Deshojando paradigmas

El poder, la hegemonía y la microfísica del poder

“Una nación se sentencia a sí misma cuando sus gobernantes legalizan lo malo y prohíben lo bueno. Y cuando su iglesia cobardemente se vuelve cómplice con su silencio”.

(Martin Luther King).

Todo el que tiene una cierta dosis de sensibilidad con el país, un compromiso real con el adecentamiento de la vida pública, le ha de producir una cierta mezcla de emociones, que se anulan en su jerarquía en su contradicción; más aún, si el sujeto tiene una mera comprensión de lo que ocurre en el panorama político e institucional y con ello, la coyuntura electoral.

Nos asalta la tristeza y la pena y al mismo tiempo, la rabia sin signo de frustración, pero a veces, en un instante, se aglomera la parsimonia sin llegar a la inercia que acongoja la desidia. Duele ver el no entendimiento del poder y sus relaciones y ramificaciones. Hay un poder que se ubica en la clase dominante, sin embargo, esta última acusa una medianía en la comprensión de su conciencia como tal, para asimilar y llevar el plano del sistema en su conjunto. Su no asunción como clase dominante, está potencializando los riesgos de conflicto en la sociedad dominicana y con ello, posibilitando la fragmentación de las relaciones de fuerza, al interior de la microfísica del poder, de su ramificación y extensión.

El poder de la clase dominante es tan opaco y oblicuo, a menos que no sea en su corporatividad y en el salón de la privacidad de la hipocresía. Están encerrados en una burbuja que no logran visualizar la tendencia en el marco del plano institucional y avizorar una crisis política que se lleve de encuentro la frágil estabilidad macroeconómica, cimentada su crecimiento en deuda y consumo.

La ausencia visible de actores estratégicos (poder fáctico) para mediar, trae consigo un acantilado subterráneo, que puede desbordarse, en medio de la incertidumbre y la crisis anidada al interior del Partido en el poder. No aparecen los árbitros y para entonces las cirugías serán mayores y más profundas, con oleadas incontrolables.

La clase dominante al no internalizar su aprendizaje de rol, crea, sin proponérselo que el Estado sea el lugar privilegiado del poder”. Todo lo contrario, a los postulados de Michel Foucault, cuando nos hablaba de la localización del poder. “El Estado no es el lugar privilegiado del poder; su poder es un efecto conjunto. Hay que atender a la microfísica del poder; a sus hogares moleculares”.

Vehiculizar el hilo conductor del poder, nos lleva a las raíces para reclamar a los actores del conjunto de la sociedad, que existe, en esa dinámica de la microfísica del poder, un espacio social, que ha de impugnar el presente, caracterizado por una onda profunda de incertidumbre y crisis. Un Partido en el poder en crisis, con tan fuerte debilidad institucional en el país, nos lleva de encuentro a toda la sociedad.

Lo sintomático es que dos personas que no representan fuerzas sociales, sino un claroscuro eclipse del Estado, nos conduzcan a esta perplejidad a que estamos asistiendo. Es verdaderamente todo un espectáculo de mala calidad lo que vemos en los medios donde hay un acaparamiento de la crisis del PLD, es cuasi demencial. Es como si la sociedad se frizó, se paralizó y fosilizó de manera instantánea y simultánea. ¡Todos los problemas desaparecieron y en un estado de ocio total, asumimos la agenda de un partido donde sus dos principales dirigentes, caudillos, son la expresión viva de la descomposición social-institucional que nos acogota y nos envilece como nación!

Ellos constituyen en realidad, un liderazgo perder-perder para la sociedad, dados los resultados de institucionalidad, de calidad democrática, de la corrupción espantosa, de la construcción del Estado como botín y del diseño de un Partido-Estado, donde su configuración no logra articular la diferenciación. El partido es más importante que el Estado y la sociedad, empero, éstos últimos alimentan el partido en todas sus dimensiones. El imperio de lo institucional, de lo político, no se incuba en esta tipología de dirigentes. Al contrario, el reino de lo normal lo subvierte. La legalidad lo hace triza. Ellos se cruzan y entrecruzan en lo prohibido como nos diría Martin Luther King. Ellos no recrean el poder la legalidad, que como nos señala Foucault “el poder del Estado se expresa por medio de la ley”.

Ruge una batalla donde la incertidumbre y la crisis son las coordenadas del archipiélago de intereses que hoy nos abaten. Al interior de esa organización no hay árbitros, en consecuencia, es desde la sociedad, desde el espacio social, que ha de construirse los límites al devaneo del poder. El respeto a las reglas, a las normas, es la clarinada, al mismo tiempo con que debe de tronar las elites en la sociedad: Económica, Religiosa, Académica, Social, Política.

No puede ser que sigamos en este rio circular donde el que domina el Estado se constituya en el rey sin corona y ejerza la hegemonía al mismo tiempo de los tres poderes del Estado. Nos preguntamos, sin tomar en cuenta la persona, si el hoy Presidente modifica su Constitución del 2015 y lograra “reelegirse”, ¿quién espera que no lo haga en el 2024? ¿Quién puede creer en alguien que argumentó brillantemente acerca de por qué no la reelección, era dañina para el país “El problema es que cuando se va a la reelección, los funcionarios no saben separar lo público y las instituciones son débiles”? ¿Cómo creer en una persona que jura ante Dios que esa sería la última vez que se lanzaría a la carrera presidencial? ¿Cómo expectar confianza en una persona que nos tiene en incertidumbre como sociedad, por sus diferencias y resentimientos con quien lo ayudó a llegar en el 2012, queriendo desconocer lo que dice la comunidad alrededor de que no quiere reforma?

El poder de la clase dominante, el poder de la legalidad, el poder social, la microfísica del poder, en esta oportunidad, deberían trascender los mecanismos instrumentales que da la materialidad de nuestra conformación y alinearse, para no perder lo alcanzado en esta medianía de crecimiento sin la holgura social que debería de expresar este último. ¡La gobernanza está en el estropicio de un escalón descascarado por la ausencia de la excelencia, de la honestidad y de la transparencia en este ejercicio del poder descolorido!

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