Artes y Oficios

“Veneno”, el gran show man dominicano dignificado por el buen cine

Por Angélica Noboa Pagán

“Es el poder de la memoria aquello que da lugar al poder de la imaginación”

Akira Kurosawa

En 1969, Rafael Antonio Sánchez, un joven luchador profesional de la diáspora, regresó de Nueva York a Santo Domingo en el momento psicosocial justo. Nos trajo en su piel un personaje auto-proclamado “el campeón de la bolita del mundo”. Su audiencia llegaría a abarcar todo el territorio nacional. Desde los que teníamos que golpear aquellos antiguos aparatos de televisión para sacarle la imagen, los que se acercaban un radio transistor a la oreja hasta quienes preferían acudir al lugar de los hechos, el parque "Eugenio María de Hostos". Lo que fuera necesario para sentirnos cerca del cuadrilátero. Una multitud integrada por niños, jóvenes y adultos de distintas clases sociales, todos atentos.

A la hora señalada, pasado el almuerzo, como también, las tardes de sábado, entrábamos en sintonía para seguir en reunido fervor “La Lucha Libre en Acción”, el más grande espectáculo del momento. Más grande que el “Show de Johnny Ventura” y su pegajosa música, el humorístico programa "Tres por Tres", las retransmisiones de los juegos de béisbol de la temporada invernal, las carreras de caballos en Perla Antillana o el programa para niños, “Rahintel Infantil”. Jack Veneno era el gran show man dominicano. Nadie competía en audiencia con la lucha libre, porque todos éramos de su equipo y conocíamos al detalle sus pasos coreográficos.

En nuestro encierro cultural, aceptamos sin reparos la proclama de Jack, como el mejor luchador del planeta. El fenómeno dice todo acerca de quiénes éramos entonces. Pocos dominicanos conocían el exterior. Para el resto, nuestro mundo o cosmos era la isla. En 1971, con la inocencia de los 7 años de edad, me encontraba entre los segundos. Fui ferviente fanática de Jack Veneno y hoy soy feliz espectadora de esta maravillosa película, dirigida por Tabaré Blanchard y producida por Riccardo Baderllino, que lo dignifica.

Para conocer a Jack Veneno, antes es preciso entender al pueblo que conquistó. Blanchard y resto del cast & crew de "Veneno", demuestran haber hecho muy seriamente su tarea creativa. ¿Qué momento histórico vivía el pueblo seducido por el luchador?

Luego de 30 años de opresión del tirano Rafael Trujillo, dominicano que sí consiguió fama mundial, aunque por razones bastante oscuras, siguió una década convulsa que alcanzó forma de revolución civil armada en el año 1965. Para el pueblo, este fue un triunfo de honor. No obstante, la revolución fue vencida en su intento de garantizar los reclamados derechos fundamentales de la Constitución. Las persecuciones políticas estaban a la orden del día, cuando llega este antihéroe llamado Jack Veneno (léase como lo pronuncia el pueblo: Yaveneno). Con la velocidad de un rayo, se convierte en un ídolo de masas.

A diferencia de otras revoluciones civiles armadas en la región, la nuestra no fue seguida por un proceso de cambio institucional. La revolución de abril de 1965, sembró honor y dignidad. Sin embargo, la lucha por la institucionalidad, todavía la enfrentamos, 50 años después. Ese accidente histórico, hace al pueblo dominicano, una sociedad carente de los beneficios que provee el paso de una revolución armada, a una educativa y cultural, como las alcanzadas en México y Cuba. La ignorancia nos atraviesa con la misma intensidad que el Sol. Diariamente, damos servidumbre de paso al astro-rey, como a los beneficiarios de nuestra escasa preparación colectiva.

Para administrarla y recuperar la alegría, el pueblo reinventó una solución. A cambio de aquellos admirados líderes revolucionarios asesinados en batalla o perseguidos y ocultos en el exilio, el pueblo simple, ingenuo, poco instruido, pero con notoria sed de lucha, encontró en Jack Veneno, la representación perfecta y poco complicada de un heroísmo de realidad/ficción. Al menos a este, no se lo iban a perseguir y matar. Todo el mundo, hasta los militares, amábamos a Jack Veneno y su show, donde le veíamos combatir a Relámpago Hernández, el Puño de Hierro, el Puma, Mazambula, Vampiro Cao, en una rivalidad organizada por “Dominicana de Espectáculos”.

El show era proceso regido en apariencia, por la destreza de los luchadores. La lucha libre, para el pueblo antes descrito, representaba una contienda libre y leal. En cambio, los procesos electorales de esos años, no nos servían de mucho a la promoción de la cultura de la democracia.

“Veneno, Primera Caída” la película, camina hasta ese frenesí cuando Jack Veneno se convierte en el hijo favorito del pueblo en el año 1971. El logro cinematográfico es sorprendente. Sus realizadores, el productor Riccardo Baderllino, director Tabaré Blanchard, así como el cuerpo de escritores, integrado por Miguel Yarull, Marien Zagarella junto a los dos antes mencionados, no natos cuando entre los años 50 y 60, Rafael Sánchez, futuro Jack Veneno construye un ideario de vida, es de una notable calidad técnica y artística. Ellos, personas de la generación X dominicana, demuestran una alta profesionalidad frente a ese trayecto de la vida del protagonista que no atestiguaron.

La filmación de “Veneno” no se trató de un ejercicio mercantil para colocar las nuevas tecnologías en torno a entretenidas escenas de acción, acompañadas de una narrativa lisa, para consumo del público mayoritariamente milenio. Todo lo contrario, los realizadores de Veneno trataron con notable respeto a toda su audiencia. Conectan a las nuevas generaciones con esos ayeres dominicanos que aunque no vividos le pertenecen porque forman parte íntima de nuestra idiosincrasia. Una película no es una clase de historia. Sin embargo, el arte cinematográfico, como el contenido en esta película, sirve de manera armónica al propósito cultural de reconstruir a través de la memoria y el imaginario una identidad.

"Veneno" es una obra de cine que alcanza emotivamente nuestro pasado histórico. La película expone con variados y finos recursos cinematográficos, un sensible relato del cómo y porqué del ascenso del “hijo de Tatica”. Simpatizará el espectador, con el modo en que esta producción dignifica no solo a Jack (Manny Pérez), a su antagonista Relámpago Hernández (Pepe Sierra), a su madre Tatica (Yamilé Scheker) y a su manager Cao (Richard Douglas), sino al pueblo que los admira. El trabajo de aproximación e investigación recoge por igual el drama, el humor y la pasión tropical de ser dominicano.

Pero lejos de ser una historia contada para una generación o audiencia nacional, “Veneno” trasciende ese vicio que tienen muchas historias dominicanas llevadas al cine, pensadas para venderse solo entre nosotros, sin mayor afán creativo. Su historia es comprensible, divertida, entretenida y no menos enternecedora para otros públicos.

Así por ejemplo, el guiño al Santo, el mítico personaje cinematográfico creado por el mexicano Rafael Guzmán Huerta, a través de las secuencias de la niñez de Rafa en Ocoa, está hermosamente lograda. Es un homenaje culto al cine mexicano de los años 50, pero además una digna representación de la sociedad dominicana del momento, donde el espectador conoce a Tatica, madre de Jack Veneno.

La magnífica actriz Yamilé Scheker da vida a ese personaje clave en la vida de Jack Veneno. Tatica es la representación del hogar dominicano promedio, de estructura uniparental, regido por mujeres bravas que conforman la columna vertebral del desarrollo del país. Tatica es la verdadera heroína. O cómo explicaría Blake Snyder, en su libro sobre escritura para cine, el gato a salvar por el protagonista. Manny Pérez, un actor dominicano de categoría internacional, redondea su personaje de acción tan bien trabajado, en estas escenas frente a la madre, donde vemos un Jack en su esencia más vulnerable. Buen trabajo de equipo entre ambos.

La narración en retrospectiva, través de un periodista Luca Dina (Riccardo Bardellino), accidentalmente en la casa de un viejo que no vemos pero sospechamos es Jack Veneno, es mezcla del formato visto en “Amadeus” (1986) y muchas otras películas conformadas por flashbacksy flashforwards, que en esta logra un contraste atractivo y balanceado entre la RD de hoy y de ese ayer. El misterio sobre la identidad del entrevistado, solo develado al final, es atrayente. Pone al espectador a dudar quien en verdad narra, si Jack, Relámpago o Cao. Fue manejado con talento, pues consigue compactar la relación que los une. La moneda girando sobre los dedos, del misterioso personaje, es el elemento narrativo o “rosebud” que nos recuerda que al final de la jornada, “Dominicana de Espectáculos” fue, en esencia, una digna empresa innovadora y exitosa levantada por empresarios de origen humilde. Fue, un Dominican dream.

Sorprende gratamente, como Tabaré Blanchard, director en su ópera prima de ficción, ofrece todo, diseño de producción, vestuario, efectos de sonido, cinematografía y dirección de actores al servicio de la historia. La orquestación de su trabajo de dirección se expone en cada detalle. En la edición, salvo un par de situaciones que se extendieron un poco, corta con la precisión de un maestro de alta costura.

Las escenas de acción son una coreografía compleja donde todo está en constante movimiento, cámaras, actores, y otros objetos animados giran a diversas direcciones y todo el tiempo. Los traveling y planos de secuencias de Blanchard, me parece a mí, le gustarían al mexicano Emmanuel Lubeski, porque no son meros divertimentos de un director que domina la técnica, sino trabajos al servicio de la integridad de la obra. Ni un solo error de continuidad. Es su lente, por el contrario, fluido y rítmico. Desde las primeras notas de la apertura, con emblemático tema “El Juidero” de Rita Indiana, el espectador queda sometido a la velocidad de Blanchard; no le queda de otra que aferrarse bien a su butaca. Como lo canta “Montra”, hay que tener "la canilla preparada para juir", esto es, mantenerse en sincronía con el director, cuya capacidad de conjuntar movimiento, sonido y drama de acción, recuerda las producciones del director chino John Woo. Blanchard es cuanto menos, parafraseando a Cannes, digno de a certain regardpor sus colegas en el cine latinoamericano.

Vivir fuera de la isla, me ha impedido estar al día con las películas dominicanas más recientes. Tengo unos importantes pendientes como "Carpinteros", "Cocote", "El Hombre que cuida" y "Dólares de Arena". Aclarado lo anterior, el guion de "Veneno" es de los mejores que he visto en el cine nacional, solo quizás superado por "La Gunguña".

El cine caribeño ha alcanzado su propio lenguaje. La idiosincrasia acrisolada por la herencia europea, africana y aborigen nos confiere una identidad muy particular. La vida bajo el sol nos moldea el carácter, mientras la singularidad histórica nos traza avenidas de razonamiento, que otros latinoamericanos no han cruzado. Me sorprende gratamente como el cuerpo de narradores de "Veneno" aprovecha sensiblemente esos recursos.

Pocas veces el cine de humor caribeño contemporáneo alcanza tal exquisitez humorística: "Juan de los Muertos" (2011) de Cuba y "Broche de Oro" (2012) de Puerto Rico y ahora "Veneno", habrían hecho reír, por ingeniosas y auténticas, hasta al propio y real Eugenio María de Hostos, en especial, en este último caso, al ver su distinguido nombre vinculado a la lucha libre. Son películas que interpretan de manera, sensible, honesta y graciosa, la cultura de las Antillas Mayores. En el caso de "Veneno" los guionistas ofrecen líneas inteligentes. Muestran al dominicano tal cual piensa, habla y actúa, revelando nuestros desafíos de educación, pero a la vez, la inteligencia desarrollada por el hombre y la mujer comunes. Los autores no abusan comercialmente de ese recurso. Muy por el contrario, encuentran estos escritores dentro de nuestras muchas veces toscas maneras, la dignidad de espíritu y la posibilidad de contar una historia muy articulada y para nada tonta. Esa es una tarea difícil y muy profesional. Chapeau!

Las películas son obras colectivas. Sin embargo, existe un elemento que puede tener vida propia: Su banda sonora. La de "Veneno" está tan pegada a la epidermis de la historia que aunque podamos escucharla por separado, volveremos mentalmente a ella. Allan Leschorn la dejó tan organizada en la trama, que cada latido de nuestro corazón, durante los 96 minutos de cine, quedó apuntado con notas musicales sorprendentes, interpretadas por los percusionistas Guarionex Aquino, Fellé Vega, Guillermo Pérez y Joel Ramírez. La percusión como base para una buena banda sonora, esta en boga. "Birdman" (2014) y "Whiplash" (2014), no serían tan buenas películas sin aquellos golpes de batería. "Veneno" trae toda la fuerza de la percusión afro-antillana. Y así como la batería del ex integrante de The Police, Steward Copeland en "Rumble Fish" (1983) completa la ambientación surreal que quería lograr Coppola, estos percusionistas son los mejores aliados de Blanchard en completar el entorno caribeño de la historia.

Jack Veneno fue más grande que su espectáculo. Su acción se insertó como un virus benigno en el cerebro de los dominicanos. Usamos como expresiones idiomáticas, los nombres de sus técnicas: “La polémica”, “la doble Nelson”, “la pata’ voladora”. Estas adquirieron significados ampliados en nuestro tren de pensamiento. En el argot nacional y en sentido figurado, hoy día significan mucho más. Proceso digno de un estudio filológico. Los actores antes mencionados y todo el ensamble, te llevan a la prehistoria y génesis de ese evento, sin desperdicios. Esta nota no puede concluir sin mencionar la increíble resurrección del narrador Silvio Paulino, lograda por el actor Ovandi Camilo y la magnifica interpretación de Pepe Sierra, como Relámpago Hernández.

Mis últimas líneas de elogio, son para Richard Douglas, en la película Vampiro Cao. Douglas en "Veneno" es un rosario de las lecciones de Stanislavski sobre actuación: encarna, caracteriza, expresa corporalmente, aprovecha la plástica, crea una dicción y canto, tiene habla escénica, le da perspectiva al papel, y todo lo hace en tiempo-ritmo. De Republica Dominicana, el primerísimo actor.

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