Como a las misses se les cae la corona tras el atroz cuestionario en los concursos de belleza, así mismo se les puede desplomar la investidura a los candidatos electorales  que se atrevan a participar en un debate cara a cara.

En un panorama político tan convulso como el actual, a pocos meses de las elecciones, el debate público puede ser determinante en el resultado de la contienda, pues la confrontación de ideas o consolida creencias o las aniquila, el punto medio es inexistente.

En los últimos 30  años, las campañas electorales se han trasladado de las caravanas en las calles a las plataformas digitales; de las polémicas doctrinarias a la comparación de imágenes y, de la persuasión ideológica a las encuestas de mercadeo; un fenómeno evidente y propio de la globalización, que se propaga de un hemisferio a otro obligando a los aspirantes del más ínfimo curul, a tomar el riesgo que implica un debate.

Un riesgo que solo se justifica con la presión mediática y de la sociedad civil, sobre todo de las nuevas  generaciones que exigen un verdadero enfrentamiento de proyectos, un espacio para la transparencia, el flujo desinhibido de la información y la deliberación.

Planificar estos encuentros es un camino tumultuoso, ya que supone para los organizadores tejer una red de confianza donde no puede faltar un eslabón, como sucedió en el primer y único debate presidencial dominicano en 2016, con la ausencia del presidente Danilo Medina.

Pues más allá de la seguridad en sí mismos, los candidatos también necesitan la aseguranza de la ecuanimidad de quien los convida y de que no se les prepara una encerrona.

De ahí que iniciativas como la de la Asociación Nacional de Jóvenes Empresarios (ANJE) y la del Consejo de Desarrollo Económico y Social de Santo Domingo (Codessd) que retan a los candidatos a nivel presidencial y municipal, puedan considerarse arriesgadas, pero más que atinadas.

Siempre y cuando no estén manipulados, con formato de jardín infantil, moderadores pagados, cuestionarios ensayados y candidatos orejeados, los debates deben ser bienvenidos e, incluso, establecidos como insumos necesarios dentro del marco de las campañas políticas.

Inédito sería un cara a cara abierto que también contemple la participación ciudadana en tiempo real, donde el público dispare preguntas y reciba propuestas, sin teleprompter ni anestesia.

Aparte de la seguridad y el dominio de los temas, la comunicación no verbal de los ponentes también es protagonista. Están los que llevan cara de póker, los de la sonrisa continua  o a los que les brinca un ojo, revelando la incoherencia entre lo que dicen y cómo lo dicen.

“Un país sin luz, es como todo apagado”, frases suicidas como la de Soraya Aquino son un ejemplo inmejorable de como en un segundo televisado se puede pasar de ser candidata presidencial, al meme del año en Twitter.

Y es que el ring criollo cuenta con múltiples especímenes, que van desde un delfín que mutó a penco, un caballo merenguero, hasta un gato mafioso y una que otra lumbrera a la que pocos se atreverían a enfrentar.

Pero en la política, como en la ley natural de supervivencia, en la selva subsiste el más fuerte: o comes, o te comen.

Tomando en cuenta el hartazgo generalizado entre los votantes, sumado al descrédito de las más recientes encuestas, los debates resultan en el mejor canal para apelar especialmente al espíritu crítico del espectador y  sacudir al electorado indeciso o abstente a condenar o salvar a su favorito en las urnas.

Como dijera Nietzsche, “aquellos que no pueden entender cómo poner sus pensamientos en el hielo, no deben entrar en el calor del debate”, y aquí solo resta esperar que aparezcan los valientes.