NUEVA YORK, Estados Unidos.- El doctor Silvio Torres-Saillant, intelectual dominicano establecido en los Estados Unidos, comparó el movimiento ultraconservador que encabeza en el país el abogado Marino Vinicio Castillo, con las posiciones más atrasadas que han querido imponer los grupos segregacionistas en la sociedad norteamericana, particularmente los que expresan un carácter racista y antihispano.

“Quisiera en las páginas que siguen contrarrestar la posible percepción de que la vinchocracia constituya un caso excepcional de la fauna humana brotada de este suelo criollo. Aquí me adelanto a plantear que el mal social que padece la sociedad dominicana en el momento actual no se debe al carácter único de una población malograda por nuestro candente sol caribeño que “emputece la sangre”, como diría la voz narratoria en La guaracha del Macho Camacho, la célebre novela del fenomenal Luis Rafael Sánchez”, dice el doctor Torres-Saillant en un ensayo que preparó para la presentación del libro de Fausto Rosario Adames sobre droga y política en la República Dominicana.

“Podría parecer adefesio sin parangón esa identificación del gobierno dominicano—junto a un sector considerable de la esfera pública–con la praxis autoritaria del abogado Marino Vinicio Castillo, alias “Vincho”, y su actitud agresiva contra Participación Ciudadana y otras organizaciones de cívicas defensoras de los derechos de los distintos sectores de la población. Pero, independientemente de cualquier acento folklórico o color local que dicha realidad política pueda manifestar, aquí estamos ente una expresión  criolla de la conducta del capitalismo mundial en el momento histórico actual”.

A continuación la otra parte, sobre el fenómeno de las drogas y el autoritarismo en el enfoque político, del doctor Torres-Saillant:

La Vinchocracia Neoliberal: Libro de Fausto (II)

Silvio Torres-Saillant, Syracuse University

Preámbulo

Propongo llamarle vinchocracia a la coronación en la dirigencia política de la sociedad dominicana de un conjunto de valores similares a los que encarna el personaje estudiado por Fausto Rosario Adames en El reinado de Vincho Castillo.

Dicha obra revela a un funcionario conocido por una prédica antidemocrática de pura estirpe trujillista, el hábito de blandir la mentira como arma de asalto contra el adversario de turno y el irrespeto por los mismos preceptos que sus cargos oficiales le requieren custodiar.

Acuño el término vinchocracia usando como raíz el alias que se asocia con el individuo en los medios de comunicación y añadiéndole el sufijo “-cracia”, derivado de un vocablo del griego antiguo que significa gobierno o poder (krátos). Con este neologismo no hago más que responder a la provocación del libro de Fausto cuyo título le atribuye al personaje estudiado un “reinado”, vocablo que nombra un gobierno monárquico refiérase a la duración o la forma del mismo.

Quisiera en las páginas que siguen contrarrestar la posible percepción de que la vinchocracia constituya un caso excepcional de la fauna humana brotada de este suelo criollo. Aquí me adelanto a plantear que el mal social que padece la sociedad dominicana en el momento actual no se debe al carácter único de una población malograda por nuestro candente sol caribeño que “emputece la sangre”, como diría la voz narratoria en La guaracha del Macho Camacho, la célebre novela del fenomenal Luis Rafael Sánchez. Podría parecer adefesio sin parangón esa identificación del gobierno dominicano—junto a un sector considerable de la esfera pública–con la praxis autoritaria del abogado Marino Vinicio Castillo, alias “Vincho”, y su actitud agresiva contra Participación Ciudadana y otras organizaciones de cívicas defensoras de los derechos de los distintos sectores de la población. Pero, independientemente de cualquier acento folklórico o color local que dicha realidad política pueda manifestar, aquí estamos ente una expresión  criolla de la conducta del capitalismo mundial en el momento histórico actual.

Vale notar las palabras del Contralmirante Julio César Ventura Bayonet en aquella conferencia del 1995 evocada en el libro de Fausto en la que jefes militares del Caribe y de los Estados Unidos anunciaban la victoria de “nuestras democracias” en la pugna contra las ideologías colectivistas y declaraban una nueva misión bélica contra el nuevo enemigo común: el narcotráfico.

Por lo menos uno de los participantes en aquella cumbre militar dejo claro que la ofensiva contra la nueva amenaza que enfrentaban “nuestras democracias” podría requerir la reducción de derechos civiles y derechos humanos de la población. Hablando, pues, de un tema no dominicano sino internacional, Ventura Bayonet externaba la sensibilidad que tipificaría el discurso de la economía capitalista mundial en su etapa actual.

Cabe recalcar aquí la tendencia de la sociedad capitalista de apuntar las armas a la población nacional mientras dice combatir a un enemigo genérico como el comunismo, el terrorismo, el narcotráfico o la inmigración. Esa tendencia anti-popular ya reinaba en los sectores de poder de la sociedad dominicana y de la región para el 1996, cuando les tocó a Leonel Fernández y al PLD apoderarse del gobierno.

  1. Capitalismo y Democracia

El capitalismo es eminentemente anti-democrático. Su lógica subordina a los muchos dentro de un engranaje armado para beneficio de los pocos. La cruzada contra el comunismo y el socialismo durante la llamada guerra fría dizque buscaba impedir que la Union Soviética, China, el Bloque Oriental o Cuba exportara la insurrección revolucionaria, desestabilizando los gobiernos reinantes en Europa, los Estados Unidos y sus respectivas esferas de influencia en África, Asia y las Américas.

Detrás de su anunciada misión de autodefensa se escondía la agenda más urgente, la de frenar el posible éxito del ethos económico asumido por el socialismo, un modelo orientado por la meta de satisfacer las necesidades materiales y la realización espiritual de la población. Al capitalismo, que medía  el progreso a partir de los índices de acumulación de las corporaciones privadas, le urgía menoscabar un rival cuyo ideal social valoraba el avance a partir del bienestar proveído por el Estado a la ciudadanía.

El terror que infundía “la amenaza roja”, pues, no era militar sino moral, el riesgo de compartir el ámbito geopolítico del planeta con un orden que aspiraba a la dignidad humana de la población. Pues ese modelo alternativo de concebir el sistema social podría calar en la imaginación popular de las mismas sociedades capitalistas, haciendo a la gente allí reñirse con su realidad política.

El capitalismo se lanzó a combatir el ideal colectivista del socialismo por distintos medios y en escenarios múltiples. De ahí el bloqueo económico dirigido contra Cuba desde hace más de seis décadas. Con frecuencia también ha recurrido el fomento extranjero de la subversión interna en sociedades cuyos pueblos han elegido líderes con ideales colectivistas. Véase el complot que culminó en la caída del gobierno de Juan Bosch en la República Dominicana o el de Salvador Allende en Chile.

A menudo las sociedades gendarmes del orden capitalista internacional se han negado a reconocer la legitimidad de gobiernos que se aparten de las directrices del mercado capitalista así fuera de manera parcial. De ahí la animadversión de los Estados Unidos hacia el Presidente Hugo Chávez y su sucesor Nicolás Maduro en Venezuela. Añádase a estas conjuras la intervención militar directa contra gobiernos insuficientemente capitalistas o el despliegue de campañas  destinadas a identificar la práctica colectivista como causa de los males que padeciera tal o cual país.

Las sociedades capitalistas dependientes, sobretodo las que operan bajo la éjida estadounidense, invertían gruesos recursos en amedrentar a la población acerca de las iniquidades del “comunismo ateo y disociador”. En el aula escolar, desde el púlpito eclesiástico, en los medios de comunicación y en peroratas legislativas, entre otros foros de adoctrinamiento, a la gente se le inculcaba una ficticia ecuación entre capitalismo y democracia, a la vez que se le enseñaba a igualar el colectivismo con la opresión. De esa manera se reclutaba a los ciudadanos como embajadores ideológicos del régimen imperante prestos a combatir a su rival geopolítico.

Por ejemplo, la sociedad dominicana padecía el lastre de una larga historia de injusticia social, exclusión, pobreza crónica, prostitución de adolescentes, deserción escolar, corrupción administrativa, desempleo y violencia contra los menesterosos dentro de un orden a toda luz capitalista.

En el barrio pobre de la ciudad de Santiago donde pasé mi niñez y adolescencia oíamos con frecuencia a las personas mayores quejarse de su miseria, desesperanza e indefensión, pero jamás las oíamos asociar su precariedad con la desigualdad que engendra el capitalismo.  Sin embargo, aun sin tener ni siquiera en que caerse muertos, sabían hacerse eco de condenas sistémicas al hablar de las carencias padecidas por la gente  que vivía en sociedades socialistas.

La caída del Muro de Berlín en el 1989 y la posterior disolución de la Unión Soviética para finales del 1991 marcaron un gran triunfo del capitalismo sobre la opción colectivista del sistema social. Habiendo así derrotado a su adversario ideológico, el capitalismo se ha liberado de la presión moral que ejercía el ejemplo de sociedades que se jactaban de invertir gran parte de sus recursos en garantizar el bienestar físico y mental de la población.

Ese triunfo sirvió a las corporaciones y los gobiernos de la órbita capitalista como prueba ineludible de la inexorabilidad de su sistema. Con fortalecido fervor, sus protagonistas incrementaron la embestida contra todo remanente de la moderación observada durante la Guerra Fría, procediendo a incrementar el apoyo a las corporaciones mediante la reducción del papel regulador del Estado y el despliegue de un ámbito dominado por cualesquiera que fueran las exigencias del mercado. Se recrudeció el individualismo, la privatización y el predominio de la lógica empresarial de la rentabilidad hasta para valorar los servicios públicos. Esta fervorosa etapa capitalista, denominada neoliberal por los académicos, se caracteriza en gran medida por la cada vez menor inversión en la gente y el lazo nupcial entre el Estado y el capital privado.

Por algunas décadas–entre mediados del siglo veinte y el fin de la Guerra Fria–operó en muchas sociedades capitalistas un Estado benefactor que se mostraba comprometido con el bienestar social de la ciudadanía. Al desaparecer la presión moral ejercida por el socialismo, el gobierno se ha ido desentendiendo de su anterior respuesta a las necesidades del pueblo. Llegada esta etapa neoliberal, los gobiernos capitalistas ahora protagonizan la privatización de áreas como la salud y la educación. De igual manera, se les ve dispuestos a entregar el territorio nacional a empresas privadas para fines de explotación minera, complejos turísticos y hasta entuertos agropecuarios como la producción de alimentos genéticamente modificados, haciendo caso omiso a las advertencias sobre perjuicios ecológicos, insostenibilidad e insalubridad.

En México, por ejemplo, el gobierno federal se ha puesto de parte de la corporación transnacional Monsanto en contra de la mayoría de los agricultores y consumidores del país que luchan por detener la expansión del maíz transgénico debido a la predecible destrucción del maíz que milenio tras milenio ha brotado natural y benéficamente del suelo mexicano (Alfredo Acedo, “Fight Against Monsanto Enter the Courtroom”, Americas Program, 28 abril 2014). Es decir, en su lucha por salvar el suelo y la sostenibilidad alimentaria de sus habitantes, el pueblo mexicano cuenta al gobierno nacional entre sus enemigos.