En Chinatown, donde muy bien puede empezar o terminar el Universo, en una imposible conjunción de varias calles, ELDRIDGE DIVISION EAST BROADWAY FORSYTH THIS WAY MANHATTAN BRIDGE, las palomas en las cornisas de un sucio edificio rojomarrón observan la actividad frenética alrededor de los vegetales de estos hombres y mujeres que no vinieron a Estados Unidos en busca del sueño americano sino juyendo de la pesadilla tercermundista. Algo curioso, cada 99 minutos estos exiliados miran al cielo, aplauden tres veces y, con sus brazos abiertos a la nostalgia del éter, cada uno en su idioma una plegaria al Occidente entona:

Del Oriente vine

Del Oriente llegamos

Tierra de tsunamis

Terremotos y huracanes

Antes de dormir

A tu Dios oramos

No seas duro con nosotros

Algo debes darnos

Sé mi se ri cor dio so

Un chance danos…

Al lado de guaguas hacia Washington, Filadelfia y Saturno se encuentra este paraíso del agricultor, del intermediario entre campo y ciudad, es un puesto en la acera (varias mesas con productos de la tierra) rodeado por cien restaurantes chinos. Dueños hindúes, empleados mexicanos, clientes chinos. El ojo devoto de la Sociología puede determinar muy fácilmente cuál raza milenaria está de última en la cadena alimenticia de Nueva York. Sí, los mexicanos están en la terrible etapa del inmigrante sin greencard de "Yo hago lo que sea págueme lo que usted quiera". Uno se da cuenta también, por la cantidad de humanos eligiendo con el tacto (no hay china, digo, naranja que no haya sido manoseada mil veces antes del mediodía) que las berenjenas enanas, el apio y las espinacas son muy populares, que esta noche en muchas mesas el carnívoro perderá el apetito. En el regateo, digo, en la comunicación entre dueño y empleado y cliente intervienen mucho las manos, los ojos y los lamentos.

"多少个袋子", pregunta la china señalando una funda de algo que muy bien puede ser el hijo ilegítimo de un pepino con una auyama.

"Asadharana shaadi", contesta el hindú haciendo con sus brazos el símbolo infinito en el aire.

"Uan dala", dice la china meneando el dedo índice.

"TWo doUlars", dice el hindú meneando el mayor y el índice.

"Uan dala", dice la china meneando el dedo índice.

"TWo doUlars", dice el hindú meneando el mayor y el índice.

"Uan dala", dice la china meneando el dedo índice.

"TWo doUlars", dice el hindú meneando el mayor y el índice.

"TOMA EL DÓLAR DIOS MÍO", me desespero pasándole al hindú el dólar de la discordia ante la indiferencia de la china que agarra su funda y se va sin reverencias.

"Namaste bhaaee, aRe yoU from India?", me pregunta el hindú con una sonrisa como el puente de Brooklyn.

"No", le digo pensando que RD o India es lo mismo, en ambos lados muchos infelices mueren por catástrofes naturales, por la ineptitud y corrupción de los políticos, o por enfermedades erradicadas en Europa; aunque los dominicanos estamos un chin mejor: comemos carne de vaca, bebemos jumbos y bailamos bachata.

"Acchhaa Vishnu, yoU loUk like my coUsin, yoU have a bindi", me dice tocando con su dedo, seco y fibroso como una raíz, el lunar entre mis cejas; me regala una ciruela, un guineo y una manzana verde. Le digo adiós a mi primo hindú con la intención de hablar con uno de mis primos mexicanos, poloché "I HEART NY", en este momento doblando cajas después de limpiar las lechugas.

¿De dónde eres?

¿Mande?

¿Que de dónde eres?

Ah, veracruzano güey.

¿Y dede cuándo tú ta bregando con eto?

¿Mande?

¿Que cuánto hace que tú trabaja aquí?

Ah, pues hará cosa de 6 meses.

¿Y cuánto hace que vinite de Veracrú?

¿Mande?

¿QUE CUÁNTO HACE QUE LLEGATE A NUEVA YORK? 

Ah, pues hará cosa de 6 meses sí; perdone usted que lo haga repetir, no es que sea sordo no, pero verá usted, es que entre mis jefes hindús y los clientes chinos, pues, aunque no estoy aprendiendo sus idiomas, se me está olvidando el español. En las noches pienso que si sigo trabajando aquí y la Migra no me deporta, pues, eso, que terminaré mudo: ya sólo entiendo cuando me hablan por señas. Usted fíjese que eso he pensado, sí… sí, pensado he eso que fíjese usted.

Arriba las palomas miran pabajo, decidiendo sobre cuál inmigrante van a cagar.