El otro día me antojé de comer unas toronjas.  Al verme,  mi hijo menor las probó y las quiso comparar con el limón y la naranja.  Me decía desde su visión infantil: “Se parecen, pero son distintas”.

Hace dos semanas el Banco Interamericano de Desarrollo publicó el “Índice de Mejores Trabajos”, donde compara los mercados laborales de 17 países a partir de una serie de indicadores con los que establece y compara dimensiones relativas al empleo.  El documento me remitió a la analogía de mi hijo con los cítricos.  Todos son cítricos, pero ¿Son lo mismo?

Las nociones de trabajo y de empleo se construyen desde una concepción de la organización social y productiva de la sociedad.  La noción de trabajo cambia según la sociedad y la historia.  Para los griegos el trabajo era un aspecto secundario y propio de los esclavos.  Para los romanos el trabajo remunerado era despreciado y en ese sentido, el salario representaba el precio de la esclavitud.

Estas circunstancias discurren con pocos cambios durante la edad media, donde la influencia del discurso religioso generó una visión más dignificante del trabajo, si bien éste era reservado para los siervos.

La preeminencia del pensamiento burgués, la expansión de la reforma religiosa, junto a la ética protestante, provocaron una dinámica que se expresó en cambios en la concepción del trabajo.  Este fue reconocido como fuente de valor y de riqueza.  Con la organización de los gremios de artesanos al final de la edad media; el advenimiento de la modernidad, el desarrollo de la manufactura y el predominio del capital, surge el trabajo asalariado.

Los gremios ceden ante la propiedad individual y la presencia del capital; el viejo trabajador artesanal deviene en obrero, dueño solo de su fuerza de trabajo; se hace dominante la relación contractual donde el capital fija el precio al trabajo y establece la construcción jurídica que define al empleo.

Con el surgimiento de la llamada organización científica del trabajo, se empiezan a utilizar los principios de la ciencia tanto en la producción como en la reorganización del trabajo; los cambios que se generan, al final del siglo XIX y principios del siglo XX, especialmente en el campo de la producción manufacturera, establecen una separación cada vez mayor entre el trabajo manual y el intelectual.

Con la introducción creciente de las máquinas y del trabajo humano repetitivo y rutinario, todo fue atravesado por la concepción mecánica del mundo y del progreso.  Desde esta visión se implanta la cadena de montaje que permite elevar el flujo productivo, la productividad y la producción.  Este evento es la base de la producción en masa, fenómeno que impactará la racionalidad económica, política y social durante el siglo XX.

Esta forma de concebir el trabajo y el desarrollo tecnológico, facilitaron la expansión industrial y el incremento de la eficiencia, también provocó crisis más recurrentes de sobreproducción, la cesantía de miles de trabajadores, luchas por las jornadas laborales, por salarios mínimos, el New Deal, etc.  El impacto en todo el ámbito económico, social y político era evidente.  Y así, los temas del empleo y el  desempleo se convirtieron en elementos que entraron con fuerza en la ecuación económico social.

Para el pensamiento económico actualmente dominante, tributario de la escuela neoclásica, cierto nivel de desempleo es necesario para contener la inflación y nos habla de la “tasa natural” de desempleo.  Natural para mantener a raya los salarios y por supuesto, a los empleados y trabajadores.

Durante la producción en masa la concepción del trabajo y del empleo remitió a elementos bien definidos, centrados en variables que definían el empleo como una relación contractual muy clara.

La crisis de esta modalidad de producción en masa frustró el sueño de trabajo estable.  De repente el desempleo se hizo tan común, que se transformó en un mal con el que hay que convivir porque no tiene solución.  Las metáforas y cuentos de hadas que nos enseñaron en la escuela, ya no son posibles.

Surgieron nuevas formas de organización del trabajo y de la producción, y con la incorporación de la tecnología, aparece otro tipo de relaciones sociales de producción, que fenoménicamente toman la apariencia de teletrabajo, tercerización (out sourcing), autogestión, o un autoempleo que va desde el chinero de la esquina hasta el profesional liberal de más alto vuelo.  Todas indican una forma de trabajo con altos niveles de flexibilidad.  Son situaciones que la categoría “empleo” no puede explicar adecuadamente; por eso, se habla de “ocupación” como nueva referencia laboral.

¿Es posible imaginar una sociedad que permita un empleo digno a quienes quieran trabajar, que les garantice sus derechos, que eleve su calidad de vida, o al menos evite su deterioro económico?

Esto en República Dominicana parece casi utópico, por el peso elevado del trabajo informal y la precarización de los puestos de trabajo.  Con la transformación del empleo en ocupación, la perspectiva cambió para siempre, sin importar la calidad, lo relevante es que la mayoría de la gente esté ocupada.

El trabajo, el empleo y la ocupación, son conceptos distintos.  Actualmente la organización de la producción se sustenta en nuevas formas de flexibilidad del trabajo y del proceso de circulación previo a la producción.  Esta lógica productiva no ha podido generar niveles de empleo, ni de ingresos que permitan elevar la calidad de vida de la población.

Pero la “mano invisible” es el motor del sistema neoclásico, y ella manda a que debemos ser pacientes y austeros, que nuestra conducta nos llevará de nuevo a la prosperidad.  Es así que el “curso natural” de los acontecimientos reside en que el Estado no intervenga en la economía, sin importar cuanto se agrava la crisis. 

Para el pensamiento neoclásico, pensar en “pleno empleo” en sentido estricto es una distorsión del mercado, la “tasa natural” exige el desempleo suficiente para que los trabajadores, por miedo a quedarse sin trabajo, acepten reducir sus exigencias laborales, esto lleva al equilibrio de los salarios y al ajuste de la oferta y demanda de empleos.

Esta lucha por el “equilibrio” entre salarios y empleos define el mercado laboral de hoy.  La lucha se expresa en leyes laborales, protecciones legales (horas de trabajo, trabajo infantil, protección de la mujer), y en cualquier política orientada a garantizar universalmente sistemas de salud, educación, vivienda, seguro de vejez, etc.

El “Índice de Mejores Trabajos” del Banco Interamericano de Desarrollo me movió a preguntar:  ¿A qué se refiere cuando habla de trabajo, empleo u ocupación indistintamente? ¿Toman los indicadores debida cuenta de las diferencias entre cada concepto?