Las películas tienen normas establecidas para circular en países diferentes a donde se producen. Casi siempre es con el aval de una invitación a un festival de cine.

Las coproducciones es la mejor de todas las garantías para obtener un pase comercial en otro país.

Que una empresa distribuidora de cine se interese o que un productor nacional logre distribución provisional, es un logro.

Pero son visas de paseos.

El trabajo para que un cine sea influyente y/o respetado debe iniciarse con las mismas formulas usadas por los países grandes en mercado: dominio económico y cultural.

No obstante, existen excepcionales caminos que respiran en cinematografías de autores o grupos de autores del llamado cine independiente.

La influencia de esas cinematografías independientes se gana con notoriedad en festivales internacionales y/o con renovadas narrativas de filmes de un cineasta o de un grupo de cineastas.

Para que eso ocurra debe haber una preeminencia de eruditos con talento para el cine y en la producción de una cinematografía, que de otra manera nunca se obtiene. Obvio.

Cuando se quiere usar cualquier recurso estatal o privado para abrir fronteras, el fracaso es rotundo y trae consigo el descredito y burla, por lo proyectado fuera de pantalla.

Se pierde así la posibilidad de “renovación de visas”, sencillamente porque se linchan voluntades de cineastas natos que no poseen recursos para cristalizar sus propuestas.

Ahora mismo, tal cual ha ocurrido con otros países, prima lo perecedero en eventos internacionales. Pero pasará como se queda atrás lo efímero, y se dé paso a lo justificado siempre que exista la voluntad de proceder con carácter, con nobleza de espíritu.