¿Por qué nos atraen con tanta pasión determinados escritores? ¿Dónde reside esa magia que logra atraparnos? Pienso en Albert Camus, Octavio Paz, Isaiah Berlin y Juan Bosch entre otros y no encuentro otra razón salvo que existe en ellos un viento intenso y a contracorriente que azota lo establecido. Hay una intensa fuerza libre y a la vez liberadora que se esconde entre sus letras y que nos engancha. Todos hemos experimentado en la juventud un deseo irrefrenable de sacar el cuerpo fuera del vehículo en el que viajamos, de pedirle al conductor que acelere por unos minutos y que lo haga lo más rápido posible. La sensación que produce el viento impetuoso al impactar en nuestro rostro es excitante, por un instante imaginamos enfrentar a la muerte y vencerla. Igual sucede con los pensamientos que desafían lo establecido, nos obligan a airear lo mejor de nosotros mismos, nos impulsan a renovar nuestro interior por lo novedoso y provocador de sus ideas. No siempre, sin embargo, encontramos escritores que van contrarios al viento, pero cuando esto sucede retornamos a esa juventud atrevida y arriesgada. Sacamos nuestro cuerpo por la ventana, para sentir el viento azotar nuestro pensamiento.

El adocenamiento de un autor sería todo lo contrario a ese soplo vibrante. Un juntar palabras por el mero placer de divagar y mostrar ante el lector un saber insulso y pedante, o dicho de otro modo, es el triunfo de un pensamiento débil, vertido al papel sin la menor profundidad y por ello fácilmente digerible. Escritos encantadores, armónicos y transparentes que no requieren el más mínimo esfuerzo que amerite su comprensión. Éste tipo de camaleónicos escritores adquieren el color que la realidad del mercado demanda para su consumo. Su preocupación inmediata y casi exclusiva es adquirir presencia en los círculos adecuados. Poco importa ser mudo en el ágora si se toma parte del espectáculo y ellos lo llevan siempre incorporado en sí mismos. En algunos casos se permiten hacer gestos de fanfarronería en el pódium criticando al poder, pero al mismo tiempo reproducen de manera exacta aquello que critican. En el fondo todo se reduce a una especie de mimetismo vulgar y de mal gusto, una puesta en escena que pretende confundir -a través de la desmesura del gesto- lo que debería estar contenido como crítica real dentro de sus textos. Ningún escritor, al menos no aquel que se precie de tal, debería aceptar la falsa instrumentalización de la literatura a la hora de cuestionar la realidad. No corresponde a ésta interpretar un rol ajeno a su naturaleza. Por suerte y frente a los arribistas a sueldo del mejor postor, hay quienes se atreven a provocar una ruptura en lo ya establecido.

Existe por otro lado un tercer grupo, el de aquellos que en sus discursos y de igual modo en sus artículos, sencillamente no dicen nada. Pura arquitectura verbal, pompa y artificio, narcisismo académico ejercido a través de los medios escritos, fisiculturistas del pensamiento siempre con la cita ajena más aguda, que no rasga ni conduce a ningún cuestionamiento propio y personal. Son legión en todo el mundo al servicio de una escritura solipcista, hecha por y al servicio del placer por la palabra más allá del contenido y cuyo objetivo es adquirir prestigio a través de una pretendida solidez intelectual, mientras al mismo tiempo se muestran incapaces de tocar las llagas del poder, a pesar de querer emular con sus escritos a quienes dicen admirar. Me preguntó la razón por la que citan a menudo a escritores iconoclastas si en el fondo solo vuelan alrededor de la carne putrefacta como las moscas.