El pasado miércoles 11 de Julio se dio cita en el congreso nacional todo un movimiento en contra de los feminicidios con la consigna de “basta ya” y con las imágenes vivas de un centenar de mujeres asesinadas en los últimos seis meses.

La realización de una protesta basada en el “luto”  despierta la mirada hacia el dolor y el impacto que tiene en la familia y en la sociedad que la madre, la hermana, la hija, la sobrina, la tía, la maestra, haya sido asesinada por su pareja o por su expareja muchas veces en situaciones en que sus hijos/as u otros niños/as y jóvenes sean testigos de la escena de violencia en su máxima expresión.

El silencio frente al maltrato es continuo y cotidiano, muchas mujeres callan el abuso porque tienen miedo a las consecuencias, sin embargo no tienen conciencia de que el silencio las empuja aún más al círculo de violencia y riesgo frente al agresor que siente que no hay nada que lo pueda frenar ni controlar. El sistema de justicia es vulnerable frente a la violencia de género y con ello permisible ante la misma.

¿Por qué las mujeres en nuestro país tienen como principal causa de muerte su vínculo afectivo, su relación de pareja?

En una sociedad que fomenta el matrimonio y la familia nuclear como modelo y ejemplo de una vida en sociedad. Se le inculca a la mujer desde su niñez que debe prepararse para ser madre, esposa abnegada, obediente y sumisa frente al hombre. Discurso se escucha en celebraciones matrimoniales de las iglesias católica, protestante y de otras denominaciones, así como a líderes de opinión pública, autoridades y dirigentes políticos.

Esta construcción de la afectividad se inicia en la niñez con una perspectiva sexista en la que hombre y mujer se forman desde patrones distintos en la expresión de su afectividad. A la mujer se le educa para “casarse” o “juntarse” con un hombre teniendo como objetivo de vida el matrimonio, la familia. A este objetivo se le introducen pautas como: “ser bella”, “ser atractiva”, “ser complaciente” “ama de casa” “fiel”.

Todos estos símbolos debilitan la autoestima y la esencia de ser mujer y desplazan la afectividad de la mujer hacia el hombre como centro de su vida. Al hombre, por el contrario se le educa para exigir y buscar mujeres que se sometan a su “poder” así como se le refuerza la “agresividad” y la “virilidad” en una perspectiva de ser “macho” y “fuerte”.

El sostenimiento de esta lógica de relación afectiva que mantiene a la mujer en desigualdad de condiciones frente al hombre tiene un contenido de alto riesgo para ella. Las tensiones son obvias, cualquier situación de desigualdad siempre genera tensión, conflicto, miedo y con ello violencia.

Sacerdotes, pastores, maestros, maestras, líderes de opinión, autoridades, líderes políticos no orientan a la mujer en sus discursos en una perspectiva de mirar su cotidianidad y la de otras mujeres que sufren maltrato continuamente desde esa estructura que ellos tanto promueven, la familia, el matrimonio así como de los riesgos de involucrarse en una relación afectiva que promueva una masculinidad agresora y una feminidad de sumisión y victimización.

En la construcción de esta lógica en la que la mujer se mantiene en riesgo permanente de ser maltratada, violentada y asesinada, tiene responsabilidad muchos actores e instituciones como son:

  • Constitución de la República. En la constitución se hace énfasis en el modelo familia nuclear que reproduce esta desigualdad excluyendo los otros tipos de familia.
  • Estado y sus distintos organismos que formulan políticas públicas e intervenciones basadas y sustentadas en estos modelos societales que refuerzan la masculinidad y la feminidad en condiciones de desigualdad.
  • Sistema educativo ( incluye escuelas, colegios, universidades que educan para ello)
  • Ideología religiosa presente en las distintas iglesias y denominaciones tanto católicas, protestantes y la diversidad de otras iglesias y creencias.
  • Familia. Patrones de socialización presentes en la familia que reproducen patrones desiguales de género.
  • Líderes de opinión pública. Comunicadores/as sociales que mantienen un discurso discriminatorio hacia la mujer con énfasis en los elementos planteados.
  • Legisladores/as. Que legitiman una constitución discriminatoria y unas leyes y políticas públicas desiguales y excluyentes.
  • Sistema de Justicia que no ofrece protección ni seguridad a las mujeres sino que por el contrario es permisivo y vulnerable frente a los hombres con “poder” y “dinero” con los que no se cumple el debido proceso.
  • Organizaciones sociales  Que muchas veces mantienen la lógica de desigualdad de género y la promueven con énfasis en el modelo matrimonio-familia.

Definitivamente la violencia de género tiene así un fuerte arraigo en una sociedad conservadora, patriarcal que reproduce las relaciones de género desiguales y que educa a la mujer para que sea víctima y al hombre para que sea agresor.

La mujer y el hombre deben ser educados y orientados hacia un cambio de los roles de género y de una relación afectiva basada en la igualdad, horizontalidad y una afectividad no-posesiva ni dependiente.

El cambio de estos patrones culturales debe producirse desde las distintas instituciones y espacios de la vida social  (familia, escuela, vecindad) y en: la reforma de la constitución que legitima de esta desigualdad, transformación en el sistema educativo, cambios en el sistema judicial, políticas públicas, organismos del estado, organizaciones de la sociedad civil, forjadores/as de opinión  y el reclamo a las Iglesias y grupos religiosos de todas las denominaciones.

Este artículo fue publicado originalmente en el periódico HOY