SANTO DOMINGO, República Dominicana.- La mayoría de los estudiantes les encanta la materia de arte dentro de su programa curricular, y no es difícil adivinar porqué: es diferente y divertida, no hay respuestas incorrectas, no hay que memorizar nada ni escribir mucho, las ideas originales son altamente valoradas y se presenta la oportunidad de socializar con los amigos. Y de paso, sin que se den cuenta, también aprenden grandes lecciones para la vida.

Pero las artes dentro del programa curricular  de una institución educativa tienen grandes beneficios, más allá de lo fácil que pudiera  parecer.

A través del arte los estudiantes practican, entre otras cosas, el aprendizaje colectivo. Discuten ideas, hacen concesiones, toman turnos siendo líderes y aprecian —o al menos aceptan— las contribuciones de los demás.

Por ejemplo, si nos embarcamos en la elaboración de un proyecto como un mural ecológico, vemos como en su creación pueden colaborar toda la comunidad escolar; los estudiantes aprecian cada pequeño aporte, ya sea una tapita de plástico, una buena idea o una mano de pintura, que resultan indispensables para su totalidad, sumándole a todo esto el sentimiento de orgullo colectivo.

Con este proyecto, al igual que otros en el cual incorporamos el uso de residuos y material reciclado, también toman conciencia sobre el cuidado del medio ambiente. Al utilizar lo que otros consideran basura para crear arte aprenden a valorar los recursos y desperdiciar lo menos posible.

Otra importante enseñanza es la apreciación del arte. No todos tenemos habilidades para el dibujo,  y esto es algo que resulta muy frustrante para los jóvenes, y lacerante a su auto-estima. “Profe yo no soy bueno en arte, no sé dibujar” es una frase recurrente al principio de cada semestre. Se sorprenden cuando les confieso que yo tampoco soy buena dibujando, pero les explico que el arte no se limita a esta habilidad, y descubren diferentes tipos de artes y culturas.

Un buen ejemplo es el Origami, a la vez excelente instrumento pedagógico. Con un grupo de mis estudiantes hicimos un proyecto en el que aprendieron a hacer grullas de papel (“Profe eso es muy difícil!”) y asumimos el reto de hacer mil para una obra de caridad, inspirados en una antigua leyenda japonesa. El resultado fue un éxito no sólo para la fundación receptora sino para el ego de los estudiantes que lograron alcanzar una meta que parecía imposible.

El ego de los chicos a esta edad tiende a ser tan frágil y la presión académica a veces muy abrumadora, y el arte les proporciona la oportunidad de elevar su auto-estima. Al ser una clase en la cual las ideas originales son valoradas por encima de respuestas aprendidas, ellos toman orgullo en su individualidad. Nunca deja de asombrarme lo ingenioso que son cuando se les concede la oportunidad de buscar soluciones creativas. Además, al ser expuestos a diferentes movimientos artísticos aprenden a apreciar que arte no tiene que ser “lindo” para ser valorado.

Sin embargo, nunca falta el estudiante que luego de trabajar arduamente en el proyecto por casi una hora lo tira a la basura, como pidiéndome que por favor le diga que lo saque, que es hermoso. Pero sólo les permito una hoja— a cierta edad sus expectativas son tan altas que casi nunca logran alcanzarlas, por lo que siguen empezando una y otra vez sin jamás terminar. La perseverancia es importante en el desarrollo del carácter y el arte es una maravillosa manera de reenfocarlo.