SANTO DOMINGO, República Dominicana.-¿Para qué carajo sirve la cultura? ¿Para que la clase política en el poder la tire por los suelos, para desnaturalizarla, para hacer sainete de costuras e hilos, pensando más en la campaña electoral y el espacio mediático, que en la verdadera cultura y el folklore?
Los carnavales lo son, porque el colorido no se planifica, los colores tienen siempre ese aire espontáneo que los hace inocentes y lúdicos, que arrastra a la gente sin distinguir su filiación política.
Un carnaval dirigido a instrumentalizar y a domesticar los reflejos visuales del público no tiene sentido, y debe ser observado como un triste intento de manipulación cultural.
Se desconoce de quién son las directrices, pero a lo largo de este gobierno hay manifestaciones que deben llamar a reflexión seria y profunda.
Hay una seria tendencia, obsesiva, de practicar con las masas criterios conductistas tipo los experimentos de Frederic Skinner, el famoso sicólogo norteamericano, cuyas teorías han servido de base experimental a la rancia ideología de la publicidad behavorsita de los Estados Unidos de América.
¿No se dan cuenta que eso, al final, lo que crea es una saturación sicológica que pudiera llevar al rechazo por el hartazgo evidente que implica, la imposición del escapulario morado y amarillo con una insistencia que ya raya en lo vulgar?
Un experimento ya clásico de Skinner fue llevado a cabo en 1948. En éste experimento participaron ocho palomas hambrientas, las cuales fueron introducidas en la así llamada caja de Skinner.
En la caja de Skinner las palomas disponían de comida a intervalos regulares con independencia de la respuesta que emitieran.
Es más, las palomas no necesitaban responder de una manera en particular para obtener comida, pasado el intervalo de tiempo decidido por el experimentador, podían disponer de ella incluso si no respondían. No obstante, en este experimento se observó un condicionamiento evidente en todas las palomas.
Si se observaran los banderines que están colocados en el "nuevo" parque de Güibia, se observará también que muchos de los banderines, los que están preferentemente colocados en la parte que colinda de modo lateral con la Avenida George Washington, varios están confeccionados con medias lunas moradas con fondo amarillo.
De nuevo se observa el mismo fenómeno: el intento de control subliminal vía los colores de un partido que no se sabe si, en el fondo, pretende ser único como el viejo Partido Dominicano de Trujillo y su palmita.
El espectáculo televisivo de la inauguración de la Serie del Caribe, ayer, fue deplorable, porque detrás de aquella falsa alegría, había un fin que era evidente: tomar el criterio de la revista musical para imponer en vivo y en directo a los asistentes en el estadio y a los televidentes una selectividad de colores oficiales, que daba pena y vergüenza.
¿Cuál es la necesidad de llenar el espacio público neutral, como lo es un espectáculo, con los colores de un partido, como si fuera una necesidad imperiosa de propaganda oficial en todas las direcciones?
¿No se dan cuenta que eso, al final, lo que crea es una saturación sicológica que pudiera llevar al rechazo por el hartazgo evidente que implica, la imposición del escapulario morado y amarillo con una insistencia que ya raya en lo vulgar?
Esas obsesiones sólo son posibles y normales en los regímenes de fuerza cuya obsesión es mantener cautiva a la población. Corea del Norte es uno de los últimos mejores ejemplos, con la idea de la mono cultura del color del partido único.
¿Por qué tomar el escenario de la Serie del Caribe para semejante manipulación ramplona?
Justamente, porque a veces se piensa que nadie vigila, porque a veces se piensa que nadie está alerta ante detalles y fenómenos que no hablan en absoluto, de ninguna voluntad democrática para hacer las cosas, que nada tienen que ver con la política de partidos.
Los espacios culturales deben ser respetados, porque en ellos hay una noción de consenso de la identidad Dominicana, cuyos únicos colores serían los de la bandera nacional.
La razón esencial de la cultura es que la gente de modo colectivo la ejercita como una memoria
plural, no sujeta a discriminaciones, de lo contrario no fuera parte de un tejido nacional en cuya idiosincrasia nos sentimos todos representados.
Se advierte como tendencia peligrosa este proceder que algunos "genios de la propaganda" del PLD lo practican como algo normal.
Internamente pudiese parecer normal y hasta comprometido, pero hacia fuera la imagen es otra, para quienes saben leer lo subliminal: porque ese estado es de adoctrinamiento sin apelación a la conciencia crítica de la gente.
La historia enseña que Paul Joseph Goebbels, el ideólogo comunicacional nazi, de Adolf Hitler, nunca fue buen maestro de nadie, pero de nadie.
La gran ilusión: ¿Que un día hombres y mujeres de la República Dominicana, como zombis, salgan vestidos de amarillo y morado como buen ejemplo del triunfo de la masificación nacional, lograda por el conductismo obsesivo de estas prácticas agresivas y lesionadoras?
Algo huele a podrido en la "alegre" envoltura del amarillo y morado, según la televisión que es fría, de pensamiento a distancia…
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