SANTO DOMINGO, República Dominicana.- Eran centenares. En la madrugada se protegieron del frío y en la mañana del sol. Los había con colchones, los había con frazadas. Llegaron desde diferentes puntos del país para recibir una funda roja con alimentos, una funda navideña como las que solía repartir el fenecido ex presidente Joaquín Balaguer.

Precisamente, muchos atribuyen a Balaguer la creación de esta práctica clientelista que hace que los políticos jueguen a hacer de padres caritativos con los que poco o nada tienen, como si no fuera un derecho humano y ciudadano tener garantizada la alimentación con el esfuerzo propio, y no por medo de una migaja.

Para el reparto de funditas del Partido Reformista Social Cristiano fue cerrada la avenida Máximo Gómez en el tramo comprendido entre las avenidas César Nicolás Penson y Simón Bolívar, en las cercandías de la casa en que viviera Balaguer.

Las personas con discapacidad motora y los no videntes fueron colocados en primera fila. A las nueve y cuarenta empezó el reparto tradicional frente a la casa de Balaguer.

El mito y la superchería no están ausentes del asunto, pues muchos de los beneficiados aseguran que Balaguer los sigue y seguirá favoreciendo desde el "cielo".

Y, a su manera simple de decir las cosas, en algo llevan razón: su líder era el padre del paternalismo y el asistencialismo, del "dame algo" y su tradición, como un sino fatal, se mantiene.

“Yo realmente lo que necesito es que me ayuden con para esta prótesis, para yo trabajar. Ya yo con esto no voy a pasar el año”, dijo después de recibir su funda roja Juan Reyes, a quien le falta una pierna

“Gracias al doctor Joaquín Balaguer tengo mi cena de Navidad. Gracias a ese hombre que nunca debió morirse voy a poder hacer mi cenita”, exclamó levantando su fundita Juana Santos Montero, que llegó a lugar a las tres de la madrugada desde San Cristóbal.

Con la música del villancico Cascabel, el fiel reformista que se hace llamar Funda trataba de elevar el orgullo de los compatriotas y cantaba frente a la casa de la avenida Máximo Gómez número 25: “Balaguer, Balaguer, lindo Balaguer, desde allá que está en el cielo nos dará el poder”.

En 2002, cuando el velorio de ese personaje, Funda también estuvo allí vestido de rojo y vociferando que en este país no había nacido ni nacería alguien que se equipare a Balaguer que, dicho sea de paso, fue mano derecha y presidente títere del tirano Rafael Leónidas Trujillo.

Telera, pollo, manzana, vino tinto, aceite, arroz, espaguetis contenían las fundas que entregaban Rafael Bello Andino, Aníbal Páez y el general Luis M. Pérez Bello, que en los tiempos de gloria del Partido Reformista Social Cristiano formaban parte del famoso anillo presidencial.

“Yo realmente lo que necesito es que me ayuden con para esta prótesis, para yo trabajar. Ya yo con esto no voy a pasar el año”, dijo después de recibir su funda roja Juan Reyes, a quien le falta una pierna, anda en silla de ruedas y usa prótesis. Había llegado a las seis de la mañana.

Cuando, cerca de las diez de la mañana llegó Rogelio Genao, secretario general del Partido Reformista, dijo a los periodistas que iban a empezar a dar, además de las 15 mil raciones, el dinero del pasaje. Y, efectivamente, una anciana que vive en Cambita, provincia San Cristóbal, salió del reparto con sus fundas y cien pesos.

Por alguna razón, el donativo para el pasaje luego se redujo a 50 pesos. Fue hasta el mediodía un reparto sin tumulto, con unas boletas a personas que habían sido seleccionadas de antemano.

“Ahí llevo un arrocito, una telera y un pollo y unas cuantas cositas. Yo con esto hago mi cenita. Yo venía cuando Balaguer estaba vivo. Hace mucho que yo vengo. Hoy llegué a las tres de la mañana”, dice Luis Valenzuela, residente en Azua.

Hubo un momento, cerca de las once de la mañana, en que empezaron a descender por la avenida Máximo Gómez grupos de adolescentes embarazadas y en evidente condición de pobreza. Sus vientres de todos los tamaños.

Desde la Maternidad de la Altagracia venían atraídas por la noticia de la repartición. No tenían carteras. Era conmovedor verlas rogar. Pedían a los guardias y policías que les permitieran pasar el cerco. Pero ellos, con cierta pena, les decían que se meterían en problemas si las dejaban pasar.

De repente un guardia voceó: ¡Yo lo siento, tuve que hacerlo. Esta mujer me dijo que tiene cuatro hijos!. Cuando volvimos la vista hacia él, a su lado estaba una señora sonriente abrazada a su funda. El militar no la dejó cruzar el cerco pero le buscó una ración y luego se marchó, él, con las manos vacías.

Y así, sin tumulto, siguió la repartición tradicional, tan tradicional como las penurias que sufre la mayoría del pueblo dominicano por culpa de los mismos políticos que pretenden calmar sus conciencias distribuyendo unas migajas del botín que han acumulado durante decenios de uso y abuso del poder del Estado.