Opinión

Vengo de Viena, ¿Vienes a la Bienal?

Por Incómicus Philósuphus

—¡Tienes que salir de la burbuja, nos vamos para la Bienal!

—Sí, sí; deja terminar de tirarde nuevo esta línea que está medio chueca y le da un acabado extraño a mi dibujo…

La línea quedó chueca y el dibujo quedó extraño. A los diez minutos íbamos mi mujer y yo camino a la Bienal.

Escuchamos los discursos, algunos muy buenos, especialmente el de la francesa que capturó toda mi atención, no por el llamativo sonsonete, sino porquediscurría con un dominio del castellano impresionante. Sus ideas eran claras y luminosas, sin necesidad de floridas piruetas, que se iban desenrollando de tal forma hasta mostrarnos, al final, un gran pliego. Me sorprendieron también las palabras del director que improvisó en su intervención (miré hacia atrás y a mis costados para ver si habíateleprompter por ahí; pero no, no había).

De camino a la sala de exposiciones, mi mujer, que a estas alturas parece que ha dejado de ser una personalidad única y singular para convertirse en un movimiento social, no paraba de entretenerse dando y recibiendo saludos de todo el mundo que conocía (lo mismo le pasa en el supermercado: una compra que yo hago en diez minutos, ella la hace en hora y cuarto). Yo, como ando con antifaz, pasé desapercibido y la dejé en el umbral de la sala (no en vano siempre me presentan como el «esposo de»).

Entro a la sala…

Ya cuando terminaba el circuito y me dirigía a la salida —o a la entrada—, me encuentro con que mi mujer recién se dispone a contemplar las obras.

—¿Qué, ya terminaste de ver las obras? —me preguntó algo seria.

—Pues sí… —bajito contesté.

—¡Típico! Vamos, acompáñame, llévate de mí, que, conociéndote, seguro has dejado de ver un montón de cosas. Tienes que abrir más tu mente —a la vez que extendía sus brazos a lo Plisétskaya— y detenerte por más tiempo en cada una de las obras para así desarrollar el sentido de la observación de manera acuciosa y profunda. Si lo hicieras, dejarías de perder las llaves, el celular y la billetera, que siempre te la roban, según tú.

«¿Por qué todo termina en una aplicación doméstica?» —pregunté solo en mi mente, solo en mi mente; para luego,  a voz en cuello cuestionarla:

—¡¿Quién dice eso?!

—¡Tú mismo y a cada rato! ¿No te acuerdas la vez que creíste que habías dejado la billetera en el mostrador de la farmacia y luego regresaste allí a poner de mojiganga al dependiente a que revisara por más de media hora el video de seguridad para ver si encontraban a alguien llevándosela?

—Ok, ok… que me duele la espalda y tengo hambre —dije por reflejo, sabiendo que no tendría la más mínima posibilidad de sembrar la idea en su mente (no estaba a la altura de DiCaprio y su «Inception»), ya que a esa hora ella no tendría hambre como para aceptar mi sugerencia subliminal...

—A ver, ¿cuáles fueron las obras que más te han gustado?

—Dos —le dije sin pensarlo—: «La dona» y «El tríptico».

—No las veo en el catálogo. Empecemos a ver las obras; ya me avisarás cuando estemos frente a ellas…

Y así, le leí las fichas técnicas de cada una de las obras, ya que ella había olvidado los lentes que le regalé a nuestro regreso del Pompidou (ver anterior entrega: «La cinta de Moebius inversa» en http://www.acento.com.do/index.php/blog/7746/78/La-cinta-de-Moebius-inversa.html). El queratocono en uno de sus ojos le impedía leer las letricas cómodamente. Esa sensación de perro faldero/guía llevando a un ciego,me resultó novedosa.

Cuando ya estábamos en la mitad del recorrido, me pregunta:

—Oye, y ¿dónde están las obras que te han gustado?

—Pues aquí, justo aquí —le dije, mientras señalaba con mi índice enfrente de ella.

—Busca la ficha técnica, que no la veo.

—Yo tampoco —le contesté al tiro.

Me acerco a uno de los muchachos facilitadores en la exposición y le pregunto si eso era una instalación artística, o una obra en exposición o… asientos (también cabía esa posibilidad). Que si era una obra, me ofrecía a ponerle una ficha técnica escrita de mi puño y letra. El muchacho sonrió y me dio permiso para sentarme. Curioso fue ver que en ese momento, cuando mis nalgas se posaban, otras personas más, a continuación, hacían lo mismo...

—¡Ah, qué bueno! ¡Primer milagro! ¡Déjame sentarme, que la espalda me está jorobando!

En ese momento,en realidad,ya me dolía; parece que de tanto trabajar sentado ese día y encorvarme para leer las fichas técnicas, la molestia se había convertido en dolor.

—¡Párate! ¿Cómo se te ocurre? —me retó ella.

—Tranquila, que esto es un enorme asiento… ¿no ves que ya hay más gente sentándose?

—¡¿Qué?! ¡Pero me has estado «agarrando para el huevéo» todo este rato! —parece que cuando el enojo es de algún tipo en especial, le sale un chilenismo— ¡Es que no puedes nunca hablar en serio! A ver, dime, ¿Dónde está el dichoso tríptico?

—¡Allá! —e inmediatamente señalé algo medio a los lejos.

Ella miró hacia donde yo le apuntaba y al comprobar que en efecto veía la obra, se tranquilizó. Pero como se sabía sin lentes no demoró en dudar y caminó rauda en línea totalmente recta hacia el tríptico (menos mal que estaba despejado).

Inmediatamente se detuvo frente a la obra, le oigo decir:

—Pero la verdad que lo tuyo no tiene madre…

[Estimados lectores, a continuación les presento el tríptico:

Yo estoy convencido que la dona y el tríptico eterno —que por cierto ha participado en todas las Bienales desde que el Centro fue construido— eran, en ulterior análisis, mi destino y mi experiencia artística a vivenciar; y lo que se expuso allí fueron en realidad catalizadores para dicha experiencia. Yo vi dos obras que oficialmente no fueron expuestas. ¡Qué milagro el del arte que transforma y expande nuestra visión, tanto externa como interna! ¡Fue una verdadera experiencia expansiva y holística! ¡Nunca mejor aplicado el término! ¡Un «acto poético» o «de psicomagia» al más puro estilo del gran maestro Alejandro Jodorowsky!].

Se volteó hacia mí y observé sus pupilas constreñidas. Era una señal inequívoca para apurarme a decirle algo:

—¿Y dónde quedó lo de abrir la mente y desarrollar el sentido de la observación? —pregunté con un dejo de inocencia.

—¡Vamos a comer! —ordenó ella sin más.

«¡Segundo milagro! —pensé feliz— ¡Qué noche tan perfecta…!».

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