A pesar de estar profundamente convencido de que la sinceridad es menos rentable que la hipocresía y que en la vida social los amables embustes de la cortesía son preferibles a la verdad desnuda, voy aventurarme a expresar algunas consideraciones sobre una evidencia que llama poderosamente la atención y que hasta el momento no ha sido ponderada con el debido interés por nuestros analistas políticos o literarios.

Cuando al amanecer de un día de mayo de 1961, en calzoncillos de fina seda italiana y un vaso de ginebra en la mano derecha, el dictador Trujillo le dijo a Don Cucho Alvarez y Paíno Pichardo en el comedor del yate "Angelita" fondeado en el puerto de Barahona la conocida frase "los dejo, y pronto", ignoraba el sátrapa el brillante futuro que le aguardaba en las letras dominicanas.

Aunque siempre pensó que a raíz de su desaparición el nombre suyo y de sus familiares serían retirados de calles, avenidas, parques, escuelas, hospitales, montañas y provincias, jamás pudo sospechar la constante presencia que tendría entre los escritores nacionales de todo género – novelistas, ensayistas, biógrafos, historiadores y cuentistas – si tenemos en cuenta el abrumador número de obras que se han publicado sobre él y su régimen desde que cayó abatido la noche de San Fernando.

Si a diferencia del llamado pequeño César del Caribe, Juan Bosch exhibió en todos los órdenes de su existencia una inmaculada hoja de servicios y murió en ceremonioso olor de santidad, tengo la impresión de que su figura histórica jamás tendrá sobre los reclusos de la pluma – extranjeros y criollos – la proyección, el protagonismo que ha tenido su contrafigura; este acontecimiento me ha invitado a la redacción de este artículo.

Se argumentará que su fallecimiento es relativamente reciente, lo cual explicará la escasa cantidad de trabajos publicados hasta ahora y que el porvenir no solo le tiene garantizado un espacio en el panteón nacional, sino que sus fructíferas ejecutorias como profesor, presidente y escritor concitarán el entusiasmo de las generaciones venideras, esperándose de un momento a otro que su novelizado amigo Gabriel García Márquez pronto nos obsequie con una obra de su ejemplar existencia.

Quienes así piensan desconocen algo fundamental en el oficio de escribir como lo es el atractivo que debe tener una persona real o imaginaria, para convertirse en el protagonista – héroe o antihéroe- de una obra, es decir, cuáles son los aspectos personales que mas seducen de un individuo para que el mismo represente una fuente de inspiración para un biógrafo, novelista o ensayista, quienes con posteridad serán capaces de persuadir con su estilo a los potenciales lectores.

Entre otras, hay dos facetas que deben encontrarse en un personaje para que impacte la sensibilidad siempre extravagante de un personaje de la pluma: la primera es que desde el punto de vista literario atraen más los defectos de una persona que sus virtudes y la segunda, que si paralelamente dicho personaje tiene sobre sus semejantes un poder de vida o muerte, eso lo hace fascinante, cautivante, ya que en el fondo casi todos los humanos aspiramos a poseerlo.

Conozco personas tan benévolas, tan rabiosamente normales que hasta podemos predecir su comportamiento bajo las más disímiles circunstancias, los cuales son ideales para hacerles una buena semblanza durante el otorgamiento de una placa al momento de su retiro o un lacrimoso panegírico en el curso de su enterramiento, pero nunca encandilarán la imaginación de quienes tengan la escritura por oficio o pasajera afición.

Son aquellos caracterizados por llevar una vida rebosante de brusquedades y cuyos defectos convierten su existencia en una permanente montaña rusa los que resultan más encantadores, ya que sus sobresaltos, en ocasiones absurdos e increíbles, le confieren al ejercicio de escribir un dramatismo, un suspense íntimamente ligados a la intención primordial de la literatura de todos los tiempos: entusiasmar al lector.

Si a esto le adicionamos el ser un señor de horca y cuchillo como lo fue Trujillo, venido a la Tierra para hacer de ella el infierno de mucha gente, y a cuya persona la ignorancia popular le confirió poderes que el hombre por lo general solo le atribuye a los dioses, estamos en presencia de un personaje que despertará curiosidad y deseos de escribir de aquellos que utilizan la palabra escrita como forma artística de expresión.

Todo dominicano medianamente culto sabe el poderoso influjo que los dictadores han tenido sobre la fantasía de novelistas de prestigio mundial como son las obras "El tirano banderas" de Valle Inclán; "El recurso del método" de Alejo Carpentier; "El señor Presidente" de Miguel Angel Asturias; "Yo el supremo" de Augusto Roa Bastos; "El otoño del patriarca" de Gabriel García Márquez, y "La fiesta del chivo" de Mario Vargas Llosa, entre otros.

El mismo Bosch se sintió seducido por la avasallante figura del déspota y escribió él nada menos que cuatro trabajos: "Trujillo: causas de una tiranía sin ejemplo", "La fortuna de Trujillo", "Dictaduras dominicanas" y "Póker de espanto en el Caribe", y en el siglo XIX descubrimos que el honesto y demócrata Ulises F. Espaillat ha inspirado a pocos autores, mientras que el absolutismo de Santana y Lilís  ha hecho correr ríos de tinta y consumido toneladas de papel.

Bosch siempre será citado por autores conscientes de sus valores humanísticos y representará sin dudas un referente obligado cuando se escriba sobre la historia social, política y cultural del país, pero su rigor ético, su lucha a favor de la paz, su respeto a la vida de los demás y su convencimiento de que el triunfo no es la mejor medida de los hombres, no arrebatarán la imaginación de quienes utilizan como materia prima de su actividad la desgracia, la infelicidad de los humanos.

Américo Lugo y Pedro Henríquez Ureña, no obstante estar dotados de sobresalientes cualidades personales, han tenido en nuestra literatura el mismo destino que tendrá el autor de "Judas Iscariote: el calumniado", atreviéndome a jurar, que si el fundador del PRD y el PLD escribió sobre este último y no sobre los virtuosos once apóstoles restantes, obedeció en exclusividad a lo que sostengo en este artículo, es decir, al gran defecto o vicio cometido al final de su vida: la traición.

Este trabajo puede quizás ser interpretado por los trujillistas nostálgicos como una victoria póstuma del tirano sobre Bosch y por los partidarios del relativismo social como un testimonio de que las cosas por muy malas que sean siempre tienen su lado bueno, y el hecho de que un texto pueda admitir lecturas diferentes es una de las razones mediante las cuales desde hace mucho tiempo prefiero las verdades de la literatura a las paradojas de la vida.