Botella en el mar

Responso por un poeta descuartizado

Todavía recuerdo la impresión que me causó este poema, “Responso por un poeta descuartizado”, de Efraín Huerta, cuando lo leí por primera vez en la década de 1960, al poco tiempo de haber sido publicado. Un tiempo viejo en el que casi ninguno de los que están leyendo esto había nacido.

El autor tenía una manera de decir cosas alucinantes que me hacían alucinar, y pensé que quizás era algo subjetivo, que me pasaba solamente a mi. Entonces le envié el poema a Norberto James y Norberto me devolvió la misma alucinación.

En esa época no sabía que así deben morir los poetas: “maldiciendo, blasfemando, mentando madres”. Esas son cosas que dirían Clodomiro Moquete y Camilo José Cela, pero nunca Rubén Darío, a quien está dedicado el poema. O mejor dicho, a quien Efraín Huerta construye y deconstruye en el texto

En principio me pareció estar en presencia de un río desbordado y lo estaba. Me desbordaba un discurrir frenético de imágenes verbales. Cada verso me reservaba una sorpresa, un hallazgo, un deslumbramiento. Efraín Huerta evoca y convoca a Rubén Darío desde el poquito de infierno que ambos tenían en común. Desde su mismo infierno lo evoca y lo revoca y lo retoca, lo inventa y desinventa un poco a su manera desde una sintaxis desbocada que produce una poesía indómita, selvática, espumosa, estridente, vociferante, altoparlantemente bulliciosa, esperpéntica y festiva. Una sintaxis arrolladora, que desafía todas las leyes de la poesía y no se detiene ante nada y parece que todo lo puede. Todo lo expresa Efraín Huerta con la convicción de un orate, la fuerza de un poseso, con un chorro de palabras, un aluvión de versos que produce en el lector, sobre todo si es mejicano, el síndrome del desmadre. Algo quizás similar a un desgualetamiento palegórico.

El “Responso por un poeta descuartizado” se me asemeja a un himno o una especie de réquiem, a una marcha fúnebre como quien dice a ritmo de salsa o mambo, alegremente fúnebre. Es la celebración del poeta, celebración y escarnio de Ruben Darío y celebración del arte de la poesía, del “poeta que todo lo amó”, que “cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave crucifijo, / el Cristo de marfil que otro poeta agónico le regalara / —Amado Nervo—”. Celebración universal, en fin, de la tutelar “sombra de recinto de todos los poetas vivos, / de todos los poetas agonizantes, / de todos los poetas”.

Quizás el mejor testamento de un Efraín Huerta que, “más que un poeta marginal ha sido, desde hace tiempo, un poeta marginado”.

Responso por un poeta descuartizado

Efraín Huerta

Claro está que murió —como deben morir los poetas, /

maldiciendo, blasfemando, mentando madres, /

viendo apariciones, cobijado por las pesadillas. /

Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas /

habitaciones donde perros, orgías, vino griego, prostitutas /

francesas, donceles y príncipes se rinden / y le besan los benditos pies; / porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad / y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de alcohol / bebidos a pleno pulmón, / así deben beber los poetas: Hasta lo infinito, hasta la negra /noche y las agrias albas / y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo / a que te obligan, / la crónica que nunca hubieras querido escribir / y los poemas rubíes, los poemas diamantes, / los poemas huesolabrado, los poemas / floridos, los poemas toros, los poemas posesión, los poemas / rubenes, los poemas danos, los poemas madres, / los poemas padres, tus poemas…

xxx

Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió / los cielos y tropezó mil y un infiernos / al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios / trasegando absintio / (El chorro de agua de Verlaine estaba mudo), ante el azoro / y la soberbia estupidez de los cónsules y los dictadores, / la chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas / municipales. / Maldiciendo, claro, porque en la agonía estaba en su derecho / y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!, / dijo Rubén al niño triste que oyó su testamento), ¿por qué / no morir de alcoholes de todo el mundo si todo el mundo es / alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara / de un lirio? / Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino / hecho de luces y tiniebla, pulido por el aire de los Andes, / la neblina de los puertos, el ahogo de Nueva York, / la palabra española, el duelo de Machado, Europa / sin su pan. / Rugía impuramente como deben rugir todos los poetas / que mueren (¡Qué horror, mi cuerpo /

destrozado!) / y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus —y nunca / le hallaron nada sino dolor en la piel / limpios los riñones heroicos, limpio el hígado, limpio / y soberbio el corazón / y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo, / como un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como / la mansión de los dioses, como el penacho de un / emperador azteca, de un emperador inca, de un guerrero / taíno; / cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo / cuerpo, ay, de mieles y nardos / (su peso: mil ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta / divino, anchura de navio), / el cerebro donde estallaron los veintiún cañonazos / de la fortaleza de Acosasco / y que luego…

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Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad / de destrozarlo, enteramente destazarlo como a una fiera / selvática, como al toro americano / porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho vida, / muchísimo universo / necesariamente sus vísceras tenían que ser universales, / polvo a los cuatro vientos, circunvoluciones repletas / de piedad, henchidas de amor y de ternura. / Aquí el hígado y allá los riñones. / ¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado, de garra / en garra como un puñado de perlas. / Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue sacado / a la luz antes del alba; / y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles / y la policía dijo, chilló, bramó: / ¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío —mil ochocientos / cincuenta gramos— fue a dar a la cárcel / y fue el primer cerebro encarcelado, el primer cerebro entre / rejas, el primer cerebro en una celda, / la primera rosa blanca encarcelada, el primer cisne degollado.

xxx

Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde, / por esa agonía de pirámide arrasada, / el poeta que todo lo amó / cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave crucifijo, / el Cristo de marfil que otro poeta agónico le regalara / —Amado Nervo— / y me parece oír cómo los dientes le quemaban y de qué / manera se mordía la lengua y la piel se le ponía violácea / nada más porque empezaba a morir, / nada más porque empezaba a santificarnos con su muerte y / su delirio, sus blasfemias, sus maldiciones, su testamento, / y nada más porque su cerebro tuvo que andar de garra / en mano y de mano en garra / hasta parecer el ala de un ángel, / la solar sonrisa de un efebo, / la sombra de recinto de todos los poetas vivos, / de todos los poetas agonizantes, / de todos los poetas.

19 de enero de 1967

Poemas de Efraín Huerta

http://www.los-poetas.com/c/huerta1.htm#DECLARACI%C3%93N%20DE%20ODIO

La Jornada: Efraín Huerta: entre la bala y la flor,

https://www.jornada.com.mx/2014/06/18/opinion/a03a1cul

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