Transitar por el interior de las ciudades en la República Dominicana se ha convertido en una pesadilla que se agudiza con los años, tanto para aquellos que se movilizan a nivel motorizado como de forma peatonal. Esta situación se magnifica en los territorios urbanos con mayor densidad poblacional en los cuales se ha producido  un secuestro gradual y sostenido de las vías más importantes destruyendo las posibilidades de libre tránsito en detrimento de la ciudad y de su gente.

La ausencia de un modelo de planificación territorial basado en la persona humana ha contribuido con esta situación de caos que prevalece en los principales núcleos urbanos dominicanos; en la actualidad el modelo de planificación genera más contaminación, aumento del consumo de combustibles, incremento de los entaponamientos, mayor accidentalidad y mayor inseguridad para los peatones.

Hoy en día las arterias que funcionan como vasos comunicantes se encuentran oclusionadas, reduciendo considerablemente la facilidad de conexión entre los territorios que componen la ciudad; es evidente como cualquiera de las calles de Santo Domingo se encuentran secuestradas por vehículos estacionados a ambos lados de la vía, ocupadas por cualquier tipo de venduteros, basureros improvisados, paradas de concho, "bandereos" políticos, ocupaciones ilegales, negocios formales e informales o simplemente "Padres de Familia" buscándosela a costa del resto de la población.

El secuestro de las vías trasciende hasta las aceras; a pesar de las leyes que señalan las reglamentaciones para el ancho de vías y aceras, la ciudades dominicanas poseen una diversidad de paseos peatonales con anchos tan imperceptibles como los mínimos para visualizar únicamente el contén. Es impresionante como leyes formuladas en la década de los cuarenta, como la Ley 675 sobre Urbanización, Ornato Publico y Construcciones, hayan previsto en avenidas, un ancho de acera igual al ancho de la vía; es decir que ante un espacio libre de diez metros, a la acera le corresponde un ancho de 2.50 metros a cada lado de un paseo vehicular de 5.00 metros.

Son evidencias de que la modernidad en la que nos encontramos no ha respetado la necesidad de preservar espacios para el peatón, más bien ha traído consigo una dinámica planificadora que otorga la primacía al vehículo privado por encima tanto de otras modalidades colectivas como de la seguridad del propio peatón.

A pesar de la creencia errada sobre la condición mesiánica existente en la construcción de "viaductos" a nivel urbano, los cuales salvarían a los munícipes de los accidentes y entaponamientos que se producen en cualquier esquina, la realidad es que estas intervenciones han contribuido con el secuestro de las vías, eliminando el tránsito peatonal y contribuyendo en el incremento de vehículos a nivel urbano. Este aumento de unidades vehiculares ha desplazado a los de a pie de las calles, incidiendo en que las vías luzcan en algunas ocasiones copadas de un enorme parque vehicular o en otros momentos desiertas ante la imposibilidad de caminar con seguridad.

El fortalecimiento de un sistema de transporte público efectivo, la adecuación de la ciudad para la gente, la educación de la población y las restricciones a los vehículos privados contribuirá a que las vías puedan ser rescatadas de la incorrecta utilización que ha primado durante las ultimas décadas, contribuyendo a la solución del caos en el tránsito y convirtiendo la ciudad en un territorio más humano.