Indudablemente existen vasos comunicantes entre los escritores. En estos días tuve el placer de encontrarme con quien considero el más culto de los ensayistas dominicanos: Federico Henríquez Gratereaux, como siempre un hombre de un trato amable y cariñoso. Un encuentro con Don Federico es siempre de una naturaleza intensa, apasionada, quiere en breves segundos volcar toda la lava oculta que lleva dentro y a uno no le queda más que "respetar todo este fuego" Es un lujo poco habitual en un mundo donde lo episódico y lo intrascendente es lo cotidiano. El ensayista, en esa ocasión, me tomó del brazo y me condujo hacia su carro. Como un mago fue sacando palomas de un sombrero de copa, iba entregándome aves en forma de libros. El primero fue: "El sembrador de voces" selección poética, de la poesía de Franklin Mieses Burgos. No bien me había deslumbrado con su primer número de magia ante mis ojos, echó a volar dos hermosas palomas, "Ubres de novelastra" y " La feria de las ideas". Al final, aún no conforme, me entregó un colibrí en forma de "Identidad persistente y mutante".
En un principio, afirmé que existen vasos comunicantes entre los escritores, y con ello me refiero a la comparación de dos textos, muy distantes en el tiempo, como "El corazón secreto del reloj" de Elías Canetti, y "La feria de las ideas" de Don Federico Henríquez. Ambos coinciden en la importancia que debe de tener para un escritor -a la hora de comunicar sus pensamientos- la claridad de ideas, rechazando así el deleite de la palabra por la palabra. Canetti lo dice primero: "Los experimentos lingüísticos me han atraído poco; tomo nota de ellos, pero los evitó al escribir yo mismo. La razón es que la sustancia de la vida me absorbe por completo. Quien se entrega a experimentos con el lenguaje, renuncia a la mayor parte de esa sustancia".
Por el otro lado Don Federico Henríquez afirma lo siguiente, en su escrito titulado "Guerra a la expresión petrificada" refiriéndose a Ortega y Gasset: "La primera regla de Ortega para organizar su escritura fue contar con el público. Todo decir dice algo, pero, además, todo decir dice algo a alguien”. Siempre tuvo Ortega presente estos dos términos y decía: "Todo proviene de que en mis escritos pongo, en la medida de lo posible, al lector, que le hago sentir cómo me es presente, como me interesa en su concreta y angustiada y desorientada humanidad" agrega Gratereaux al final en unas líneas magistrales "Al escritor pura sangre le va la vida en lo escrito y lo patentiza de un modo directo".
Pienso que, tanto Elías Canetti como Don Federico H. Gratereaux, trazan una raya de Pizarro con los que asumen la literatura como un "vedetismo" sin ninguna sustancia y cercanía con la vida. Levantan los dos escritores un muro de contención contra el diletantismo en la literatura, entendiendo el oficio de escribir como un claro escalpelo de la realidad. Obvian así el disfrute narcisista por la palabra. Cada mosaico en el suelo arábico debe tener su clara intención, la llave del acertijo, la claridad de sus aguas no deja de ser profunda, llamando a hurgar entre sus pastosas algas.