Al amanecer

“We, the People…”

Las palabras que retumbaron un día como hoy, pero de 1776 en Filadelfia, continúan tan vigentes en la forma y en el fondo como un eco permanente para la humanidad. En la fecha, los Estados Unidos de América conmemoran el nacimiento número 242 de una nueva nación opuesta a toda forma de  autoritarismo, abuso y maltrato a la dignidad humana, y del respeto a los derechos humanos.

Más de doscientos años después de esa proclama, juramento y compromiso de los padres fundadores, el espíritu de la gran nación del norte continúa haciendo frente a numerosos desafíos, entre ellos el terrorismo, la inmigración ilegal y los enemigos internos que buscan socavar sus raíces y fundamentos, con un discurso progresista que sólo pretende trastocar los avances logrados utilizando la mentira igualitaria como arma.

El documento de la Declaración de Independencia de las trece colonias, ahora convertida en poderosa nación, consiste de cinco partes: Introducción, Preámbulo, la Acusación a Jorge III, la Denuncia de los británicos, y la Conclusión. La primera parte ratifica lejos de toda duda la habilidad de la ciudadanía de asumir la independencia política según la Ley Natural y admite que el motivo de independencia tiene que ser razonable, y por eso, tiene que ser explicado.

El preámbulo del documento estadounidense resume la filosofía de gobierno. En el mismo se justifica una revolución cuando el gobierno hace daño a los derechos naturales de sus ciudadanos. Además, se reconocen el derecho a la Vida, a la Libertad y a la Felicidad.

Es el primer documento histórico en el que se protegen los derechos humanos más fundamentales, para luego pasar a la acusación a Jorge III con una lista de repetidas injurias y usurpaciones del gobernante a los gobernados.

La cuarta parte de la Constitución también expone los motivos de la independencia y las condiciones que justifican la revolución separatista de la Corona británica, para luego concluir con la quinta y última parte, la Conclusión, donde los signatarios del documento afirman que existen las condiciones bajo las cuales el pueblo debe cambiar su gobierno y la necesidad de que las colonias anuncien su separación y disuelvan sus lazos con la corona británica.

La primera firma famosa en la versión oficial es la de John Hancok, presidente del Congreso Continental –ante la ausencia de George Washington, quien se hallaba en Nueva York–, seguida de dos presidentes futuros, Thomas Jefferson y John Adams, así como Edward Rutledge, el más joven con 26 años, y Benjamín Franklin, de 70 años, el de más edad. Los 56 firmantes de la Declaración representaban los nuevos estados según su situación de norte a sur.

En este nuevo cumpleaños, los Estados Unidos de América –bautizado así por el abolicionista británico, Thomas Paine– sigue siendo fiel bastión de defensa de los oprimidos, faro de referencia y anhelos de millones de ciudadanos en el planeta, cuyas esperanzas y sueños yacen en el tope de la montaña luminosa de los derechos y el respeto a la dignidad de los ciudadanos, para sentirse realizados como tales, ya que en sus lugares de origen no están dadas las condiciones históricas y económicas para ello.

A continuación un fragmento del preámbulo del histórico documento que la gran mayoría de los estadounidenses venera con orgullo como fundamento de su existencia, razón de ser y ejemplo para el mundo, en la versión oficial del Semanario Político, Económico y Literario del 12 de diciembre de 1821:

“En CONGRESO, 4 de julio de 1776.

La Declaración unánime de los trece Estados unidos de América,

Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro, y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual al que las leyes de la naturaleza y del Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la Humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación.

Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad. Que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla, o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie por motivos leves y transitorios gobiernos de antiguo establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, evidencia el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno y proveer de nuevas salvaguardas para su futura seguridad y su felicidad.”

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