Recibe halagos por sutrabajo tan amenudo, que ya se ha vuelto parte de su diario vivir.  La fama del Salón de Uñas reposa en ella, su dueña.  La menuda mujer se ha hecho un nombre en su ciudad natal, donde la buscan para que no sólo les hagan las uñas acrílicas, sino por los vistosos diseños multicolores que cada cliente puede ostentar como únicos.  Aquellos clientes que quieren ser atendidos específicamente por ella, pagan extra por el privilegio de poner sus manos en sus manos.  ¿Quién lo diría? Especialmente viniendo “Rosita” de un origen tan humilde y más aún; cuando se supone que estuviera muerta…

Quince años atrás, a sus 9 años, deambulaba por las calles sucias alrededor de su humilde vivienda.  Camino a su escuela, se desvía una esquina siguiendo a otros niños.  No se lo ha dicho a su madre, pero desde hace ya una semana, recibe una pieza de pan y un vaso de chocolate de los Cristianos que abrieron cerca una iglesia hace poco.  Es verdad que se supone no hable o coma nada de mano de extraños, pero ante la realidad de pasar toda la mañana hambrienta en la escuela, valía la pena el riesgo.

Esa mañana, junto al desayuno le dieron un volante en el que hablaban del Amor de Dios y que eso se demuestra ayudando al necesitado.  ¿Tienes hermanos? Le preguntó la mujer de la iglesia.  Una hermanita, respondió Rosita con timidez.  Háblales a tus padres de nosotros, le propuso la esposa del Pastor.  Dile que estamos aquí para ayudarles, y que no tengan pena en decirnos cómo servirles…

La niña afirmó con la cabeza, pero la verdad es que no iba a dar el mensaje.  No podía explicar a su madre cómo los conoció sin meterse en problemas.  Comió su pan y guardó el volante, apresurándose a correr a su destino.  Esa tarde, a su regreso, puso el volante debajo de una piedra cerca de la casa, para que su madre no lo viera.  Cuando entró encontró a la mujer visiblemente perturbada, actuando de forma extraña.  La hermanita no paraba de llorar de hambre.   Tirada en el piso de tierra estaba hoy más sucia que nunca, pues por alguna razón ese día la mamá parecía no tener interés alguno en que se cumplieran esas o cualquier otra obligación.  Otra cosa que llamó la atención de Rosita fue encontrar el tanque de gas en medio de la casa y no en el rincón de la cocina.  Los fósforos estaban también en el suelo, a la par del tanque y de la niña.  Nada de lo que Rosita dijo a su llegada pareció importar, pues la mamá, le ordenó sentarse junto a su hermana y quedarse allí quieta.  Le dijo en medio de los gritos de la infanta, que a veces los adultos toman decisiones difíciles, pero que eso sucede cuando no les queda más remedio.  A pesar de sus 9 años, Rosita entendió de qué se trataba.  La mujer había tocado fondo en su desesperación e iba a ponerle punto final a todo, acabando con las vidas de todos.

“Está bien” dijo Rosita con la resignación que impone la obediencia, pero antes, déjame mostrarte algo.  Te lo enseño y después haces lo que vayas a hacer.  La mujer no se molestó en contradecir.  Su nivel de desaliento la tenía en completa negación.  Sabía que sus planes eran terribles, pero por lo menos no sus intenciones.  La explosión los mataría instantáneamente y sin sufrimiento.  La niña corrió hasta la piedra y sustrajo el arrugado papel, lo mostró a su madre quien la miraba con dolor y desgano.  La mujer, sentada frente al tanque de gas, tenía los fósforos en una mano y la otra en la manilla del tanque.  Rosita sacudió el papel varias veces para convencer a su madre de mirarlo antes de, de eso que pensaba hacer.  Tomó varios segundos para que la madre moviera su mano del tanque hasta el papel, pero a Rosita le pareció un tiempo eterno.  El corazón de la niña saltaba en su pecho, mayormente por miedo.  Temía a lo que la madre le iba a decir, pero igual, ya no importaba, frente a lo que iba a hacer.  La iglesia queda a unas pocas esquinas de aquí, le dijo la niña a la mujer que leía con pesadez el pedazo de papel.  “Ellos dicen que están ahí para ayudar a familias como nosotros.  Ellos nos pueden ayudar mama”, decía Rosita con voz convincente, tratando de despertar algo de aliento en su madre, “ellos nos pueden ayudar”…

Cuando llegaron de la iglesia, traían con ellas una caja de comida, una pinta de leche y la promesa de que se les darían más cada vez que se les acabaran.  “Ese día cambió nuestras vidas”, contaba Rosita a los que escuchaban su testimonio.  “Con el tiempo no sólo íbamos a la iglesia a buscar comida física, sino espiritual.  Todos entendimos que Jesús nos amaba y que podíamos aspirar a tener un mejor futuro.  Pocos meses después, a través de la iglesia mi hermanita y yo entramos a un programa llamado “Compasión”, y personas de otros países que no conocíamos nos escribían cartas, pagaban para que tuviéramos comida y fuéramos a la escuela.  Hoy  yo tengo mi propio negocio y también mi hermana, gracias a todo el apoyo emocional y la ayuda que recibimos de gente compasiva, que nos mostraron el amor de Dios aunque no nos conocían.  Yo, bueno, todos nosotros deberíamos estar muertos, y gracias a Jesús estamos vivos y estamos bien, muy muy bien”…

 

Mateo 25: 31 – 40

31 «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria.
32 Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos.
33 Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.
34 Entonces dirá el Rey a los de su derecha: "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.
35 Porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; era forastero, y me acogiste;
36 estaba desnudo, y me vestiste; enfermo, y me visitaste; en la cárcel, y viniste a verme."
37 Entonces los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber?
38 ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos?
39 ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?"
40 Y el Rey les dirá: "En verdad les digo que cuanto hiciste a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hiciste."

¡Bendiciones!