¿Qué obnubiló a Leonel Fernández que ni miró hacia la urgencia de erradicar el analfabetismo que nos avergüenza?

¿Maquiavelismo? ¿Hipocresía? ¿Cinismo? ¿Insensibilidad? ¿Indolencia? ¿Ignorancia? ¿Falta de dinero? ¿Falta de voluntad política?

De origen muy pobre, discípulo del laureado maestro Juan Bosch, quien lo consideró “una mina de oro”; profesor de la Universidad Autónoma de Santo Domingo; defensor de los derechos humanos; tres veces Presidente (1996-2000/2004-2008/2008-2012) y teórico del desarrollo de la educación como soporte básico de la sociedad de la información y el conocimiento, corrió sin embargo de espaldas a los 700 mil o un millón de analfabetos y analfabetas mayores de edad que ha acumulado la desidia del liderazgo nacional en este pedacito de isla caribeña de 9 millones de habitantes, sin contar a los millares de extranjeros.

Se acaba de ir de Palacio (para muchos solo es una pausa de cuatro años) y aun no entiendo su actitud.

Perdonen mi testarudez, pero me resisto a entenderlo y, por formación casera, aunque no sea norma hoy, soy incapaz de molestarle con calificativos desagradables en tanto fue uno de mis ex profesores más admirados (Junto a Núñez Grassals, QuiterioCedeño, los sacerdotes Villaverde y Sáez). Sufragué por él todas las veces, sin gestionar decretos; mas, mi respaldo no fue incondicional. Lo hice como ciudadano, imaginándome que vería soluciones a males graves como el citado y a otros tan sencillos como la construcción del puentecito de Vuelta del Caimán, entre Barahona y Pedernales, que este 22 de septiembre cumple 14 años de espera tras ser destruido por el huracán Georges, en 1998.

Este sábado 8 de septiembre, Día Mundial de la Alfabetización (Unesco, 1965), he pensado en él.  Y hasta rabia siento. No quisiera contemplarlo entre los gobernantes descarados, responsables de que uno por cada cinco adultos (dos terceras parte, mujeres) solo sepa que vive en este mundo de 7 mil millones de habitantes. Y que cerca de 4 mil millones del total de la población mundial, no sepa ni escribir su nombre. Ni siquiera me he atrevido a asociarlo a la especie de aquellos que huyen a las obras poco productivas en términos de votos, como drenajes pluviales y educación; los primeros porque la población no los ve, y la segunda porque podría crear una conciencia crítica que se revierta contra los desmanes de políticos chapuceros.

Tengo claro que con una caterva de analfabetos encima, el desarrollo es imposible; ellos son indicadores de atraso y pobreza. Los discursos sobre el tema, por tanto, sobran en tanto solo airean la fetidez de la demagogia.

Por suerte, el Presidente Danilo Medina reivindica al profesor con su plan de erradicación de la vergüenza nacional llamada analfabetismo. Solo falta que arranque y que reciba el respaldo de todos los sectores, incluidos aquellos que cantaletean sobre la importancia de la educación pero en la práctica ni cerca de ella andan porque no es buen negocio.