental Transfronterizo,  del año 2009, en donde identificaron  a 23 comunidades de las provincias Bahoruco e Independencia, en las cuales unos  200  productores en su mayoría haitianos fabricaban  37,000 sacos de carbón al mes. Esta producción equivalía a 445,788 sacos anuales (27,300 toneladas), controlado por 5 comerciantes haitianos que los transportaban a Puerto Príncipe para venderlos. Esto representaba un ingreso significativo de RD$89.2 millones al año y la intervención de unas 33,728 tareas anuales de este lado de la frontera, con el menoscabo de nuestros bosques.

En nuestro medio, crece en forma geométrica el número de desaprensivos de la misma estirpe, quienes aspiran ver nuestro territorio convertido en una copia fiel del territorio haitiano. Estos personajes, serán los primeros plañideros de la falta de agua, la ferocidad de la sequía, las altas temperaturas, inundaciones, deslaves, la desaparición de los suelos, pérdidas de las plantaciones de cultivos y un etcétera sin fin, que luego convertirán  en materias de campaña política dentro de la agenda electoral de los partidos del sistema. Debo recordarles, a quienes apuestan a que nuestro parecido con Haití será evidente, que del otro lado de la frontera sólo existe un 2% de cobertura vegetal, “en Haití ya no hay árboles que cortar, su floresta está arruinada, salvo algunos picos y laderas con muestras relictas que otrora fueron inmensas alfombras verdes…como el bosque desapareció, la erosión se llevó la capa orgánica. No hay suelos para cultivar y los únicos ríos con agua provienen del territorio dominicano. Allí la pobreza no tiene límites, pero todos los días hay que comer y lo que aparezca se tiene que preparar con leña o carbón. Los únicos chelitos provienen de esta actividad” (Eleuterio Martínez).

De este lado de la frontera,  el corte frecuente de árboles, la desaparición de bosques por tumba y quema, cuenta con el apadrinamiento de políticos inmorales.  Lo peor de todo, es que en la ejecución del ilícito de los actos de tumba y quema, aparecen como mayoría los jornaleros haitianos, y entonces cuando hacemos una interpretación simplista de los casos, caemos en el error de atribuirles a estos “echadores de días” la culpa. Y esta es una mentira fugaz que nos tragamos cada día. Está comprobado que, los casos de tumba y quema, están ordenados por propietarios dominicanos, que diseñan y ejecutan estas acciones fríamente. Como sucede en cualquier acción contra el Medio Ambiente, ésta es fríamente calculada y no existe ningún inocente de los daños contra la naturaleza: “Es necesario tener en cuenta que en la mayor parte de los casos, la ignorancia no existe, por lo tanto no basta explicarles a quienes producen un daño de la implicancia de lo que están haciendo. Los responsables del daño ambiental son absolutamente conscientes de lo que hacen y sólo pueden hacerlo apoyados en la impunidad del poder” (Antonio Elio Brailovsky).

En esa trama, los grandes propietarios siguiendo algunas prácticas  feudales aún vigentes, ceden en préstamos, a pobres campesinos dominicanos o haitianos, parte de sus posesiones para que concluído el periodo de los cultivos de ciclos cortos, estos ocupantes temporales dejen sembrados los terrenos de yerbas para ganado vacuno. De esta forma los dueños, ahorran costos de limpieza y traspasan a los otros las responsabilidades de los daños ambientales. Y asistimos cada año al escenario de miles de tareas deterioradas donde hasta el cambrón se resiste a crecer y desarrollarse, en un suelo degradado. Miremos hacia Haití.

Históricamente todos esos bosques de cambrón, como especie oportunista, que vemos en el Sur, Este y el Noroeste, que Haití no tiene y quisiera tener, y esos bosques de transición (poblados de Cana) son el resultado de la eliminación que hemos provocado de nuestros bosques primarios, tanto por la ambición desmedida en el acaparamiento de mayores cantidades de territorio movidos por la avaricia desmedida de la oligarquía. Citamos también,  en otro momento, el cumplimiento de la Ley Ejecutiva de las 10 tareas de tala y habite, exigida a los pobladores rurales durante la intervención norteamericana de 1916-19124, y luego en la dictadura de Trujillo, que incentivaron el conuquismo, así como la aniquilación del bosque incluyendo áreas montañosas, para la producción de yerbas para ganado, con resultados desastrosos y de consecuencias actuales en el entorno.

Desde los inicios del siglo XIX, las familias que poblaron el territorio, se dedicaron al corte y exportación de maderas o negocio del bosque (pino, caoba, guayacán, guayacancillo, roble, ébano, cedro, palo de mora, palmera, espinillo, yaya, palo amarillo, candelón, balatá o niperillo, maderas tintóreas, cáscara de mangle entre otros). No existe asomo de dudas, en reconocer que la desaparición de especies de flora y fauna, ecosistemas diversos, arroyos, cañadas, ríos que eran abundantes en nuestra superficie territorial de más de 48,000 km2, así como la aridización de nuestros suelos que no pueden dar más de lo que han dado y el cambio del régimen pluviométrico y de temperatura, tienen una vinculación directa con la tumba y la quema del bosque, que hasta la fecha hemos promovido, apadrinado y mirado con indiferencia macabra.

La defensa del ambiente no es tarea de dos o tres apasionados con la naturaleza, ni exclusiva del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, debe ser un imperativo social defender el espacio donde vivimos y vivirán nuestros descendientes. Defenderlo de los devoradores y de aquellos que ponen en juego la comunidad por el interés de defender un canchanchán político. Estamos a tiempo de apostar por la vida, sin perder la fe ni la esperanza, ellas siguen germinando sin que las veamos…nada de pesimismo… «Pero alguien, quién sabe quién, escribió al pasar, en un muro de la ciudad de Bogotá: Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.» (Eduardo Galeano).

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