-En nuestro país sucederá algo que va a estremecer al mundo- me dijo.
Rio Piedras, calle Esteban González, zona universitaria, día de los Santos Inocentes, año 1964.
Alto, con una canasta de nieve colgando de su testa debajo de un rostro atlético, el hombre no tenía aspecto de dominicano con sus penetrantes ojos color azul metálico. Habíamos ido a visitarlo sin anunciarnos porque nos alojábamos al otro lado de la calle, casi en la misma esquina de la Avenida Universidad. Mi padre y él eran tocayos, ambos cibaeños, y se conocían desde hacía muchos años.
Borinquen, la Isla del Encanto, se había convertido en una feria florida con motivo de las navidades. Los asaltos a media noche (no con armas de fuego sino con villancicos y cánticos) pululaban por todas partes.
Su esposa, que más bien parecía una paisanina asturiana, nos invitó a un cafecito dominicano. Su hermana, quien había sido compañera de mi padre en la Secretaría de Educación, nos brindó una raspadura de cardenales. Nos recibieron sin aspavientos, con esa amabilidad propia de los que han nacido en Quisqueya, a pesar de que ambas mujeres habían nacido en Cuba (que casi es lo mismo). Él, sin embargo, había nacido en La Vega Real, la tierra del Padre Fantino, quien había nacido en Italia. ¡Paradojas culturales de nuestras tierras antillanas!
-Padre-me dijo- el futuro de nuestro país va a depender de lo que suceda en los próximos meses. Como usted reside en Washington le voy a pedir que me sirva de mensajero.
Nos sentamos frente a frente, como si nos hubiéramos conocido toda la vida. Su cuñada se acomodó junto al asiento ocupado por mi padre y nos enfrascamos en una tertulia inolvidable.
Sin darme muchos detalles habló del futuro inmediato, como si se tratara de una pitonisa. Sus conocimientos históricos de América Latina eran extraordinarios. Esbozó sus argumentos como Fray Luis de León, después de haber estado prisionero durante diez largos años por la Inquisición y pronunciara aquellas célebres palabras cuando retomó su cátedra en la Universidad de Salamanca: “Como decíamos ayer….”.
-Ustedes, los curas, nunca me han comprendido- me disparó el hombre como con una escopeta recortada a boca de jarro, desgranando, una por una, las razones específicas de su agravio. Habló como un Jeremías disfrazado de Pedro Mir.
-Hay un país en el mundo donde no parece haber ninguna esperanza. Más que país, no es más que un conglomerado humano. Ese país es Haití. El segundo es nuestra patria, dependiendo de lo que suceda en los próximos meses.
Habló como Julio Cesar antes de cruzar el Rubicón: “Alia iacta est” (la suerte está echada). Lo demás es historia patria. Esas frases lapidarias han permanecido esculpidas en granito en el fondo de mi subconsciente hasta el día de hoy, cuando se acaba de celebrar el 107 aniversario de su nacimiento. El nacimiento de un hombre indispensable.
“Contemplar con calma un crimen es cometerlo”- así dijo en una ocasión. ¡Los crímenes de América! ¡Los crímenes de Israel contra Palestina! ¡Los crímenes del hombre contra el hombre a través de la historia de la humanidad sobre la tierra!
Hay hombres que nacen muy pocas veces en la historia humana, porque son íconos, hitos de referencia para el desarrollo de sus respectivos pueblos. Por eso siempre han sido incomprendidos. Los mediocres no los entienden y los demás tienden a confundirlos con ellos mismos.
Hacemos constancia de este dato histórico a los ciento siete años de su nacimiento.
Fundó dos partidos políticos que han competido en su incomprensión a través de años de litigios y de apetencias pequeño-burguesas contrapuestas a las que él les inculcó. El trató de concientizarlos pero ellos nunca lo han comprendido. Mientras tanto, hemos sido testigos de su suicidio político continuo y continuado, insistiendo en seguir siendo el hazmerreír del mundo.
“Arbol que crece torcido jamás su rama endereza, pues se hace naturaleza el vicio con que ha crecido”.
Nombre completo: Juan Bosch y Gaviño.