A 35 años de su fundación, la Universidad Iberoamérica (UNIBE) ha expandido exponencialmente su oferta académica. El posicionamiento institucional ocupado por la casa de estudios a estas fechas, viene a dignificar la visión del Dr. Jorge Abraham Hazoury Bhalés, caballero barahonero que dejó su huella humanista, en este y otros emprendimientos sociales que desarrolló junto a su familia en nuestro país.

Siendo mi padre también oriundo del Sur Profundo, y particular, gran admirador de la labor del Dr. Hazoury en la prevención y tratamiento de la diabetes a través del Instituto Nacional de la Diabetes (INDEN), me fue relativamente fácil convencerlo de que me dejara ser parte de ese proyecto naciente. Dio su consentimiento para que me matriculara en esa nueva universidad, para entonces, con no más de  4 o 5 aulas abiertas, y liderada por el agudo compromiso de cada uno de los decanos, en la faena casi artesanal pero no menos hermosa de crear un nuevo tejido profesional. El 12 de octubre de 1987, recibí uno de los primeros 14 títulos universitarios otorgados por UNIBE.

30 años después, cuanto ha cambiado! Estudiar Derecho es tan distinto a esos ayeres, en los que el maestro lo era todo,la fuente misma conocimiento. Es justo recordar cómo y por quien fue posible organizar un plantel y en específico, la Escuela de Ciencias Jurídicas y Políticas, de la que todavía me siento parte integral. Fue una faena de laboriosos profesores, que todavía imprimen un sentido responsabilidad a todos los que portamos el grado que nos fue otorgado.

El Dr. Jorge Subero Isa, para entonces, ya muy apreciado abogado y maestro, fue el afanoso decano de nuestro baptismo jurídico. Sumergir a un alumnado que recorría el trayecto de su vida universitaria en la llamada "Década Perdida de Latinoamérica", a las aguas del estudio, no era ceremonia sencilla para el decano. La desmotivación, la indiferencia, y el escapismo, eran males merodeando al acecho de una juventud ajena a las ya muy disminuidas utopías. El carisma del profesor fue tal, que en pocos años, más y más estudiantes se integraron a nuestra escuela. En poco tiempo, la escuela no tuvo nada que envidiar a otras. Nosotros, su primer grupo, muchachos todavía muy verdes en nuestro pensamiento de diseño, con más horas de música MTV y baile en Neón que de lectura de Dalloz, tuvimos en ese líder académico, un segundo padre.

La corta lista de alumnos, permitió a Subero dedicarnos tiempo a cada uno, para poco a poco, día a día, sacarnos a los más renuentes, de la aletargada adolescencia y convencernos de que el retraso institucional que vivía la justicia dominicana, solo cambiaria si lo nuevos investidos de alguna pequeña manera, asumíamos algún compromiso de transformación. Llegábamos sin avisar hasta su casa, a plantear inquietudes y disfrutar de las amabilidades de Doña Francia. Fue una relación muy estrecha. Y si dejamos de ser niños para hacernos hombres y mujeres, abogados todos, se lo debemos en importante medida a Jorge Subero Isa.

En ese ensayo casi de laboratorio, el decano acompañó de una legión de pretores formidables. Un cuerpo docente idóneo para imprimir seriedad profesional, en nuestras mentes curiosas, pero todavía poco informadas sobre la vastedad del mundo jurídico y los efectos que estos podrían generar en el índice de desarrollo humano. Fueron muchos buenos maestros, entre ellos, recuerdo con especial gratitud a los que ya no están, pero dejaron profunda huella en mí y en mis compañeros, los doctores Luis Víctor García de Peña y Miguel Angel Báez Brito; estampas clásicas de una virtud magnífica para el estudio de las ciencias jurídicas. Para estos dos maestros, el derecho era la vida misma, la pasión por comprender y enseñar su teoría, reglas y procedimientos, eran los recovecos mismos de sus propias faenas laborales. Oradores espectaculares, personas que en sus horas de ocio, leían sin cesar por el solo placer de deleitarse con la evolución de la humanidad a través del debate jurisprudencial. Abogados por la dignidad de esa ocupación cotidiana, no por la fama o la notoriedad.

A otros he tenido la fortuna de reencontrarlos en el ejercicio profesional, siempre dispuestos a regalar enseñanza en cada encuentro, siempre amables, siempre maestros, siempre amigos, tales como Juan Francisco Puello, Luis Schecker Ortiz, Mary Fernández, César Pina Toribio, Ana Rosa Bergés. Y por último, saber que en nuestra UNIBE volveremos a encontrar al siempre empático y magnífico profesor José Pérez Gómez, actual decano, quien continúa frente a la escuela, con el mismo entusiasmo y raudal que nos ofreció a sus primeros alumnos.

La novedad institucional de UNIBE, nunca fue excusa para la improvisación administrativa. Esa es una de las razones por la que hoy se erige en fuertes cimientos. En el caso de nuestra escuela, fue la Lcda. Rosy Escoto la que con su inagotable capacidad de trabajo, fue desplegando velozmente como una alfombra roja que se abría frente a nuestros pies andantes, el primer pensum que tuvimos a bien completar, sin un solo fallo.

Finalmente, el otro gran legado que recibí fueron mis compañeros de estudio, personas con quienes comparto hermandad sincera. Entre ellos, nombro y honro la memoria de nuestro bien recordado Gerardo Estévez Hernández, alumno brillante ido a destiempo. Su partida temprana, asumida con paz y valor, fue una revelación de lo más importante que me une a mis antiguos compañeros de estudios. Más que sus logros profesionales o los simpáticos recuerdos de juventud, me conmueve la gran calidad humana de estos buenos compañeros, quienes rodearon el último lecho de nuestro Jerry con su firme cariño.

Decía Hostos que el encuentro entre pequeñas y grandes sociedades es clave para el desarrollo de los pueblos. Me alegro de ser parte de la gran sociedad de UNIBE, y de la pequeña formada junto a Mayra, Lill, Marisol, Miguelina, los tres Jaime, Luis Julio, Lomba, Sara, Elías, Fafa, Aurelio, Olguita, Finín, la Doñita, Marquito, Teresina, Hugo, Burín, Michó, Chiqui  y Jerry, los muchachos que fundamos de UNIBE.