Vivencias

Un sueño roto

Por Rafael Alvarez de los Santos

Desconozco su nombre y no recuero exactamente el día, para ser más exacto lo olvidé y lo lamento, pero lo olvidé aunque no debí.

Regresaba de Villa Mella y de lejos divisé un joven sentado en la raíz de un árbol que suponía aprovechaba su sombra, pero no era así. Me pidió una bola y accedí.

Subió al vehículo y noté que practicaba béisbol pues llevaba puesto el uniforme y uno de esos bultos largos que utilizan para llevar sus pertenencias. Era un joven de unos 16 años aproximadamente. Por un momento noté algún dejo de tristeza en su mirada y decidí hablar con él.

¿Practicas béisbol? Pregunté como quien busca la excusa más evidente para iniciar una conversación. –Sí señor- acentuó con voz seca. ¿y qué posición juegas? -Soy pitcher o mejor dicho era-. En este momento sus ojos se humedecieron y un leve suspiro salió de su boca como si en él se le fuera el alma.

¿Cómo que eras? Insistí ante la expresión triste de este joven cuya vida comenzaba a inquietarme. –Yo lanzaba a 95 y hasta a 98 millas por hora, estaba a punto de firmar con un equipo de grandes ligas pero me lesioné- Aquí tomó un segundo aire como quien detiene a puras fuerzas las ganas de llorar.

-Me operaron el brazo y después de eso no he vuelto a lanzar como antes, mi carrera se fuñó, maldita sea-. Esta segunda expresión me hizo ver un joven descorazonado al ver truncado su más ansiado sueño.

¿Y no estudias? Esta pregunté la formulé con la intención de presentarle la alternativa de que podía terminar sus estudios y comenzar una carrera en la Universidad o algún curso técnico.

-Yo si estudio- me dijo con cierto resentimiento.- ¿Pero de qué sirve esa vaina en este país? Mi mamá tiene un cáncer y mi papá vive de recoger botellas en la calle, el más viejo de mi casa soy yo. Mi hermanita tiene seis años, la esperanza de mi casa era yo, el que tenía que evitar que mi mamá muera con el contrato que iba a recibir, pero ahora todo se jodió- Me narró y en esta ocasión ya no pudo detener el llanto.

Miré a aquel joven y su impotencia, y estaba yo ante un joven deshecho que vio esfumarse de entre sus manos la esperanza de vida de su madre y el bienestar de su familia. Posiblemente este es uno de los tantos casos que deben ocurrir a diario en este país, de jóvenes cuya pobreza les hace albergar la esperanza de algún día bailar la danza de los millones de dólares que otros grandes jugadores del país, pero como dicen los mismos peloteros no todos llegan a ser un David Ortiz o Robinson Canó.

Y cuando fracasa el plan A no siempre existe un plan B. Estudiar no genera tanta esperanza en una cultura que busca generar riquezas en el menor tiempo posible.

En un país donde se enriquecen tantos corruptos con el dinero del Estado, un adolescente de 16 años lleva sobre sus hombres el enorme peso de sentirse fracaso en el intento de ayudar a su familia. ¡Vaya ejemplo que estamos enviando a la juventud!

Al momento de indicarme que lo dejara no me atreví a decir más nada. La única palabra que se emitió fue un “gracias señor por la bola y por escucharme”. Y así lo vi caminar con pasos lerdos por la entrada de un callejón próximo al vertedero de Duquesa.

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