La pandemia de COVID-19 ha llevado a las familias a aislarse en sus hogares con la finalidad de preservar su salud y vida.

No todas las familias presentan pautas funcionales, en las que el diálogo es abierto y claro, en el que la pareja pueda expresarse libremente, llegar a acuerdos y respetar las diferencias.

Nos podemos encontrar con casos de familias en las que predominan patrones de relación marital asimétricos, en los que un miembro de la pareja, la gran mayoría hombres, asumen la posición de dominio, control y posesión.

La violencia es dominio y control sobre la pareja, se expresa de modalidades diferentes como son: psicológica, física, sexual, económico-patrimonial y religiosa. En una mujer pueden coexistir dos o más formas de maltrato.

Desafortunadamente, en estos momentos en los que la población general ha sido llamada a cumplir con la medida de aislamiento o cuarentena, muchas mujeres se encuentran encerradas con su agresor, con muy pocas posibilidades de sobrevivir al maltrato crónico, continuo y cruel.

La percepción de riesgo de las víctimas y la peligrosidad de su agresor influye en que decidan llamar a la línea de auxilio o a los organismos del Estado correspondientes para que tomen alguna medida de protección. Otras, lo harán para enviarles un mensaje a sus verdugos de que alguien fuera de casa podría ofrecerles apoyo.

El aislamiento aumenta el grado de estrés en ellas, dado que el maltrato es continuo. Él se justificaría alegando que está estresado por el encierro, la falta de dinero o cualquier otra circunstancia que le garantice impunidad.

Igualmente, podrá argumentar que ella lo provoca, lo saca de control, que sabe cuál botón a apretar para que él explote. En otros estallidos, alegaría que son los hijos los que lo descontrolan. Siempre tendrá excusas para revistar de normalidad su comportamiento violento.

Mientras tanto, en la casa, dará órdenes, impondrá el silencio y mantendrá sus tácticas de control para que ella no se comunique con sus familiares y amistades.

Si ella optara por defenderse, reaccionar ante la hostilidad y las amenazas o faltase a la a la obediencia que él espera, la castigaría cruelmente.

El silenciamiento podría ser cruel y persistente.

En estos días, podría suponerse que ellas carecen de protección porque no pueden salir a denunciar o buscar un lugar seguro para preservar su integridad física y psicológica. Si así fuera, sugeriría que busquen ese lugar dentro de la casa y que tengan la certeza de que allí no serán agredidas. Además, que tengan su celular a mano para llamar a las autoridades o avisar a los vecinos, de manera que, en caso de que grite, todos reaccionen o le hagan saber que llamarán a las autoridades.

En caso de que a él no le impongan medidas de coerción, por lo menos debe tener una sanción social y moral proveniente de los vecinos.

Por y para ellas escribo.