Omar Torrijos: A ti lo que te pasa es que te gustan los dictadores. García Márquez: pero por lo menos que sean de izquierda.

Desconozco por completo el autor de este genial disparo fotográfico realizado en Santiago en las postrimerías de la dictadura, pero de lo que estoy segurísimo es que el mismo –he visto miles- constituye por la composición y actitudes de los protagonistas, la alegoría más representativa de la que fue llamada por sus panegiristas como “Era de Trujillo”.

Para quienes en la actualidad tienen menos de 53 años de edad  -cerca de 75% de la población – existen para su edificación histórica sobre la tiranía interesantes obras calzadas con la firma de respetables biógrafos, sociólogos, ensayistas y cronistas que pueden ayudarles a la comprensión de sus más connotados personajes y de los hechos y sucesos que más la caracterizaron.

Si por pereza o indiferencia este gran segmento poblacional no consulta las publicaciones más conocidas y prefieren, como ocurre casi siempre, limitarse a observar con detenimiento las imágenes más relevantes de esa sombría época de nuestra vida republicana, considero que la foto adjuntada a este artículo es la que recoge de forma más cabal su verdadera esencia, su real naturaleza.

Antes de proceder a su libre interpretación o análisis, debo advertir que nunca tuve la oportunidad de hablar con ninguno de los que aparecen en la fotografía- la diferencia de edad y condición socio-económica con ellos era abismal – pero sí pude observarles con calma en las actividades del Partido Dominicano, en las calles de la ciudad, en las vecindades de  sus casas o en los desfiles en honor al generalísimo.

El personaje de mayor principalía y ocupando la posición central es sin lugar a dudas el dictador, cuya solemnidad vestimentaria, consistente en un clásico frac y portando una ancha corbata rematada por un perfecto nudo príncipe de Kent, estaba en total desacuerdo con la homérica carcajada que exhibía motivada al parecer por algo expresado por el representante de la iglesia de Roma que figura a la derecha.

Se trataba talvez de un comentario picante que hiciera el sacerdote concerniente a uno de los blasfemos editoriales que Santiago Lamela leía a través de Radio Caribe humillando los obispos que adversaban al régimen, o quizás la súbita revelación de algún adulterio que una creyente dama  cibaeña le hubiera confiado durante un rapto de franqueza en el confesionario de la iglesia.

No se trata de una risa común ni mucho menos de una sonrisa sino mas bien, de una ruidosa risotada que en los propietarios de una voz de falsete –como era su caso- tiene sonoridades que recuerdan el aullido de las hienas y que la mayoría de las veces está acompañada por rítmicas sacudidas de los hombros y un cierre momentáneo de los ojos, aunque en este caso no se produjo el descenso parpebral.

Al margen de cual haya sido el móvil que desatara esta frenética expresión de júbilo en el pequeño César del Caribe –como acertadamente lo bautizó el periodista Germán Ornes-, lo cierto es que traduce una viva demostración de alegría, satisfacción, únicamente posible en aquellas personas que ostentan un poder omnímodo sobre sus semejantes al estar en condiciones de decidir la suerte de todo lo  humano y lo divino.

Es en virtud de esta última faceta, y a pesar de la naturaleza carnicera de su gobierno, que para la presente y futuras generaciones de dominicanos este personaje de horca y cuchillo ejercerá una especie de fascinación, que bajo ninguna circunstancia  deberá confundirse con la  simpatía, al igual que a nivel mundial despiertan Nabucodonosor, Nerón, el rey Cristóbal y sobre todo Stalin y Hitler.

Aunque resulte penoso decirlo y hasta inconveniente vaticinarlo, para los niños dominicanos nacidos a partir de ahora mismo la figura de Duarte será en el porvenir menos atractiva que la del perínclito varón de San Cristóbal, no precisamente por su rol en nuestra historia ni mucho menos, sino porque este último encarnaba el poder absoluto que el ser humano sólo le atribuye a los dioses y héroes de la mitología.

El lunes 21 de abril del 2014 en un trabajo titulado “Gabo, el poder y la literatura” escrito en el Diario “El País” por su presidente Juan Luis Cebrián, éste afirmaba que al coincidir con García Márquez en la inauguración de un ingenio azucarero en Tipitapa, Nicaragua, el Premio Nóbel al avistar la polvareda que levantaban los vehículos del séquito que seguía a Fidel Castro le dijo al oído: “Mira, mira, como la comitiva de los emperadores romanos”.

A juicio del articulista este comentario explicaba el hechizo que el dictador cubano ejercía sobre el laureado escritor colombiano – que Cebrián denomina la fascinación literaria del poder –rasgo que puse de manifiesto hace un par de años al señalar en un trabajo que en el futuro se escribirán mas obras sobre Trujillo que de Bosch y sin lugar a dudas más que sobre Pedro Henríquez Ureña, María Montez, Rubirosa y Peña Gómez juntos.

Casi a la generalidad de los habitantes de este planeta alguna vez le ha visitado la idea, la tentación de hacerse rico de la noche a la mañana, que le veneren como un ídolo, acostarse con la mujer que le gusta, apoderarse sin consultar de los bienes ajenos, que el destino de los otros dependa de uno, eliminar físicamente a quienes te adversen en fin, de que se haga en toda ocasión y circunstancia tu soberana voluntad.

Todo esto y muchísimo más podía hacer al mismo tiempo el Benefactor de la patria, y cuando en los años cincuenta del pasado siglo los estudiantes de Santiago desfilábamos bajo esta especie de sultán sentado en un arco tendido entre el parque Duarte y el edificio de la Gobernación Provincial, todos les mirábamos arrobados, extasiados como le ocurre a los turistas que visitan la Capilla Sixtina para contemplar los frescos de Miguel Ángel pintados en  el techo.

Únicamente los depositarios de estos atributos exaltan y enardecen nuestra fantasía, no extrañándome lo contado por Israel Cuello cuándo él y jóvenes revolucionarios, luego de su excarcelación, fueron llevados el 5 mayo de 1960 ante el dictador con el fin de agradecerles su magnánimo gesto; las palabras de Trujillo fueron: “sigan poniendo bombas carajo que les partiré el cocote a todos.  Maté a 18,000 haitianos y no me pasó nada.   Y se me van de aquí coño, se me van partía de maricones”. Parecen unas predicciones tomadas del Apocalipsis.

La cotidiana y frecuente interjección ¡Ay Trujillo! proferida por doquier en un momento de impotencia, incluso por nacidos después del 1961, no es una exclamación nostálgica en recuerdo de los años de la tiranía sino mas bien, el deseo de súbitamente adquirir los poderes que él usurpaba para que entonces las cosas se realicen según nuestras conveniencias, de acuerdo a los intereses que en esos momentos defendemos.

En definitiva, la festiva actitud del personaje central que muestra hasta los premolares de su postiza dentadura, además de reproducir aquello dicho por los latinos en el sentido de simbolizar el primus inter pares –el primero entre sus iguales- revela también que es auténtico en su humorística gesticulación, que la misma corresponde a su estado de ánimo y   no a un ejercicio de hipocresía para complacer o embaucar a sus acompañantes.

Como decíamos en el párrafo introductorio de este artículo, por su composición este disparo fotográfico es un genuino testimonio del tuétano o meollo de la Era al evidenciar en torno al Primer Maestro de la Nación a los verdaderos representantes de los sectores donde se asentaba su régimen, a quienes a continuación identificaremos priorizando mas la lectura de sus gestos que su papel durante la larga noche trujillista.

El primero desde la izquierda es el licenciado Pedro Jorge mejor conocido por su diminutivo –Pedrito- a quien le distinguía desde joven una nívea y esplendida cabellera, viéndole de vez en cuando en la Farmacia Jorge de la cual era propietario.  Estaba casado con una hija de José Estrella el célebre comisario del Jefe residente en San José de las Matas, y residía en  una casa señorial en la exclusiva avenida Franco Bidó.

En esta última se reunía con asiduidad para jugar a las cartas con santiagueros portadores de los patronímicos mas rimbombantes de la ciudad como eran los Dumit, Bermúdez, Espaillat, Piola, Tavárez, Cabral, Vega  y otros, y aunque no recuerdo si ocupara alguna posición política en la provincia o el país, tenía uno de los mejores cargos al cual era posible aspirar: amigo personal del generalísimo.

El hecho de aparecer en la fotografía tocándose con su mano izquierda la parte superior de la corbata y esbozando una sonrisa que no alcanza las magnitudes de una risa, revela la posesión de una calculada prudencia que a juicio de sus conocidos era una de sus cualidades más significativas, y que durante los lóbregos  años de la tiranía de seguro le evitaron disgustos frontales tanto con el mandamás dominicano como con sus sumisos cortesanos.

Se sonríe con estudiada discreción ante el desternillamiento jocoso del padre de Flor de Oro, Yolanda, Elsa Julia y Angelita, haciéndolo no quizás por lo picante del chiste que se relataba sino mas bien, como condescendencia al gozo experimentado por el oriundo de la ciudad benemérita cuya amistades más cercanas debían por necesidad celebrar sus expansiones para poder seguir disfrutando de su clemencia y  benevolencia.

A la izquierda del licenciado y parcialmente oculto encontramos a Luis Sued que tampoco desempeñó cargo público alguno durante el trujillismo quien era el padre de Víctor Sued secretario particular de Ramfis en el país, París y Madrid.  Vivía en una hermosa residencia en la Restauración con Duarte –donde hoy está El Encanto- junto a su señora de apellido Recio observándole con reiteración en el negocio de su  hermano Jaime.

No es necesario ser un experto en la interpretación de la gramática de la expresión facial, para que cualquier observador advierta que la hilaridad del señor Sued es mas fingida que sincera, mas farisea que verdadera, aunque vanamente intente reclinando su cabeza hacia atrás simular que es causada por la gracia, la chispa, el salero de lo referido por el eclesiástico ensotanado.

Estoy completamente de acuerdo con quienes argumentan que Sued no tenía que recurrir a tan hipócrita expediente para agenciarse el favor del suegro de Tantana Ricart, pero sí deseo notificar que la comedia y la falsedad fueron actuaciones muy socorridas y rentables en el transcurso de esas tres oprobiosas décadas, cuando era preferible no decir lo que se pensaba sino mas bien fingir lo que se decía.

Tanto Jorge como Sued personifican en esta foto el soporte socio-económico que toda dictadura debe poseer para su preservación en el tiempo, y aunque en  esta imagen el nieto de Erciná Chevalier le ofrece a ellos como a los demás olímpicamente sus espaldas, bien sabía la necesidad de su respaldo no obstante la competitividad que en ocasiones les hacía en los negocios y el comercio.

A la derecha del dictador descubrimos a Marcos Jorge Moreno, sin parentesco alguno con Pedrito ni con el ex presidente Jorge Blanco, quien era su edecán, su ayudante militar encargado de su seguridad personal al que nunca avisté- murió en el 2005 a los 77 años de edad – pero sí a algunos de sus descendientes.  Después de 1961 ocupó altos cargos dentro de las Fuerzas Armadas.

Su rostro casi inexpresivo sin asomo alguno de los pensamientos que abrigaba con respecto a la alegría imperante, reflejaba con fidelidad el rigor disciplinario existente en el estamento militar de la época, la bizarra postura de aquellos cuya misión era básicamente obedecer, cumplir con el reglamento sin permitirse en público el más leve relajamiento de su marcial investidura.

Atentos y estudiosos analistas de la imagen podrían incluso creer que este oficial había quizás ingerido un extracto del jugo de Sardonia una planta herbácea que produce en los músculos de la cara una contracción que imita la risa – de donde deriva el término risa sardónica – ya que si observamos detenidamente su rostro una casi imperceptible como atenuada sonrisa parece insinuarse por su facial impasibilidad.

Por mucho, lo castrense era el más sólido sostén con que contaba la tiranía para su mantenimiento en el poder, y la resistencia interna y externa al régimen estaba plenamente convencida del carácter casi inexpugnable de este bastión defensivo, comprobado y confirmado por los fallidos intentos emprendidos en el pasado por Cipriano Bencosme, Desiderio Arias, Luperón, Constanza, Maimón, Estero Hondo y los miembros del complot develado.

En el extremo derecho de la foto y con la mitad de su rostro cubierto aparece el señor José Antonio Hungría que vivía en la calle 16 de Agosto esquina Sánchez, el cual fue Gobernador y presidente del Partido Dominicano en Santiago avistándole a menudo como orador los 30 de Marzo y en numerosas actividades proselitistas celebradas en la sede del partido ubicado en la Avenida Generalísimo esquina Santiago Rodríguez no lejos de mi casa.

De andar cansino, torrencial oralidad y cobriza pigmentación tenía un hermano llamado Pedro, y por las posiciones burocráticas que desempeñó representó para el cuñado de Alma McLaughlin y hermano de Nieves Luisa un firme apoyo político siendo por este rol que su presencia en la fotografía simboliza el activo protagonismo que este veleidoso quehacer jugó en el apuntalamiento de una de las dictaduras más feroces de Latinoamérica en el pasado siglo.

Por no aparecer su rostro con suficiente claridad, estamos impedidos de aventurar juicio alguno concerniente a su gesticulación facial, aunque ligeramente podemos apercibir una sonrisa a media asta que tiene el pudor de apenas mostrar la dentadura-contrariamente a Jorge, Sued, Trujillo y el Cura – detalle que Maquiavelo hubiera muy bien ponderado al ser uno de los atributos que mejor identifican al político de casta.

En la parte derecha de este elocuente disparo fotográfico y ocupando precisamente hasta 1960 el asiento derecho del carro triunfal conducido por el dictador, vemos al sacerdote Carlos Tomás Bobadilla – Cucho – que a todas luces lleva la voz cantante al momento de ser tomada la imagen, y es quien por sus comentarios ha generado la hilaridad general de sus alborozados contertulios.

Desde Monseñor Nouel y Bobadilla a quien encontró a su ascenso en 1930 pasando luego por Ricardo Pittini y finalmente por Octavio Beras, los prelados del episcopado dominicano respaldaron con tesón el gobierno cuyo cortesano más destacado fue Joaquín Balaguer, siendo muy apreciados los conciertos de alabanzas dedicados al déspota en los servicios religiosos cuando la mayoría de la población campesina era iletrada e ignorante.

Fue la negativa de Roma a concederle el título de Benefactor de la iglesia lo que indispuso al dictador a continuar apoyando los curas, desatándose entonces un descontento eclesial encabezado por el español Monseñor Panal, Obispo de La Vega y por el estadounidense Monseñor Tomás O´Reilly, Obispo de San Juan de la Maguana, que precipitó su ajusticiamiento en el malecón de Santo Domingo la noche del 30 de Mayo del año 1961.

Como indicaba al principio de este artículo esta fotografía constituye una síntesis visual del oficio de un dictador- reírse  y burlarse descaradamente de su pueblo – y de los puntales que permitieron su advenimiento y posterior sustentación, y si algunos están en desacuerdo con mis personales apreciaciones sería de mi particular agrado conocerlas con la esperanza de rectificar mi percepción con respecto al que, según José Almoina, instauró en aguas del mar Caribe la más espantosa de las satrapías.