La reunión fue secreta. Nunca se supo. Ocurrió en la residencia de un médico retirado de apellido Sanz, en una colina de Marbella, España. Estuvieron presentes los ministros de relaciones exteriores de Francia, Canadá, Estados Unidos, y un representante de la ONU. Hombres todos brillantes y capaces. Hizo de moderador el dueño de la casa. El tema que allí les convocó no podía ser más importante, ni más urgente: la fusión de la isla Hispaniola en una sola nación.
El plan, a grandes rasgos, consiste en trasegar continuamente ciudadanos haitianos a la parte más prospera de la isla, Republica Dominicana, e instigarlos a reproducirse como conejos. Al mismo tiempo, fomentar el control de la natalidad, la educación sexual y el aborto, en los nativos dominicanos mermando la población nativa. El propósito: lograr aceleradamente una mayoría haitiana. Decidieron estos ministros unionistas inscribir en sus nóminas a intelectuales, periodistas, sociólogos, políticos, y a unos cuantos sacerdotes, convirtiéndolos en infatigables defensores de la inmigración haitiana.
El grupo de representantes de esas potencias mundiales, siempre bajo el escrutinio del Doctor Sanz, acordaron comprometer- en realidad ordenar- a la ONU, OEA, y a toda organización defensora de los derechos humanos, en favor del proyecto anexionista. Anunciaron la invaluable cooperación de las fuerzas armadas dominicanas, que seguirían manteniendo fluida la frontera.
Empresarios agrícolas y constructores, persistentes propulsores de la republica única, continuarían pagando sueldos de miserias, apetecibles únicamente a emigrantes paupérrimos. Cualquier intento de mejorar esos salarios sería reprimido de inmediato por el gobierno dominicano, agente encubierto de la fusión.
Transcurrieron horas intercambiando estrategias, tácticas, firmando edictos, enviando cables, y consultando a sus respectivos jefes de Estado. El moderador, sagaz y de conocida experiencia internacional, escuchaba en silencio y mantenía el orden. Ya tarde en la noche, fue invitado a leer las conclusiones. Haciéndolo se rascaba la cabeza; el galeno no podía entender la lógica integracionista.
Tal fue su confusión y angustia, que sintió un espasmo en la entrepierna. Sus testículos habían ascendidos súbitamente por el canal inguinal abandonado su envoltura.
Leyó el sin par documento: “ Integraremos una sola nación, donde una población indigente, analfabeta, enferma, hambrienta y de escasa tradición democrática, quedaría anexada a una sociedad pobre, subdesarrollada, carente de instituciones, gobernada por políticos corruptos, apenas alfabetizada, cuyo sistema de salud todavía consume su insuficiente presupuesto en combatir malaria, dengue, parasitismo, tuberculosis y otras insalubridades tercermundistas.
“Uniremos dos culturas dispares, históricamente adversas, dos idiomas diferentes, y prejuiciadas una contra la otra. El desempleo se multiplicaría catastróficamente. Los salarios bajaran por un exceso de mano de obra barata. Duplicaremos el desorden social y la delincuencia. La anarquía será indetenible. “
“Los políticos haitianos y dominicanos se destrozaran entre ellos, intentando quedarse con el poder para acceder al dinero de nuestras donaciones y, por supuesto, al tesoro de la nueva nación.”
“Nota: la corrupción es nuestra única esperanza de unir a los dirigentes de ambos lados de la frontera”
Firmaron los presentes.
Estupefacto, el doctor, al terminar la lectura del legajo, comprendió las razones que tuvo su amigo el psiquiatra para hacerlo aceptar la coordinación del evento, y de mantenerlo informado minuto a minuto de los pormenores: el loquero sospechaba que las grandes potencias habían perdido la chaveta. Eso de funcionar esas dos naciones le olió a delirio.