Teoría Política de la Corrupción (11)
Una cultura política y de valores contraria a la corrupción
Para reducir considerablemente la corrupción política es imprescindible abordarla, es decir, hay que reconocer su existencia y no negarla como suelen hacer los políticos, atribuyéndola, a lo más, a las flaquezas de ciertos políticos concretos. Cuando desde las más instancias del poder político del estado se la justifica, entonces es casi imposible evitar su proliferación, porque es entendida como una fuente “casi legítima” de ingresos adicionales, que vendrían a formar parte de la retribución debida, pero no percibida, en la nómina del puesto desempeñado.
Un gobernante caribeño, el Dr. Balaguer, de dilatada experiencia al frente del Gobierno, rechazó la subida de sueldo de los empleados públicos, de las fuerzas armadas y de la Policía Nacional, con el argumento de que “ellos saben bien como buscárselas para aumentar sus ingresos”.
Si desde la cúpula del Estado no se da ejemplo y se divulgan unos valores contrarios a las prácticas corruptas es previsible que las mismas no sólo no disminuyan sino que se acrecienten. También en la sociedad civil debe haber una actitud de rechazo cívico activo contra los actos de soborno y extorsión, negándose a someterse a los mismos y denunciándolos, una especie de resistencia cívica activa contra esas prácticas.
Uno de los indicadores más relevantes del desarme moral de los ciudadanos ante la corrupción política es cuando la misma es admitida como algo inevitable, y en vez de tratar de sublevarse contra esas prácticas lo que se busca es tratar de ser un beneficiario de las prebendas corruptas. Es decir, no se está contra la corrupción sino que lo que se trata es de buscar ser uno de los beneficiarios de esas prácticas.
Eso se manifiesta en los partidos políticos en la idea de que no se busca cambiar de rumbo sino cambiar a los detentadores del poder para ser la oposición la que ponga en práctica esas malas prácticas de enriquecimiento ilícito. Por ello he expuesto que muchas veces el discurso de la oposición no de oponerse a las prácticas existentes sino tratar de sustituir a los que ocupan los puestos para hacer lo mismo. Una especie de “quitate tú para ponerme yo”, sin ninguna consecuencia práctica para la ciudadanía.
Por ello es necesario oponer a la cultura vigente de justificación directa o indirecta de la corrupción, una nueva cultura del civismo ciudadano, una cultura política sustitutiva de la actual, una nueva manera de hacer política y de gobernar por y para los ciudadanos. El dramaturgo Arthur Miller dándole la vuelta al dicho que la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, dijo una vez que la democracia se estaba convirtiendo en lo siguiente: “Un gobierno del pueblo (por sus orígenes basados en el sufragio universal, CBE), por las corporaciones, y para los ricos”.
Esto trata de indicar el peso cada vez mayor que juegan las grandes empresas en el gobierno democrático que con su influencia sobre los políticos, a través de sus lobbies y grupos de presión , además de sus contribuciones a las campañas electorales, estaban secuestrando la política poniéndola al servicio de sus intereses minoritarios.
Mientras la hegemonía de estas ideas tolerantes con la corrupción política siga vigente la lucha contra la corrupción será una quimera de unos grupos minoritarios. Es pues imprescindible dar una batalla de ideas, difundir los valores democráticos del gobierno del pueblo y para el pueblo, para que éstos se aniden en las mentes de los ciudadanos.
Es utópico creer que se pueden cambiar las políticas cambiando simplemente a los hombres, si no estamos seguros de que esos hombres que acceden al poder participan realmente de una cultura cívica y política contraria a la corrupción. Y que son temerosos de un pueblo formado no por un populacho atomizado, sino por ciudadanos conscientes de que su presente y el futuro de sus hijos dependen de gobiernos eficaces, decentes y que trabajen por el bien común, por el bienestar colectivo, y que estén alertas para reaccionar contra los desvaríos de los políticos en el poder.
Los partidos tienen que practicar la depuración de sus filas
Por último, los miembros de lo que algunos llaman la “clase política”, estén en el Gobierno o en la oposición, deben darse cuenta de que, por puro utilitarismo y por supervivencia política, tienen que introducir mecanismos de depuración en sus filas.
Aquéllos de sus miembros que de manera pública y notoria son señalados por su enriquecimiento personal y familiar, sin que se le conozcan medios económicos o profesionales válidos y constatables, para haber logrado una fortuna, deben ser radicalmente depurados de la vida política.
Solo así, la imagen y el prestigio de los políticos no seguirá deteriorándose, y el escepticismo sobre lo que ellos representan y hacen no llevará a que peligre su permanencia como representantes de ese interés general al que se debe suponer que sirven o deben servir.
Para comenzar con realismo y eficacia la lucha contra la corrupción política lo esencial es una ciudadanía dispuesta a aplicar la tolerancia cero contra los corruptos.
Mientras los corruptos disfruten impunemente de los bienes sustraídos y, encima de eso, al mostrar públicamente sus bienes suntuarios y su estilo de vida derrochador, esto les produzca admiración y hasta notabilidad, más que freno se estará poniendo estímulos a los actos corruptos.
Ahora bien, lo que es decisivo en política es el voto. Si la estulticia de los políticos corruptos tiene su contraparte en votantes pasivos, acríticos, que sigan como borregos a los que pongan en las listas electorales los dirigentes de los partidos, sin importarles la calidad ética, los valores de honestidad y decencia y hasta de capacidad para el desempeño de los cargos electivos, entonces, hay que dejar toda esperanza.
Una nación de borregos tendrá siempre la clase política que merece por su falta de comportamiento crítico y de comportamiento cívico.
Torrelodones, febrero 1996. Corregido y ampliado en julio 2012.
*Publicado por primera vez en el periódico editado en Madrid La Prensa del Caribe en febrero de 1996, también fue publicado parcialmente en la revista dominicana Rumbo. Esta versión ha sido corregida y aumentada en julio de 2012, aunque sin cambiar demasiado la composición y esquema de la versión original.