Recientemente, el editorialista de un diario de circulación nacional recibió la siguiente historia:

Un inspector de educación visita una escuela pública. Para su sorpresa, encuentra a la profesora de un curso, detrás del pupitre, agobiada por el desorden general producido por su alumnado. Cuando el inspector le interroga sobre la situación, la profesora responde:

"Estoy abrumada señor. No sé qué hacer con estos chicos…No tengo láminas, no tengo libros, la Secretaría no me manda material didáctico, no tengo recursos electrónicos, no tengo nada nuevo que mostrarles, ni qué decirles"…

Al ver un corcho sobre el escritorio, el inspector lo tomó e interrogó al alumnado sobre lo que tenía en su mano:

"Un corcho señor", gritaron los alumnos. "Bien, ¿De dónde sale el corcho?". "De la botella señor. Se lo pone una máquina…". "Del alcornoque… de un árbol"… "De la madera…", respondían los niños. "¿Y qué se puede hacer con madera?", continuaba el docente. "Sillas…", "una mesa…", "¡un barco!". "Bien, tenemos un barco. ¿Quién lo dibuja?… ¡Yo! ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito?… ¡Yo! ¿A qué provincia pertenece? ¿Y cuál es el puerto más cercano? ¿Qué poeta nació allí? ¿Qué produce la región?

Y luego de "darle una clase de historia, de música, economía, literatura y religión", el inspector se marchó dejando una profunda impresión en la profesora.

Luego de un año, nuestro inspector volvió a la escuela y visitó a la misma profesora. Para su sorpresa, se encontró con el mismo desorden que había encontrado la primera vez. Inquiriendo a nuestra profesora sobre si no se recordaba de él, ella le respondió:

"Sí señor, ¡Cómo olvidarme! Qué suerte que regresó. No encuentro el corcho. ¿Usted se lo llevó?"

Esta narración nos cuenta una historia moral sobre la importancia de la vocación y a lo sumo, podría pensarse, sólo peca de simplona. Pero a ella subyace un peligroso supuesto que ha contribuido a conformar una concepción ideológicasobre la educacióndominicana defendida desde ciertas instancias de poder, desplazando la responsabilidad de los administradores y creadores de políticas públicas hacia aquellos que son víctimas de las deficiencias de  las mismas. Según este supuesto, el profesor debe ser un maestro con una especie de vocación y talento excepcionales, aparentemente ajenos a todas las otras profesiones. El talento y la vocación del docente deben predominar sobre las pésimas condiciones en las que realice su trabajo, por lo que debe triunfar sobre las adversidades presentes en el proceso de  formación de su alumnado. Si éste no consigue aprender, no valen las excusas, al final, la responsabilidad principal es del profesorado.

Sin embargo, los supuestos de esta concepción son falsos. No discuto la existencia de docentes capaces de enseñar en las condiciones más adversas, ni la existencia de personas con capacidades pedagógicas por encima del promedio. Pero precisamente, por ello, son excepcionales, fuera de lo común y un sistema de enseñanza no puede diseñarse, ni sustentarse,  sobre la base de la existencia de tales excepciones.

Exhorto a mis lectores a reflexionar lo siguiente. Nos dedicamos a distintas actividades en las que existen referentes excepcionales. Quienes se dedican a la arquitectura, encuentran en ella a prototipos como Gaudí o Le Corbusier; si se desempeñan en  la informática, tienen referentes excepcionales en Bill Gates o Steve Jobs; si ejercen la psicología, sus referentes excepcionales pueden ser Skinner o Piaget; y así sucesivamente. Hablamos de  referentes personales, que, por la dimensión extraordinaria de sus obras, se convirtieronen ideales. Esto impide que sean un modelo para la evaluación del trabajo cotidiano de sus distintas profesiones.

Y del mismo modo en que estas personas se convirtieron en referentes a partir de un entorno estimulante, una formación excepcional y recursos disponibles, nos desenvolvemos en nuestra vida profesional partiendo de una formación previa, de un entorno y de unos recursos que hacen más viable o no nuestros proyectos profesionales. ¿Debemos esperar que la profesión docente carezca de  los mismos requisitos?

¿Basta con la vocación? La vocación es un supuesto y es necesaria para desempeñarse eficazmente en todas las profesiones. Pero por sí sola, no basta. Por otra parte, entendida como voto de sacrificio, está fuera del contexto de la dinámica de  las sociedades modernas.

Una parte muy influyente de la opinión pública sigue imaginando al profesor de escuela desde la perspectiva provincial del  individuo  con  "cualidades humanas excepcionales" que se sacrifica día a día con el objetivo de formar a la juventud a costa de su calidad de vida. Es la imagen campechana del docente, perteneciente a un mundo donde no existían comunidades científicas, ni rankings internacionales de evaluación.Esta imagen debe ser reemplazada por una perspectiva profesionalizante de la enseñanza. Esto implica promover un modelo donde el sistema educativo sea un propiciador de  las condiciones para una educación de calidad, donde eldocente sea un experto que,al igual que cualquier otro profesional, poseaun salario competitivo, de unos recursos óptimos para llevar a cabo su misión y de un entorno psicológico y social estimulante; en síntesis, de una calidad de vida con las mismas características que asociamos a las profesiones socialmente más exigentes y  meritorias.

Responsabilicemos de  la situación de nuestra educación a quienes tienen el poder de trazar las políticas públicas sociales y educativas. Y también, aprovechemos el próximo año  para iniciar la desmitificación de  las narrativas que, exonerando de la responsabilidad a quienes son los principales culpables de la mediocridad del sistema educativo dominicano, nos cuentan sobre el panaderoque puede hacer pan sin harina, o sobre el pilotoque puede volar sin aviones.