SUCEDIÓ LO imposible. El Parlamento de Egipto, elegido democráticamente por un pueblo libre, ha convocado para su primer período de sesiones.

Para mí este es maravilloso, un momento feliz.

Para muchos israelíes, es una tendencia preocupante, un espectáculo aterrador.

NO PUEDO menos que alegrarme cuando un pueblo oprimido se levanta y gana su libertad y dignidad humana. Y no por la intervención de fuerzas externas, sino por su firmeza y valentía. Y tampoco por disparos y derramamiento de sangre, sino por el poder puro de la no violencia.

Cuando y donde suceda, debería alegrar el corazón de cualquier persona decente en todo el mundo.

En comparación con la mayoría de otras revoluciones, este levantamiento egipcio fue incruento. El número de víctimas se contó en decenas, no en miles. La lucha actual en Siria reclama ese número de víctimas en decenas cada uno o dos días; y lo mismo ocurrió en el exitoso levantamiento en la vecina Libia, que recibió el apoyo, en gran medida, de la intervención militar extranjera.

Una revolución refleja el carácter de su pueblo. Siempre he tenido un gusto especial por el pueblo egipcio, puesto que son, en general, carentes de agresividad y de violencia. Son singularmente pacientes y simpáticos. Esto se puede ver en los miles de años de historia registrada y en la vida cotidiana.

Es por eso que esta revolución resultó tan sorprendente. De todos los pueblos de este planeta, los egipcios se encuentran entre los menos probables para desatar revueltas. Sin embargo, esta vez se rebelaron.

EL PARLAMENTO se convoca después de 60 años de un gobierno militar que también se inició con una revolución incruenta. Incluso, el despreciado rey Farouk, quien fue derrocado en esa fecha en julio de 1952 no resultó dañado. Lo introdujeron en su lujoso yate y fue enviado a Monte Carlo, para que pasara el resto de su vida entre juegos de azar.

El verdadero líder de la revolución fue Gamal Abd-al-Nasser. Yo me había encontrado con él varias veces durante la guerra, en 1948 ‒a pesar de que nunca fuimos presentados debidamente. Eran batallas que duraban toda la noche, y fue sólo después de la guerra cuando pude reconstruir los hechos. El resultó herido en un combate por el cual mi compañía fue galardonada con el honorífico nombre de "Zorros de Sansón", mientras que yo fui herido cinco meses más tarde por soldados bajo su mando.

Nunca me encontré con él cara a cara, por supuesto, pero un buen amigo mío, sí. Durante la batalla de la "Bolsa de Faluja", se acordó un cese al fuego, a fin de definir el número de muertos y heridos que yacían entre las líneas. Los egipcios enviaron al mayor Abd-al-Nasser, y nuestro bando envió a un oficial nacido en Yemen, a quien llamábamos "Gingi" (Ginger‒ Gengibre), porque era casi totalmente negro. Los dos oficiales enemigos se sintieron mutuamente muy bien, y cuando la revolución egipcia estalló, Gingi me dijo ‒ mucho antes que nadie‒ que Abd-al-Nasser era el hombre a observar.

(No puedo privarme de expresar una queja particular aquí: En las películas y libros  occidentales, los árabes suelen llevar como primer nombre "Abdul". Ese nombre simplemente no existe. "Abdul" es realmente Abd-al-, que significa "sirviente de", y está generalmente seguido por uno de los 99 atributos de Alá. Abd-al-Nasser, por ejemplo, significa "Siervo de (Alá) el Victorioso". Así que, ¡por favor!).

"Nasser", como la mayoría de la gente lo llama, para abreviar, no fue un dictador de  nacimiento. Más tarde, relató que después de la victoria de la revolución no tenía idea de qué hacer a continuación. Comenzó por designar un gobierno civil, pero estaba  consternado por la incompetencia y la corrupción de los políticos. Así que el Ejército tomó las cosas en sus propias manos, y pronto se convirtió en una dictadura militar que duró y fue degenerando de manera constante, hasta el año pasado.

No hay que tomar en cuenta la versión de Nasser literalmente, pero la lección es clara: ahora, como entonces, un gobierno militar "temporal" tiende a convertirse en una dictadura prolongada. Los egipcios lo saben por amarga experiencia, y por eso se están volviendo muy, muy impacientes.

Recuerdo una deslumbrante conversación entre dos prominentes intelectuales árabes hace unos 45 años. Estábamos en un taxi en Londres, en camino a una conferencia. Uno de ellos era el admirable Mohammed Sid Ahmad, un aristócrata marxista egipcio; el otro era  Allawi, un valiente líder opositor marroquí de izquierda. El egipcio dijo que en el mundo árabe contemporáneo ninguna nación puede lograr el objetivo sin un fuerte liderazgo autocrático. Alawi respondió que nada que valga la pena se puede lograr antes de que la democracia interna se haya establecido. Creo que este caso quedó resuelto ahora.

COMO DIJO Winston Churchill, "la democracia es la peor forma de gobierno, con la excepción de todas las demás que han sido intentadas". Lo malo de la democracia es que las elecciones libres no siempre salen como usted desea.

Las recientes elecciones en Egipto fueron ganadas por "islamistas". La tumultuosa primera sesión producida por esta bocanada de libertad estuvo dominada por los diputados con barbas religiosas. Los miembros electos de los Hermanos Musulmanes y los salafistas más extremistas (los partidarios de la Salafiyeh, una tendencia suní que pretende seguir la enseñanza de las tres primeras generaciones musulmanas) son la mayoría. Los israelíes y los islamófobos del mundo, para quienes todos los musulmanes son iguales, están horrorizados.

Francamente, no me gustan los partidos religiosos de ningún signo ‒judío, musulmán, cristiano o lo que sea. La democracia plena exige una total separación entre Estado y religión, tanto en la práctica como en la teoría.

Yo no votaría por políticos que utilizan el fundamentalismo religioso como una escalera en su carrera, ya se trate de los candidatos presidenciales estadounidenses, los colonos israelíes o los árabes demagogos. Incluso, si fueran sinceros, yo tranquilamente podría votar en contra de ellos. Pero si esas personas son libremente elegidas, los acepto. Desde luego, no dejaría que el éxito de los islamistas estropeara mi alegría por la victoria histórica de la Primavera Árabe.

Tal como se ve ahora, los islamistas de diversos matices van a ser influyentes en todos los parlamentos que saldrán como productos de la democracia árabe, desde Marruecos hasta Irak, desde Siria hasta Omán. Israel no será una "villa en medio de la selva", sino una isla judía en un mar musulmán.

La isla y el mar no son enemigos naturales. Por el contrario, se complementan entre sí. Los isleños capturan peces en el mar; los albergues de la isla dan sombra a los peces jóvenes.

NO HAY ninguna razón para que judíos y musulmanes no vivan juntos en paz y cooperación. Lo han hecho muchas veces en la historia, y esos fueron buenos tiempos para ambos.

En cualquier religión existen muchas contradicciones. En la Biblia hebrea están los capítulos de inspiración de los profetas, y también las llamadas abominables al genocidio en el Libro de Josué, por ejemplo. El Nuevo Testamento incluye el hermoso Sermón de la Montaña y la repugnante (y obviamente falsa y tardíamente insertada) descripción de los judíos que piden la crucifixión de Jesús, que generó el antisemitismo y un sufrimiento indecible. En el Corán son varios los pasajes objetables sobre los judíos, pero se ven opacados por el admirable mandato para proteger a los "pueblos del libro", judíos y cristianos.

Corresponde a los creyentes de cualquier religión escoger entre sus textos sagrados los pasajes a partir de los que ellos quieren actuar en consecuencia. Una vez vi un libro nazi compuesto enteramente de citas del Talmud, cientos de ellos. Estaba seguro de que todos eran falsos, y me sorprendió hasta lo más profundo cuando un rabino amistoso me aseguró que todos ellos eran auténticos, sólo que estaban fuera de contexto.

LOS JUDIOS y los musulmanes pueden vivir juntos y en paz; ya lo hicieron los israelíes y los egipcios.

Sólo uno de los capítulos: en noviembre de 1944, dos miembros de la organización clandestina Lehi del pre-estado (también conocida como el Grupo Stern), asesinaron a Lord Moyne, el ministro de Estado británico para el Medio Oriente, en El Cairo. Fueron capturados, y su juicio ante el tribunal en Egipto se convirtió en una manifestación contra el gobierno británico. Jóvenes patriotas egipcios llenaron la cámara y no hicieron ningún esfuerzo por ocultar su admiración por los acusados. Uno de los dos (que yo conocía) correspondió con un conmovedor discurso, en el que desestimó el sionismo y se definió a sí mismo como un luchador por la libertad dispuesto a liberar a toda la región del imperialismo británico.

Cuando Israel fue fundado poco después, algunos de nosotros sugerimos que el nuevo estado usara este tipo de actos y otros con el fin de presentarnos como el primer estado semita que se hubiera liberado de la dominación extranjera. En este espíritu, públicamente acogimos la revolución de Abd-al-Nasser de 1952. Pero en 1956, Israel atacó a Egipto con la complicidad de Francia y Gran Bretaña, y fue catalogado como el puesto de avanzada del colonialismo occidental.

DESPUES DE la histórica visita de Anwar Sadat a Jerusalén, yo fui uno de los primeros cuatro israelíes que llegaron a El Cairo; durante varias semanas fuimos los héroes de la ciudad, agasajados por todos y cada uno. El entusiasmo por la paz con Israel dio lugar a un estado de ánimo de carnaval. Sólo más tarde, cuando los egipcios se dieron cuenta de que Israel no tenía ninguna intención de permitir a los palestinos lograr su libertad, aquel estado de ánimo se evaporó.

Ahora es el momento para tratar de restablecer ese estado de ánimo. Se puede hacer, si resueltamente miramos hacia la Primavera Árabe y sus ramas en invierno.

Esto plantea de nuevo una de las preguntas más básicas para Israel: ¿Queremos ser parte de esta región, o un puesto de avanzada de Occidente? ¿Los árabes son nuestros aliados naturales o nuestros enemigos naturales? ¿La nueva democracia árabe despierta nuestra simpatía y admiración, o nos asusta?

Y nos conduce a la pregunta más importante de todas: ¿Es Israel otra rama de la judería mundial, o se trata de una nueva nación nacida en esta región, y que forman parte integrante de ella?

Para mí, la respuesta está clara. Y por lo tanto, saludo al pueblo egipcio y a su nuevo parlamento: ¡Enhorabuena!