Tuvo que llegar una pandemia a la humanidad para repensarnos como sociedad y como seres humanos, lo que hacemos como modo de vida, lo que priorizamos en nuestras elecciones y opciones de vida, la ligereza con que asumimos nuestra cotidianidad, las banalidades que acompañan nuestras formas y estilos de vida y la arrogancia con la que nos relacionamos con el entorno natural y social.
La ciencia se empequeñeció ante la inesperada visita del coronavirus y la humanidad se sintió como un destello que el soplo la mueve ligeramente hacia el vacío. La humanidad ciertamente ha sufrido estos embates de salud cada cierto tiempo que los textos sagrados en sus profecías denominan las Siete plagas de Egipto, no obstante, esta vez nos sentíamos tan superiores en ciencia y tecnología que no pensábamos ser amenazados en lo más mínimo por nada ni nadie. Eso fue el error.
La pandemia nos sacó de circulación, sacudió nuestros cerebros, impactó nuestras sensibilidades y alteró nuestras agendas y programaciones de forma tal, que paralizó la dinámica social, priorizó la agenda y cambió bruscamente el ritmo de vida de sociedades e individuos afectando empresas, gobiernos, instituciones, actividades sociales y personales.
Un día en casa ha sido la mejor de las experiencias que este gran flagelo nos deja como meditación y como enriquecimiento y lección. Aprendimos a valorarnos y valorar la vida de los demás, a compartir en familia sin consumir o comprar
El coronavirus también trajo otras revelaciones, desnudeces y crudas realidades como la pobreza, la indigencia, la diferencia social, los discursos maniqueos, los atropellos, las injusticias sociales, sobre todo, la irreverencia de muchos que su ignorancia los hace desafiantes y débiles a la vez.
Eso sí, la pandemia tampoco ha respetado países, gobiernos, dinero, raza, edades, géneros o religiones. Sin embargo, sabemos que hay poblaciones más riesgosas que otras, en su vínculo y contagio como las personas mayores de 60 años, sobre todo si posee algún mal o quebranto particular como hipertensión, diabetes, problemas coronarios o respiratorios. Su circularidad es rápida y un mecanismo de aislamiento se introdujo en el combate a la misma en tanto y se desarrolla la vacuna para neutralizarla: el aislamiento o cuarentena.
Esta reacción evita su propagación y la cadena de contagio, pero a la vez demanda mucha disciplina, solidaridad, convicción individual y responsabilidad ciudadana que es parece, donde ha fallado una parte de los lugares donde la pandemia ha dado fuerte y es precisamente este componente y actitud al que le he prestado mayor atención ante la impotencia para que no me contagie ni yo contagie a mi familia y las personas con las cuales me relaciono.
Si de antemano sé que debo aislarme de los conglomerados para evitar ser parte de la cadena y me exigen una cuarentena, en mi conciencia ciudadana, me obliga al aislamiento, compartir con los demás tendrá su momento, y reclutarme en casa, en familia, sería la mejor de las opciones.
Sucede que esta experiencia ha roto también paradigmas actuales acerca de la esencia del ser, nos ha puesta a pensar a qué nos ha reducido el capital y el comercio, que no sea a una máquina de consumo incesante y en una trituradora de consumo que ha transformado el tiempo de nuestras vidas en una trivialidad conductual y preferencial, en que valemos por lo que tenemos y no por lo que somos.
La realidad nos impuso un recogimiento para lo que no estábamos preparados y nos enfadaba más el reclutamiento que la lucha por evitar el contagio del coronavirus. Por eso a las sociedades más impactadas le acompañó el descuido y la indiferencia en momentos que se requería temple, disciplina, sacrificios y conciencia de lo que significaba y significa lo que está ocurriendo o por ocurrir.
Algunos mayores cuentan que el ciclón San Zenón golpeó más duro por la irresponsabilidad de la gente que al pasar la primera ráfaga, se distrajeron y la fiereza de sus vientos al retornar, encontró una parte de la gente en la calle celebrando, y en total descuido, causando un daño mayor. Algo podría ser repetido ante la indolencia y desenfreno de muchos ciudadanos, por demás, su descuido termina reproduciendo la cadena de infección y muriendo muchas más personas de las posibles.
Sin embargo, no todo se pierde ante la desventura y los días aciagos, pues sirven también para repensarnos, empequeñecernos y volver a valorar la vida, el tiempo, lo simple, la familia, el ocio o el tiempo libre que nunca será reducido al aburrimiento, pero también a ensimismarnos en nosotros y encontrarnos con nuestras debilidades y potencialidades, con son los significativos aplausos de cada noche a los médicos que exponen sus vidas para que otros se salven, a los que nos quedamos en familia para romper la cadena de contagio y derrotar el miedo a la vida de quienes se creen inmortales en medio de las más penosas miserias humanas y los más profundos sentimientos ruines del ser que ante lo inevitable, en vez de abrir los ojos y afrontar el reto, se rinden al divertimento, tal vez y solo tal vez, para esconder sus miedos y debilidades.
Los europeos que han conocido de muchas adversidades saben el hambre y la miseria de todo tipo que vivieron en la Segunda Guerra Mundial, por eso están más preparados, y por eso miden cada centavo que gastan, las sociedades a veces tienen que enfrentarse al dolor, para valorar la vida y todo lo que nos da gratuitamente.
Un día en casa ha sido la mejor de las experiencias que este gran flagelo nos deja como meditación y como enriquecimiento y lección. Aprendimos a valorarnos y valorar la vida de los demás, a compartir en familia sin consumir o comprar, a organizar lo más inmediato de nuestra vidas, la casa, a disfrutar y descubrir que juntos podemos vencer al miedo y los embates sociales, naturales o de salud por más grandes que sean, y que juntos podemos construir desde el silencio que nos obligan las circunstancias, lo más grande del ser humano como valor: la solidaridad, es decir, vivir para el otro y distribuirnos hasta el dolor y las ganas de vivir.
Por eso pregono a los cuatro vientos continuar luego que se retire de nuestros ambientes el temor de la pandemia, un día en casa, con menos dependencia con el celular y la computadora, la televisión y la radio, dándole prioridad a la palabra, los gestos, sin agenda para ese día que no sea quedarnos en casa en piyama, conversando, cocinando, ordenando, limpiando, arreglando lo que haya que arreglar, en la menta y en el espacio, pero lejos del mundanal…para ver si ese día además de estar en casa, dejamos que la naturaleza se repose de nuestras irreverencias para con ella, que de seguro lo agradecerá.