¿Qué tienen en común la veterana de la Fuerza Aérea, con 14 años de servicio, que perdió la vida en el asalto al capitolio el pasado 6 de enero, el oficial Brian, D. Sicknick, el nuevo senador Republicano por Alabama Thomas H. Tuberville y la diputada por Georgia Marjorie T. Greene?

La respuesta es simple, Ashli Babbits sentia que “the wamp” o pantano, -término con el que se describe a Washington DC- está drenado la vida de las personas que luchan para que los EE.UU continúe siendo la tierra de las oportunidades para millones de personas.

El oficial Sicknick, murió asesinado mientras él y sus compañeros se esforzaban tratando de impedir que la turba avanzara a la sala donde los congresistas sesionaban. El senador Turberville y la diputada Greene; ambos son la nueva cara defensora del movimiento radical de derecha que desde el congreso, atesoran este y otros actos de indisciplina e insubordinación en contra de todos los que se opongan a esta nueva modalidad en Estados Unidos.

Argumentando que los problemas a penas comienzan. Estas personas estuvieron el pasado 6 de enero en la actividad organizada por seguidores del exmandatario Donald Trump; unos ayudando a poner el orden y los demás como parte del desorden que impera en esta democracia. La insurrección, es el resultado de los males que Estado Unidos viene acumulando como resultado de la impotencia de los que viven, trabajaban y luchan cada día por esta nación.

Males sociales, que van desde la situación financiera de la veterana Babbitts; para que su empresa de servicios se mantuviera a flote; y su incomodidad con el sistema corrupto que impera en esta nación la condujo a creer que talvez sus problemas se solucionarían, siguiendo a ese movimiento antisistema que a surgido como consecuencia del descontento generalizado.

El hecho de que los insurgentes con formación militar, nivel educativo y quienes ahora representaran esta nación en el congreso, conspiren contra su propia patria, debe mover a una revisión interna a la clase política estadounidense y preguntarse qué ha llevado a esta moderna sociedad a ese tipo de extremismo interno. Ahora las diferencias políticas se debaten en las redes sociales, con amenazas de muerte a los oponentes partidarios.

La situación es anómala, ya que las instituciones han olvidado el necesario equilibrio de poder en los procesos democráticos modernos; creando normas, garantizando los derechos de cada individuo, conociendo los problemas que estos experimentan y ofreciendo soluciones a dichas necesidades. Pero cuando el Estado es incapaz de ofrecerlas; la insurrección es la respuesta. Ya que sienten que los políticos dejaron de trabajar para quienes ellos “representan”. Y ahora son abanderados de las especulaciones, lo anticientíficos; mientras millonarias corporaciones les aseguran sus carreras políticas dentro y fuera del congreso.

Vergüenza esta nación debe sentir al ponerse al descubierto que no solo fue el cuatrienio de Trump lo que profundizó la crisis actual, ya que ese gobernante fue un experimento del Partido Republicano para cambiar la dinámica del juego; un juego donde desafortunadamente lo apostaron todo.

Las personas se hartaron de los altos intereses bancarios, del exceso de armas, de la fuerte inversión en el extranjero, mientras los problemas aquí no son atendidos. De los suicidios, los desamparados, la violencia policial. En ningun aspecto somos abanderados de este tipo de desobediencia civil; pero esta sociedad debe moverse a serias transformaciones. Si la radicalización del sistema no mueve a esta nación a construir los cambios que esta democracia necesita, en el 2024 es posible que veamos la misma cara de la moneda con uno de los colaboradores más cercanos del expresidente convertirse en el nuevo inquilino de la casa blanca.