Una joven en San Pedro de Macorís hacía un tiempo que había terminado una relación con un hombre que pertenecía a la Armada dominicana; luego en un proceso normal, inicio otra relación. El anterior se molestó y decidió matarla, matarlo y matarse. La prensa lo reseñó con un titular que la presenta como una mujer que le estaba siendo infiel a su “marido”. Situación que hasta hace unos años era una eximente de responsabilidad penal en nuestro código. Reitero, el ex marido la asesinó; y el periódico en lugar de colocar la foto de él, asesino y suicida coloca la de ella, víctima asesinada. Y en un intento de disminuirla, la presentan como “infiel”. Poco importa que esa relación hubiera terminado hacía tiempo.
A propósito del caso, en una conversación en el chat de la Tertulia Feminista, una de las compañeras expresó, que parecería que las mujeres tendremos que comenzar a armarnos para defendernos a balazos y no permitir que nos sigan matando. Yo respondí que comprendía su desesperación, pero que sabíamos que estos métodos no resolvían el problema, muy por el contrario, lo agudizan. El devenir de la humanidad, ya debería habernos hecho comprender que es un mito eso de que “la guerra es la paz del futuro”. En medio de esta conversación surgió una voz de esperanza: “Hay que revisar cómo es que se crían estos hombres, esa mentalidad violenta y criminal no se cocina de la noche a la mañana…” ¿Que estamos haciendo en el proceso educativo familiar para que nuestros hijos se conviertan en hombres tan violentos? ¿Qué está pasando en el sistema escolar? ¿Qué deberíamos hacer para construir personas respetuosas y solidarias? Hay que enseñar a educar de forma diferente.
Le respondí que escribiría sobre esto, no quiero decir que yo tengo la fórmula mágica que va a resolver los problemas de violencia machista. Si fuese tan simple, estoy segura de que ya estaría resuelto. Pero quiero llamar la atención sobre un problema que se agudiza. Y aportar propuestas para la educación que merecemos. Si queremos vivir en paz, tenemos que educar para la paz. Busquemos en nuestras conciencias y de forma sincera hagamos confesión sobre lo que estamos haciendo individual y colectivamente en la construcción de esa mejor sociedad en la que todos los días decimos que queremos vivir. Y luego, comprometámonos, no asumamos posicionamientos dependiendo del rol que estemos jugando en un momento determinado. Hagamos un compromiso ético con la estabilidad, la solidaridad, el respeto, la tolerancia, la diversidad y los derechos.
Abordar la Educación es difícil, porque involucra todos los aspectos de la vida. Hay una expresión que dice que es complicado educar en el siglo XXI, porque se realiza con libros escritos en el Siglo IXX, por personas educadas en el siglo XX. Yo pienso que lo es, solo si no tenemos claridad de lo que queremos. ¿Cuál es el mundo que queremos? ¿Cuál es el país que queremos? ¿Cuál es la comunidad que queremos? ¿Cuál es la familia que queremos? ¿Cuál es la persona que queremos? Si sabemos eso, es fácil saber cómo vamos a educar. Si la respuesta es, queremos un mundo de paz y de amor, pero lo que hacemos es construir una retórica sin ningún fundamento en la práctica; y tenemos una práctica violenta, cruel, agresiva y coactiva, deberíamos comprender que estamos trillando el camino del horror.
Una política educativa, debería partir del fundamento de la Carta de las Naciones Unidas, pues ahí está definido un marco común para todos los países. Lo que nos permitiría una visión articulada y reafirmada en la dignidad y el valor de la persona. Y, también es importante que asumamos nuestras Constituciones nacionales, que no son “pedazo de papel”, sino que expresan los valores y principios que nos constituyen como nación libertad, igualdad, justicia, solidaridad, convivencia fraterna, bienestar social y paz, factores esenciales para la cohesión social.
Ahora bien, estos conceptos hay que dotarlos de sentido. Un aspecto insoslayable es que no es posible lograr hacer realidad la plasmación de estas declaraciones sin una reconceptualización paradigmática. Pues a pesar de concebirlos y aprobarlos, los Estados y las personas, han seguido discriminando, excluyendo, subordinando, abusando; es necesario que nos reeduquemos. Tenemos que hacer el tránsito, entre la afirmación cotidiana de que debemos cambiar y el cambio.
La teoría feminista se ha encargado de explicar el machismo de múltiples formas, Rita Segato, antropóloga y feminista argentina, realizó estudios con violadores de mujeres, en sus conclusiones informa, que los atributos de virilidad que le han creado a los hombres y ese hacerles creer que si no pueden demostrarlos no son dignos de respeto. Y la reiteración de que la “potencia masculina” está vinculada a fuerza física, bélica, económica, intelectual y política, les conmina a buscar formas para para asumir “su potencia” y la forma que les parece más natural y en correspondencia con esos atributos es ser violentos. Una de esas expresiones de violencia es la violencia contra las mujeres[1].
Miguel Lorente, Médico Forense Español, comprometido con la erradicación de la violencia contra la mujer, en su visita al país el año pasado, nos puso a pensar en que es tan fuerte la ideología de la masculinidad violenta, que se puede establecer un paralelo con el terrorismo fundamentalista, donde se está dispuesto a morir por la causa. Los hombres, mueren por “su causa”, el machismo. (“La mato, porque es mía, aunque tenga que matarme luego; “Prefiero, morir que verla libre y viviendo su vida con otra persona, ella es mía, ella se cree persona, pero es cosa, y es mía”).
¿Se dan cuenta de la magnitud del trabajo que tenemos por delante? Tendríamos que trabajar en programas de educación no formal e incluir programas en la educación formal. Y hacerlo con mucha seriedad y compromiso. Hoy algunas ideas, para la educación formal:
Continuaría los esfuerzos que ya se están implementando de formación para docentes, en coordinación con el Ministerio de Educación, como la maestría del Centro de Estudios de Género de Intec, la Especialidad en la UASD, y algunos Diplomados.
Establecería como obligatorio que los pensum de los programas de formación de maestras y maestros y los Programas de Habilitación Docente, tengan asignaturas de Derechos Humanos, Derechos de las Mujeres, Perspectiva de Género, Poblaciones en condición de vulnerabilidad. Y que estas asignaturas, sean impartidas por personas especializadas con reconocida trayectoria de estudio e investigaciones sobre estos temas.
Establecería un Programa de trabajo con el Cuerpo Docente del país, no solo para su formación en temas académicos, sino para trabajar iniciativas sanadoras. En la idea de que a quien cuida hay que cuidarle. Y, porque se convierte en una excelente vía de prevención del abuso escolar, el acoso sexual y tantas situaciones que pasan en las aulas. Procesos serios y bien articulados, estrategias probadas hacia el logro de esas nuevas mujeres y esos nuevos hombres, que se comprometen con su aula y con sus estudiantes en el desmonte de la violencia. Ahí está Josefina Báez, y su autología del performance, Altagracia Valdez y sus bioterapias, o todo el trabajo de Cesar Castellanos, para mencionar tres experiencias que, desde ópticas diferentes, sustentan un trabajo de calidad y profesionalidad. Son propuestas así a las que me refiero, no cuentos de camino, que andan muchos.
Esta visión de la educación se encaminaría a lo que en el feminismo se traduce, en enseñar a nuestras niñas y a nuestros niños que las personas nos construimos valiosas y legítimas. Que las mujeres somos libres e iguales; que el valor de la persona no lo otorga el dinero, ni su color, ni su clase social. Que tenemos obligación de respetar nuestro entorno, porque si lo destruimos no tendremos donde vivir. Y como son las adultas/os, quienes están a cargo, hay que trabajar con esa población en el desmonte de los mitos.
Chimamanda Ngozi Adichie, escritora, novelista y dramaturga feminista nigeriana, ha resumido mucho de lo escrito y hablado sobre cómo educar en igualdad, en una adaptación libre y más comprimida todavía, se los presento de la siguiente manera: Vamos a asumir que todas las personas somos plenas, entonces no discriminemos. Vamos a responsabilizar a todas las personas del cuidado del hogar, porque nos pertenece, no es solo de las mujeres; o hay tareas femeninas y tareas masculinas, hay tareas y hay personas. Los roles de género son una construcción social, o biológico es parir. El respeto es básico, para la convivencia. Las mujeres no tienen la obligación de ser sumisas, para garantizar ser tratadas bien, no es benevolencia, es derechos. El lenguaje es Poder, cuestionémoslo, si nos discrimina o si es depositario de prejuicios, creencias erradas o presunciones equivocadas que denigran a una parte de la población. El matrimonio no es un logro, está muy bien casarse, y formar familia, siempre y cuando te traten con respeto y no haya ningún tipo de violencia. Está bien que las personas tengan sentido de identidad, pero ninguna cultura está por encima de mi dignidad personal. Enséñales a cuestionar el uso que nuestra cultura hace de la biología para justificar normas sociales, injustas, discriminatorias y que sustentan subordinación. Educación sexual, el sexo sin educación puede tener consecuencias funestas en la vida de las personas, físicas y emocionales; la educación sexual temprana, previene abusos, salva vidas, y previene embarazos no deseados. Cuando se denuncia la subordinación y la discriminación de las mujeres, no se está diciendo que todas las mujeres son dechado de virtudes, sino que hay una condición social, histórica, jerárquica y estructural que las discrimina por su condición de mujeres. Hay que normalizar la diferencia y valorarla.
El sábado seguimos, trabajando propuestas de otras vías para educar, pues no solo es desde el aula, la familia, los espacios laborales, también son importantes. Confío en que podemos lograrlo. Por algo dijo el poeta que la paz siempre es hermosa.
[1] Ella también llama la atención, sobre la violencia que ejercen los hombres, sobre otros hombres, y como se agreden y matan también entre ellos mismos. En este caso, no lo agrede por su condición de género, pero lo agrede en función que es su forma aprehendida para dirimir conflictos. (Habrá que estudiar el fenómeno en el país). Lo que quiere significar es que el mandato de masculinidad, es un mandato de violencia.