Lic. Fausto Rosario Adames

Director de Acento.

Ciudad.

Estimado señor director:

El acuerdo suscrito entre la Autoridad Nacional Palestina y el grupo islamista radical Hamas que pone por el momento fin a la cruenta guerra civil entre palestinos en Cisjordania y la Franja de Gaza, devuelve a las primeras páginas de los diarios el tema del conflicto árabe con Israel. Las versiones sobre ese conflicto están llenas de mitos y mentiras. El más difundido entre los analistas dominicanos es el de atribuir la exclusiva responsabilidad de la horrible matanza de cientos de palestinos en los campamentos de refugiados de Sabra y Chatila, en el Beirut occidental, a las fuerzas armadas de Israel, bajo el mando de su entonces ministro de Defensa, Ariel Sharon. La verdad histórica, fuera de toda pasión, es que fueron árabes, y no israelíes, los que apretaron el gatillo para dar muerte a los palestinos refugiados en ese campamento, en el ya lejano 1982.

La responsabilidad que pudiera tocarle al ejército israelí es de índole moral, resultante de su  lamentable e indefendible decisión de dejar pasar, por el corredor que controlaban, a las milicias cristianas libanesas. Fueron estas las que en represalia por un ataque terrorista contra su gente, con un elevado saldo de muertos y heridos, penetraron a los dos campamentos y mataron a mansalva a cuantos palestinos alcanzaron, en uno de los más horribles actos de crueldad de la guerra que libraban palestinos y libaneses en el territorio de estos últimos.

Las guerras intestinas entre árabes han producido más víctimas que sus enfrentamientos con Israel. Hussein expulsó de Jordania a los palestinos después de una cruenta guerra que arrojó miles de muertes y la llegada de estos a Líbano rompió el equilibrio político-religioso que garantizaba la paz y el desarrollo, degenerando en una guerra civil que duró años y decenas de  miles de víctimas. La Autoridad Nacional Palestina, que preside Mahmoud Abas y el grupo Hamas acaban de firmar un acuerdo que pone fin a una guerra civil de siete años que desangró a Cisjordania y Gaza. Las sectas rivales, chiitas y sunies, se incendian mezquitas y se arrojan bombas matando a niños y civiles inocentes. Esa ha sido la historia de los últimos veinte o treinta años.

El derecho incuestionable de los palestinos de poseer su propio Estado no es la única cuestión crucial envuelta en la crisis del Oriente Medio. Esa es una concepción completamente errónea de un conflicto que compromete la suerte misma de la humanidad. La paz se ha hecho difícil en esa zona porque hay una oposición fanática a la existencia de un Estado, Israel, que tiene tanto o más raíces históricas en esas tierras bíblicas que cualquiera de las naciones vecinas. Con las únicas excepciones de Egipto y Jordania, ningún otro país árabe  ha permitido a los judíos hacer honor a sus promesas de devolver los territorios ocupados en sucesivas guerras de supervivencia, a cambio tan sólo del reconocimiento a su derecho de vivir bajo fronteras seguras y permanentes.

Cuando los líderes radicales  enviaban a sus terroristas a liquidar a inocentes trabajadores agrícolas en una granja, secuestrar aviones, arrojar bombas en mercados públicos o en escuelas de párvulos, y más recientemente a fanáticos suicidas a inmolarse a fin de dar muerte a judíos, lo que hacían y aún hacen es alejar las posibilidades de un arreglo amistoso.

El propio Yasser Arafat dijo muchas veces en el pasado lo que hoy todavía repiten los líderes radicales de Hamas, grupo que controla la franja de Gaza:

“El objetivo de nuestra lucha es la liquidación de Israel y en este sentido no habrá ninguna concesión de nuestra parte”. ¿Qué podían entonces o pueden hacer ahora los judíos?

La paz entre las naciones requiere de la voluntad firme de cada una de ellas de velar porque la misma prevalezca. Si sólo una es opuesta a ella, la paz termina anegada en un charco de sangre. Es lo que ha sucedido siempre.

No basta por tanto que los israelíes estén convencidos de la necesidad de un acuerdo que ponga término al estado de beligerancia en el Oriente Medio, si una buena parte de las naciones árabes cercanas insiste en hacerlo imposible. Los acuerdos resultantes de las difíciles negociaciones con Egipto, demuestran en cambio que esa disposición ha existido por parte de los israelíes.

El Oriente Medio, en general, y la tierra de Palestina, en particular, son lugares especiales. La rivalidad árabe-israelí lo es también. No hay otro ejemplo similar en toda la historia. En el pasado, otras guerras concluyeron con acuerdos que sepultaron todo vestigio de resentimiento.  Fue lo ocurrido con Alemania, Japón e Italia después de 1945, pero no ha sido este el caso del  Oriente Medio.

Cada enfrentamiento ha alimentado allí  por ambas partes la pasión y el fanatismo que arrastran inevitablemente a un nuevo conflicto. Las políticas oficiales de muchos gobiernos monárquicos, como los del Golfo Pérsico, o tiranías absolutas como la Siria, y hasta un par de años las de Libia e Irak, por ejemplo, han dificultado una aproximación fructífera. Con ello la rivalidad ha adquirido proporciones alarmantes.

 

El fanatismo árabe contra Israel despierta un sentimiento similar a la inversa en este último país. Esto es lo que hace especialmente crueles los enfrentamientos en la región. Los judíos se han visto forzados a ir a la guerra para asegurar su propia supervivencia. La forma en que se plantea el conflicto no les deja muchas opciones. A lo sumo los árabes han perdido por algún tiempo un pedazo del desierto como consecuencia de sus derrotas militares. Pero ¿qué sucederá cuando sea Israel el que pierda?

Esto no significa que yo entienda que todos los planteamientos árabes descansan sobre una base sin fundamento ni que esté de acuerdo con todas las políticas en materia internacional del estado judío. Por el contrario, muchos de los argumentos árabes son importantes y vitales en cualquier eventual solución negociada del conflicto. La paz sólo podrá sostenerse allí sobre la premisa de una convivencia judía-palestina, en el reconocimiento  del derecho de ambos, por igual, a una vida tranquila y próspera en la tierra de sus antepasados.

Esto es precisamente lo que no aceptan muchos gobiernos árabes, columnistas e  intelectuales. Y naturalmente esa penosa realidad es hoy en día, como lo ha sido a lo largo de todo el conflicto, uno de los obstáculos más difícil de salvar en cualquier intento de solución. La lógica y la sensatez indican que mientras persista el estado de grave amenaza para Israel, no quedará tiempo en ese país para otras cosas que no sean la de alimentar la natural inclinación a la defensa.

Es este pues uno de los ángulos más importantes del conflicto que la pasión política ha tratado de soslayar, con mucho éxito por desgracia.

Con las gracias por su atención, quedo de usted, muy atentamente,

Miguel Guerrero

4 de junio de 2014.