Delia Weber, primer autorretrato de mujer, 1918

Ylonka Nacidit Perdomo - 8 de septiembre de 2014 - 12:08 am - Deja un comentario

A  Rodolfo Coiscou hijo, Graciela Batlle, Jeannette Miller, Miguel Ángel Aza, Martha Checo, Mariloly de Severino, Elvira Lora, Iris Pérez, Abil Peralta Agüero, admiradores de Delia Weber.

I. “Delia 18 años. Representando a Mignon“. Primer autorretrato de mujer de “pupilas ebrias [que] recogen, por el azul embriagador del alto cielo, ensoñaciones”. Esta es una Post Card, Tarjeta de Visita, tamaño 134 x 84 mm, detrás tiene a mano en lápiz unas observaciones  sobre la misma y en torno al ambiente de la fotografía de  Máximo [Coiscou].

Sentada en un pedestal cuadrado (de fuste cortado)  sin cornisa, quizás de madera revestida con yeso simulando piedra o mármol, cuyo  dado tiene una ornamentación de follaje semi-serpeanate, rematado en el tope por un tapizado  de un cordón brocado, y  su borde tallado de pequeños círculos salientes, está la adolescente Delia. A su izquierda se observa una escalera de honor (Escalier d´ honneur) disimulada de escalones astragalados; en el piso sobresale la presencia como adorno sencillo de helechos y flores secas; en el exterior presumimos árboles, y  la atmósfera de un ambiente tal vez bucólico o de un jardín encantado.

Delia muestra una  abundante y larga cabellera suelta, al aire,  ondulante, sin estar arqueada por diadema alguna ni guirnaldas;  asemejándose a un hibrido peinado del tiempo romano,  con raya al centro, al igual que el que llevan las doncellas. Luce dos piezas para completar un traje de simplicidad en sus líneas; la falda que cae con disimulados  pliegues pequeños, sin cinturón, y una delicada blusa de seda que se ciñe holgadamente al cuerpo añade  armonía a su vestido. Descalza, sin sandalias, sus pies desnudos ofrecen intimidad y recogimiento al retrato; sólo ostenta en su cuello poco visible un collar de perlas. Su rostro sólo tiene la riqueza del esplendor de su belleza juvenil.

Nada más la adorna; su cabeza está ligeramente inclinada hacia la derecha; sus ojos almendrados con la expresión que irradia la tranquilidad interior parecen expresar la búsqueda de una irrealidad o pretenden descubrir el carácter que trae la luz cuando cae sobre el cuerpo y baña al rostro. El autorretrato parece una pintura de alguien que visita una especie de galería  a una hora fija para cantar como náyade  en las tardes otoñales.

Delia Weber, a los 18 años.

Delia Weber, a los 18 años.

La pared aparece ornamentada por un tapiz, una pintura decorativa elegante, graciosa,  que recuerda a la escuela florentina, a Il Giorgione; puesto que la poeta quiso tener consigo y para sí, el ambiente del bosque, la gravedad de una composición con detalles de la arquitectura clásica, pero con  un follaje que a sus pies se muestra seco, no como un mero “souvenir”,  tal cual si el otoño fuera la estación que tuviera permanencia en la creación de su “canon physiologique” que puede contener  ternura y tristeza a la vez, donde la artista asume un  diálogo con el silencio. Este autorretrato permite comprender  que toda metamorfosis de la  identidad está vinculada a los meandros de  la naturaleza, y a la necesidad de la libertad que se reconoce en el lenguaje del espíritu.

Al observar este autorretrato de Delia,  siento que ella nos  conduce a recordar  aquellos maravillosos versos de su poemario Encuentro:

“No me atrevo a cortar las flores porque están dormidas…/ La serena estancia sueña como un lago de sombras. En la pradera se despiertan el color y la música… / Y extiendes una alfombra de gracias para el rosal que duerme, y te escondes, sorprendido, bajo las ramas…/ El nimbo luminoso te descubre, y permaneces callado, creando una canción de estrellas que adormece en éxtasis la vida… / El perfume  y el viento caminan sin descubrir las llaves de tu estancia. Vano es buscarte. / El abandono de tu gesto universal y secreto ríe a quien errando su certidumbre te busca”. [1]

Sentada, mirando hacia el frente,  Delia sostiene entre sus delicadas manos de artista una mandolina napolitana, como si fuese a ejecutar música juglaresca o de trovadora, o tal vez, quizás,  desde  lejos llega a su pensamiento la pintura de Piero della Francesca The Nativity, en cuya composición  sobresalen  cinco cantores  con dos instrumentos de cuerdas ofreciéndole su tributo a la Virgen, Madre de Dios, y el  recién nacido Salvador del mundo, o aquella otra pintura que es el panel central del altar de la iglesia de San Giorgio en Ferrara, realizada por Cosimo Tura en 1451 The Virgin and Child  enthroned donde la sagrada familia es festejada con los cantos de cuatro ángeles, dos de los cuales sostienen en sus manos para la ejecución dos pequeños  instrumentos de cuerdas que semejan a una mandolina, y los otros dos un arpa y un violín.

II. Delia y su relación con el arte y la naturaleza.  Ahora siento la necesidad de evocar  una frase de Delia, que leí en uno de sus manuscritos inéditos: “El pensamiento es el aliento de la palabra. La concepción previa de la palabra. Y la palabra es el aliento de la luz”.  [2]

Delia tenía un gran aprecio a la naturaleza. De ahí, que esta fotografía es una evocación –hacia el exterior- de un paisaje impresionista que comunica la serenidad que trae  la melodía que va a “ejecutar”. Sus antepasados amaban la música; su padre Johann Stephan  Weber (Curazao, 1878-Santo Domingo, 1940), al igual que su abuelo paterno Alfred von Weber –descendiente de holandés de origen alemán- tocaba instrumentos de cuerdas; sus bisabuelos habían nacido en  la llanura de Dresde (Dresdner Heide) de Alemania. No obstante, fue desde Ámsterdam  hacia América desde donde zarparon  dos de sus hijos como  inmigrantes estableciéndose en Curazao. Así, al llegar,  Alfred de religión protestante,   casó con Pauline Sulié, natural de esa isla caribeña.

Delia fue hija única del matrimonio de Juan Esteban Weber Sulié y Enriqueta Pérez (Santo Domingo, 1883-1950), nació en 1900, y cuenta en una amplia entrevista reseñada por el periódico El Diario de Medellin que: “Desde muy niña sentí una gran ternura por las cosas bellas. Me atraía la poesía, el teatro, y casi todas las demás artes. Pero estas vocaciones eran tan profundas en mí que nunca me sorprendieron con destellos de vivo entusiasmo. Antes bien, era mi estado natural este ensimismamiento en todas las horas del día, que hace que se realice en un mismo individuo el milagro  de dos seres. Dualismo antagonista: un ser que oye de paso por la tierra; pero que oye verdaderamente, mientras sus pupilas ebrias recogen, por el azul embriagador del alto cielo, ensoñaciones”. [3]

 

Desde 1917 Delia fue alumna de Abelardo Rodríguez Urdaneta en su “Academia de Dibujo, Pintura y Escultura”, abierta en la calle Duarte número 14, esquina Arzobispo Nouel, en Santa Bárbara, cuando su Estudio y Galería Fotografía estaba instalado en un local  contiguo a la  casa de familia. Fue allí donde se hizo a sí misma este autorretrato,  guiada por el Maestro que le enseñó las técnicas del arte de las placas secas y el revelado, además de instruirla en las clases de dibujo y pintura.

El decorado del fondo de esta Post Card  es el del atelier de Abelardo; es el mismo que se puede observar en sus detalles levemente borrosos  en  la fotografía de “Abelardo moldeando la cabeza de Don José Arredondo, 1902” publicada por la investigadora, escritora, dibujante, escultora, fotógrafa, galerista, curadora y maestra de las artes plásticas Belkiss Adrover, especialista y única biógrafa conocida de Abelardo. [4]

El autorretrato corresponde a la época en que Delia  tenía  dos años de relación sentimental con quien sería su futuro esposo Máximo Coiscou Henríquez (1898-1973), historiador e investigador en los archivos de España y Francia, con quien contrajo matrimonio en 1923, y de quien se divorcia en  1934, luego de una estancia de diez años en Europa. Para entonces, en 1918, Delia ingresa al Instituto de Señoritas “Salomé Ureña” donde se gradúa de Bachiller en Ciencias Naturales, y, posteriormente de Maestra Normal. Su actividad intelectual comprendía sus estudios de pintura, escribir teatro (poemas dramáticos) y  su incursión, posteriormente, en el cine como protagonista junto a Pedro Troncoso Sánchez, Angelina Landestoy y Paíno Pichardo del primer largometraje dominicano,  la película de 35 mm “La emboscada de Cupido” que dirigió el fotógrafo y editor dominicano  Francisco Arturo Palau, propietario de la revista Blanco y Negro, en 1922.

III. “!Qué bella es la vida cuando se la contempla con el corazón de roca!” (1918) [5]. Delia en un manuscrito de su  cuaderno de notas define la simbología del número ocho, [y lo traemos a propósito del año de 1918 escrito en el autorretrato que presentamos] diciendo: “Este número es símbolo divino de vitalidad, del Logos o poder creativo universal. Significa recompensa, devuelve lo que se ha perdido. Es la espiral o retorno de las fuerzas que se han redimido del mundo animal. Conecta la naturaleza superior e inferior sublimada, el místico y hermético matrimonio que une la polaridad masculina-femenina dentro de sí por medio del poder del fuego  serpentino. La octava esfera es el sitio donde se desintegra los elementos cósmicos del ser que su maldad lo desvía constantemente del camino de la evolución”. Los cristianos esotéricos y los rosacruces comprenden la esencia de estas palabras.

No me sorprende que este autorretrato Delia lo llamara “Representando a Mignon”,  más aún luego de leer estas notas inéditas suyas cinceladas como si fuera una cazadora del instante o estuviera ante una mujer que sabe erguirse como centro de un atrium : “Mis personajes son espíritus suspendidos de una idea anterior. Se mueven en ambiente tejido por el azar. Almas errantes, que se manifiestan en las más pequeñas cosas que las rodean. / ¿Retienen o avanzan el vuelo de los pájaros, la rosa que cae, la música de las hojas? / Seres que extienden sus miradas en una región superior y ocupan, exactamente, el sitio medio de un alma que se eleva. / No serán emocionantes grandes tragedias. Serán aliento y desmayo. Luchas de sonrisas que mueren como flores que se abren…/ Resbalan con las ondas en las playas. Cruzan el camino como una gran idean inútil que perfuma un gran vacío en una hora que no existe. / ¿Es razonable o no lo es? No pretendo inquietar a la razón. / Me basta satisfacer mis anhelos anteriores.” (Delia Weber, septiembre de 1919) [6].

Delia Weber (1900-1982) hizo de su casa  en la antigua calle  Consistorial número 85, anteriormente conocida como de Los Plateros, rotulada desde 1906  con el nombre de calle Arzobispo Meriño,  y  donde en 1904 fundara su padre, un orfebre de origen curazoleño llegado al país como inmigrante, James Esteban von Weber, la Casa Weber, un  santuario para el conocimiento en la década del 40,  a través de la sociedad Alfa & Omega, junto a su hijo el periodista Rodolfo Coiscou.

Allí en esa legendaria casona señorial del siglo XVII, que hace esquina con la calle Restauración, soñaba, encendía antorchas de luz, observaba al infinito cielo con un telescopio desde su habitación, iba detrás de las rosas en la mañana temprano luego que despertaran con los rayos del sol  en su pequeño jardín del patio interior, y recorría  con la imaginación los senderos que la alegría traía a su vida. Delia miró las cosas desde la polaridad positiva y la polaridad negativa, presintiendo que la vida es sólo una presencia que el arquitecto sublime (Dios) hace aliento para llenar al Universo de su esencia.

Este es el autorretrato de nuestra querida y siempre recordada  Delia Weber,  “la abuela”  -como dice con tanto cariño Graciela Batlle. Reiteramos es de 1918. De puño y letra ella escribió en el anverso del  mismo la leyenda “Delia 18 años. Representando a Mignon“, y nos dio la grata sorpresa en el mes de agosto de leer en el dado, en este pedestal de fuste cortado, a la derecha una sola  palabra, un solo nombre de  cinco letras  difuminado: “DELIA”. Esta es la firma con la cual  la artista calza este autorretrato, revelándonos su autenticidad plena, constituyéndose, sin lugar a dudas, en el primer autorretrato en nuestro país  de una mujer de “pupilas ebrias [que] recogen, por el azul embriagador del alto cielo, ensoñaciones”.

 

 

[1] Delia Weber, del libro Encuentro, de “La Senda” el poema 2 (Editora Montalvo, 1939):17-18.

[2] Material inédito de Delia Weber, rescatado del derrumbe el lunes 18 de noviembre de 1991 en la tarde, en la casa de la calle Arzobispo Meriño, p. 17.

[3] El Diario (16-I-1932):7.

[4] Adrover, Belkiss. Abelardo Rodríguez Urdaneta. Su vida, su obra y sus maestros (Coruña, España, 1974):19.

[5] Material inédito de Delia Weber…, p. 4

[6] Ibidem, p. 26.

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