hermana=fermosura

todo es circular

desechable

y no tengo más dirección

que estas raíces hacia afuera.

Argénida Romero

 

El (des)arraigo es la circunstancia de contar con intereses que nos unen al lugar de residencia. Raigambre. Es conocerse y ser reconocido por extensión y relación en ese lugar. Es una de las formas del no pertenecer. Es la relación con la raíz.

Dato curioso: las Electras pelean siempre sus batallas desde el espacio hogareño, ya sea por la idealización de la figura paterna o por la seguridad que representa el lar; se me ocurre también que hay en Electra un interés muy particular por la justicia, el orden en la casa. La casa es el lugar de protección, de abrigo, de apoyo, mientras la escuela, la iglesia o el hospital, son lugares del orden. Argénida niega esta conveniencia, en su poesía la casa es un espacio dudoso, ambiguo; es nostalgia y tránsito, y digo tránsito ya que en sus poemas, de la casa a la calle hay una frontera nebulosa.

Puede deducirse que la escritura añora el hogar pero ese sentimiento, ¿es fiable? ¿Y si ese retorno a las primeras cosas no es necesariamente grato? La casa a la que se quiere regresar, ¿es real o es una construcción de la memoria? Hay que apuntar que la memoria es selectiva y por lo tanto, nada justa o equilibrada. El planteamiento de la casa como lugar de lo ominoso es un recurso utilizado en esta poesía para asociar contradicciones. Entre estos usos ejemplares conviene recordar a Cortázar y su “Casa tomada”, en donde el fantasma de la complicidad fraternal-carnal (hermana=fermosura) amenaza la concepción familiar que presupone el hogar; otro texto que les recomiendo es el cuento “Refracciones” de Manuel Rueda, en donde la casa se convierte en lugar de multiplicación y revelación de las muchas otras personalidades que habitan el ser. Hay que hacer un estudio sobre el comportamiento de las Electras en Manuel Rueda, eso está pendiente… al menos yo, no lo he visto comentado.

En Argénida la casa es el lugar de la permanencia. Aquí se fraguan los primeros recuerdos; edificar este espacio implica que, por más que resienta del pasado, el ser siempre deseará contar con una locación para el regreso, para la conjugación de la nostalgia. Es este el punto de partida del inventario de lugares de la querencia.

El que estos lugares sean amables no los exime de conflicto. Esta poética va a cuestionar las formas míticas que mortifican la escritura desde el concepto aristotélico de la disposición de los hechos: estructuración, ensamblaje y entramado de los hechos. Por lo tanto, este ejercicio atiende tanto las relaciones de la madre y el amor/odio hacia la figura paterna. Ahora bien, lo anterior es únicamente parte del proceso escritural ya que aquí lo importante es la diatriba con el lenguaje mismo, ¿cómo se asedia el medio que sirve para, además de cuestionar la propia existencia, atender a las formas metafísicas, la calle, el cuerpo, los amores?

Argénida asume la condición de mujer que escribe en la isla, con todo el bagaje que la tesis contiene. La poeta confiesa haber crecido “como todas las demás / sin preaviso para las nostalgias / húmeda por dentro / remendada.” Mircea Elíade insiste en que somos una sucesión de actos inaugurados por otros pero este remiendo, que restaría en las lecturas objetivistas, aquí añade, adquiere un valor determinante para el sujeto del ahora; como nunca el ser humano es susceptible a la contaminación informativa y social: nacionalismos aparte, el ser viene ya dispuesto para procesar y adaptar la multiplicidad de voces, creencias, gastronomías y realidades. Llevarle la contraria a eso es no quererse.

¿Qué hace la poeta a solas con sus materiales? Plantea una situación de distancia teatral para revisar los lugares de la memoria. Se reescribe desde la pequeñez genésica; propone equivalencias con el macho, se independiza de la idea que propone aquella costilla. Así las cosas, degustar de este poemario como un inventario de cosas añejas sería una ingenuidad. La lectura de esta poesía revela una trasmutación; la grandeza del texto es el decir, en forma aparentemente sencilla, lo necesariamente fundamental: la literatura no es un mero recuento de hechos, debe pasar algo, tanto en el sujeto que escribe como en quien leyere.

 

Arcilla de tu carne y tus huesos,

mujer con tu voz

armadura de la rabia de tus manos despojadas

esa, que a veces reclama indefensa,

al oráculo de tu sangre

a que vengas al auxilio

de tu pequeña Electra.

La asociación con el mito de Electra no es casual y sin forzar la teoría puede hablarse aquí de críticas al paternalismo que por años es signo distintivo del sistema colonial. Los arquetipos relacionados a la figura del padre toman giros muy particulares en el Caribe. Para esta Electra el padre es una mezcla de Eros y muerte. Argénida coloca la primera mirada sobre la tragedia, en donde lo funerario abruma de repente la totalidad del mundo de una niña con siete años. Esta primera impresión marca el futuro, en donde cada despedida es una muerte, “y el casi todo / devora el casi nada / que se apaga cuando cierras los ojos / para ensayar tu ausencia”.

Ante la falta del hombre aparece la reflexión femenina. De los estudios y escrituras relacionadas con la ambivalencia entre madre e hija, recuerdo aquí a Magaly Albau, quien en un poemario titulado Electra, Clitemnestra traza una línea lírica en donde las mujeres se encuentran en el amor familiar, la tirria (rencor + celos) y finalmente la muerte. Inteligentemente Romero las presenta aquí, en principio, elaboradas en un amor filial y materno:

mi mamá caminaba despacio

envolvía los bostezos, cuando llovía

mi mamá tarareaba canciones, no había radio

sembraba rosas

mi mamá era una princesa

mi papá no era príncipe

nunca besaba a la princesa

Para Jung, el complejo de Electra es un asunto de reflexión: aunque existe en la mujer un deseo por el padre, termina por reflejarse, en cierto sentido hermanarse, con la figura materna, ya sea para superarla y abolirla o para encontrarse en la misma. En Argénida pasa lo segundo, ya que a partir de los poemas relativos a la madre, el ente lírico establece una mimesis con esta figura, sobre todo en sus relaciones con los hombres: “Conozco el hueco de la costilla que te falta / refugio de los días soleados / del dibujo de las nubes / del sueño que rompiste mientras corrías a los brazos de mamá”.

El poemario se destaca por la fidelidad con que persigue el concepto familiar. Se trata de establecer discusiones acerca de la caducidad del concepto de la familia como núcleo; lo anterior no es necesariamente negativo, es un derivado del comportamiento del ser en una sociedad en constante búsqueda del progreso. El asunto es dejar claro que la manera de cuestionar la modernidad se funda en los primeros misterios. Argénida, con notable voz, recrea constelaciones desde cosas simples y esenciales: una falda manchada, un ruedo descosido, una costilla, una mecedora, un seno y una palabra. Las menciones a la muerte no tienen un tono triste, ni siquiera solemne; la muerte es suceso único y como elemento consolador ante la congoja, siempre existirá la palabra: una forma viviente para el lenguaje de amor. El puente que anula nuestra soledad.

Arraiga es el título del poemario de Argénida Romero. El cuaderno recibió el Premio Joven de Poesía FIL 2013. El libro está disponible, yo lo conseguí en la Feria del Libro. Es una edición de la Editora Nacional.

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