Años sin estar ahí, trabajos del equilibrista que trata de ser salvado por las advertencia de alguna bandada de palomas y el misterio no está resuelto. Y ni me explico.

A veces todo se complica. Todo se vuelve tan absurdo como las letras que no formarán lógica alguna en una sopa Campbells. Las palabras están aquí pero no salvan ni sostienen. Estás cayendo, pero justo en ese instante en que casi sientes el suelo y tus huesos, una canción suena en la radio del libanés que vende shawarma. Suena una pieza que es como tremendo corrientazo. Casi me la sabía de memoria, pero las neuronas a veces se alisan, no piensa. Saco mi aplicación “shazam” tan apurado en esos tres últimos segundos, que no sé ni cómo resulta. Pero sí. Lo logré. En la pantalla del celular me sale: “Eye In the Sky – Alan Parsons Project”.

Una canción a veces tiene imanes fatales, círculos de Moebius, pasadizos en los que bien podrías perderte y sin un 911 que te salve. Con Alan Parsons Project no pude menos que buscar el kit correspondiente: unos tragos. Y esos tragos, oh del hombre, me entramparon. Llamé al Super, que en esos momentos andaba en amores y bahías en Vietnam. Llamé a Martha, abueleando, como a veces en Nueva York. Llamé a Eric, pero no estaba. Y luego sí, apareció. La fiesta todavía sigue aunque caer en 1982 a veces no tienes tanta gracia.

Hay seres que son como regalos, que se quedan en sus papeles de regalos. Te aligeran porque siempre hay una alegría en ver las cosas. Te iluminan porque administran sus pensamientos de manera vital: apuntan lo necesario, y sin que sepamos, te lo dan todo, de manera que ya tendrás suficiente para el viaje.

Conocí a Eric Raful bajo los arcanos de Air Supply y “Sweet Dreams”, en tiempos donde todos soñábamos con tomar Santo Domingo por asalto y rogándole a cualquier Dios que Peter Gabriel volviera a Genesis o John Waters o Luis Días desde su exilio newyorkino. Esa noche Manresa estaba fresca y ese día me había intoxicado con “Cuatro cuarteros” de Eliot. Parecíamos al mismísimo grupo que estaba corriendo en la playa en una película que en esos días se estrenaba, “Carro de fuego”, con música del nunca bien ponderado Vangelis.

Eric ya tenía barbas y hablaba como uno de sus abuelos en las ruinas de Baalbek, con toda la sabiduría oriental. Aunque no lo podamos concebir, todavía no aparecía Mariel, pero sí había mucho Men at work y Rush y zonas enteramente America, lo cual facilitaba las cosas.

Aquella noche mítica en Manresa y en el malecón luego sería magistralmente transcrita por Martha Rivera-Garrido en su novela “He olvidado tu nombre”.

Pero ahí no se acaba Eric. A esos años iniciales del jorgeblanquismo le siguieron los diez de Balaguer y los que el amable lector sospechará. Nuestro soundtrack seguía ampliándose como las aguas sobre la Atlántida, pero siempre había alguna vuelta en la esquina donde sonaba Fleetwood Mac e incluso algún clavo de Santana. Vivíamos tan aferrado a los sonidos como los bomberos a sus mangueras mientras las ciudades se incendiaban.

La voladura del muro de Berlín a mí me trajo a Berlín mientras que el cosmos rafuliano se fue ampliando, cayendo al final, puntualmente, durante par de años, en esa azotea llena de música y palabras y a veces, con la esperanza de unas mollejas al vino, ¿verdad Mariel?

Y sí, Moebius no nos deja. Es como si pusiéramos una vela sobre un tocadiscos y uno tratando de trazar el círculo de humo como si ese experimento nos condujera a cosas grandiosas y no a tremendo disparate. Diciembre me trajo a Cortázar por un lado y por el otro, algún primo lejano de Eric con esa música y en medio uno, uno con muchísimos vacíos, vértigos, como si el mundo se acabara, pero no, hay palabras que aligeran, palabras como sacadas por Zaratustra después de salir de cueva, palabras-soles-puentes y el nombre de Eric como algún elefante salido de una escaramuza de Houdini.

A veces la bondad humedece desiertos. A veces uno se siente ridículo oyendo “If You Leave Me Now”, de Chicago, o peor, ¡horror!, “Eye of the Tiger”… No, nooooo, Eric, ahora no acabaré este artículo maltratándote, porque en la vida a veces hay zonas que no se pueden recordar…

Pues nada, querido Eric. Todo esto para decirte, como diría Cat Stevens: “How can I tell you…”