Aunque son muy evidentes las manifestaciones de estancamiento, lo real es que se avanza en la más prominente crisis actual: la pandemia Covid-19. Este avance nos lleva a precisar dos aspectos de gran importancia para entenderlo.

Lo primero es que Covid-19 no es la única crisis que nos está afectado. Lo segundo es que toda crisis tiene múltiples lecturas y enfoques.

Vamos con lo primero. Cuando comenzó a referirse el tema, a finales del año 2019, para el común de las personas se trataba de una aparente situación lejana, en una zona de China que hasta ese momento era casi absolutamente desconocida para el mundo occidental: Wuhan, ciudad de la que ahora sabemos que cuenta con más habitantes que la República Dominicana, es capital de la provincia Hubei, que está ubicada en China central. Pero antes de que nos hayamos ido “especializando” en asuntos chinos y pandémicos, el virus se ha dispersado por el planeta a velocidades muy propias del mundo actual.

Esa diseminación real (de la pandemia) ha provocado un desplazamiento virtual (en los contenidos mediáticos de moda) con grandes repercusiones en la realidad. Para ello, poco ha importado que, según cifras de la organización Mundial de la Salud, más de 15 millones de personas murieron en 2016 por cardiopatía isquémica y accidente cerebrovascular. Según la OMS, esa cifra se ha mantenido durante los últimos quince años. Muy poco se ha reparado en que –sigo citando a la máxima autoridad sanitaria mundial- tres millones de seres humanos perdieron la vida en un solo año por enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Casi nadie se fija en que el cáncer de pulmón, junto con los de tráquea y de bronquios, terminaron con la vida de 1,7 millones de personas en ese año.

Otro motivo de fallecimiento de personas, con cifras millonarias cada año, es la diabetes. Esa condición de salud quitó la vida a un millón en el año 2000, y alcanzó los 1,6 millones en el año 2016. Las muertes atribuibles a la demencia se duplicaron entre 2000 y 2016, lo cual hizo que esa enfermedad se convierta en la quinta causa de muerte en el mundo.

Las infecciones de las vías respiratorias inferiores continúan siendo las enfermedades transmisibles más letales; en 2016 causaron tres millones de defunciones. La tasa de mortalidad por enfermedades diarreicas, que se redujo casi un millón entre 2000 y 2016, fue de 1,4 millones de muertes en 2016.

A esto podríamos añadir las muertes por tuberculosis, VIH/SIDA, accidentes de tránsito, entre otras causas que superan el millón de fallecidos cada año. Pero, insisto, todo eso ha quedado relegado porque “razones de mucho peso” nos han colocado en torno a la pandemia Covid-19.

No se trata solo de enfermedades

Otro tema que queda relegado es el contenido en el informe mundial sobre las crisis alimentarias 2019, presentado de manera conjunta por la Unión Europea, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y el Programa Mundial de Alimentos. Según esas organizaciones, “alrededor de 113 millones de personas en 53 países experimentaron inseguridad alimentaria aguda en 2018”.

Pero no se trata de un caso fortuito. Es, nada más y nada menos que, “el tercer año consecutivo en que esa categoría máxima de la crisis alimentaria se sitúa por encima de los cien millones de personas”, y también lo es para “los altos niveles de desnutrición aguda en los niños que viven en situaciones de emergencia”, señala el informe.

¿Por qué trasciende tan poco esto en el mundo de la virtualidad? ¿Será porque los ocho países más afectados por crisis alimentaria son Afganistán, Etiopía, Nigeria, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Sudán, Siria y Yemen? ¿Será porque eso no se contagia al punto de afectar a ciertos niveles? ¿O será que el poder mundial tiene otras prioridades?

Si las respuestas a esas preguntas no ofrecen suficiente luz ni logran mostrarnos la realidad como es, quizás nos esclarezca saber que más de cuatro millones, de esos 113, viven en América Latina. Y quizás sirva para relacionarlo más directamente si reparamos en que la mitad oeste de nuestra isla tiene más de dos millones de haitianos que sufren inseguridad alimentaria aguda.

La pandemia Covid-19 ha hecho olvidar la crisis migratoria en Europa, con campamentos ocupados por más de 42,000 migrantes y refugiados en algunas islas griegas, a pesar de haber sido diseñados para solo 6,000.

Pero si queremos referencia de temas dominicanos desplazados por el contenido de moda, vale recordar que muy poco antes de que Covid-19 copara la atención colectiva, el principal foco de atención en nuestro país giraba en torno al mal uso (para no usar términos duros) dado a más de cuatro mil millones de pesos del dinero público en las frustradas elecciones municipales planificadas (inicialmente) para el pasado 16 de febrero. Pero la pandemia (creo que debiera decir la infodemia), se ha encargado de provocar la desmemoria colectiva.

Otras lecturas de las crisis

Vamos con lo segundo. Es muy frecuente asociar la idea de crisis con dificultad, riesgo y peligro. De manera general, la crisis se asume como eso que asusta, que provoca mucho miedo y genera el “sálvese quien pueda”. Pero, para quien logra detenerse y analizar, hay enfoques más optimistas y hasta estimulantes. Así ocurre con quien descubre que la esencia del concepto está más próxima a la de cambio crucial, significativo o determinante.

El Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española nos recuerda que “crisis” procede de la raíz sánscrita “skibh”, que significa cortar, separar, distinguir, asimilada por la voz griega “krisis", como equivalente a decidir. El término fue usado por Hipócrates para referirse al momento en el que una enfermedad cambia su curso, para bien o para mal.

En el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, publicado en 1961, en Madrid, se define la crisis como "mutación grave que sobreviene en una enfermedad, para mejoría o para empeoramiento", y se añade, como segunda acepción más amplia, "momento decisivo en un asunto de importancia".

El diccionario de la Real Academia Española nos proporciona una primera acepción en la que crisis es “cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”.

Pero desde esa parte del mundo con gran influencia confuciana, con alto sentido de la virtud, el enfoque de “crisis” cuenta con dos componentes fundamentales: una parte que significa peligro y otra que equivale a oportunidad.

Para entender mejor este último enfoque sirven de gran ayuda dos notas extraídas de “Confucio, Mencio. Los cuatro libros”, con prólogo, traducción y notas de Joaquín Pérez Arroyo, edición Alfaguara, publicada en Madrid, en 1982. Un primer aspecto está relacionado con la virtud: “El Camino de la Gran Enseñanza consiste en abrillantar la luminosa virtud, renovar a los hombres y alcanzar la más alta excelencia”. El segundo, con la real finalidad de nuestras acciones: “Conociendo a dónde se debe tender, se determina el objeto a alcanzar. Habiéndolo determinado se puede conseguir la tranquilidad; tras la tranquilidad se puede obtener la paz y, obtenida ésta, la deliberación es posible. La deliberación es seguida por la consecución del objeto a alcanzar”.

¿Cómo es eso de que “se avanza” ante la pandemia Covid-19?

Claro que se avanza. Hay varios indicadores para confirmarlo:

  1. Se avanza, si aprendemos de países que han logrado superar exitosamente la pandemia.
  2. Se avanza, si aprendemos de los cambios ambientales durante el confinamiento.
  3. Se avanza, si aprendemos que hay peligros que requieren de real unidad de esfuerzos para ser superados por que todos somos vulnerables.
  4. Se avanza, si aprendemos que la sostenibilidad implica respetar el entorno y colocar al ser humano en el centro de nuestras acciones.
  5. Se avanza, si aprendemos que el real valor reside en la virtud.

Para quien piense o sienta que no se avanza, le dejo dos preguntas: Y tú, ¿qué posición juegas? Acaso ¿te has quedado solamente observando?