Se aproxima la celebración de la maternidad, esa función que nos acerca a Dios en la posibilidad de poder gestar vida en nosotras. Pero al mismo tiempo, como para que el ego no se infle mucho, luego del nacimiento de la criatura nos deja a flote todas las imperfecciones que como humanas tenemos.
Y de eso se trata este artículo, de atrevernos a mirar con ojos más reales a esa mujer que es madre, a desmitificarla, a destruir esa figura idealizada que nos aleja de nosotras mismas y de los demás.
La mujer ha cambiado y con ella su rol de madre y qué bueno, pues ha surgido una nueva versión, mejorada, más ampliada, humanizada.
Es una madre que no se deja ya manipular de la culpa por creer que ella es la única responsable de todos los males de la familia. Que si las cosas salen bien "solo cumplí con mi obligación" más si salen mal "es porque hice tal cosa o no hice lo suficiente".
Es la madre que ya no está dispuesta a oler los pantaloncillos de los hijos y del marido a ver si están sucios para echarlos a lavar.
Esta nueva madre organiza las fiestas de cumpleaños de toda la familia, y también la de ella, ha aprendido a decir "no puedo" o "no quiero" y a ser más sincera con sus propios sentimientos.
Una madre que ya no está dispuesta a recoger los regueros de toda la familia porque tiene un concepto más acabado sobre la justicia y la colaboración.
Es la madre que está dispuesta a hacer la comida los domingos y que exige que los otros frieguen los platos sucios o preparen el postre.
La madre que se ocupa de los demás y se entrega, más al mismo tiempo piensa en ella y se reserva espacios propios de disfrute.
La madre que además del tema de los hijos y la pareja gusta de hablar de su trabajo, la economía, la globalización o discutir un buen libro con un grupo de amigas.
La que es capaz de desvelarse toda la noche por la fiebre de uno de sus hijos y también por preparar un proyecto importante de su trabajo, escuchar a una amiga en problemas toda la noche o bailar hasta el cansancio con su pareja.
La madre que no se esconde frente a los hijos con aires de omnipotencia, sino que se acepta imperfecta y les sabe pedir perdón cuando ha fallado.
Que tiene la libertad de verbalizar que no le gusta ir al supermercado y ser una perfecta cocinera, más vigila con amor la alimentación y la salud de la familia.
Que acepta cuando ha dejado de ser amada o ha dejado de amar.
Una madre que ríe, canta en un karaoke, que vive con menos miedos, que se enfrenta a la soledad y no negocia su dignidad por mendingar compañía.
En fin, una mujer que se ha dado el permiso de ser persona antes que todo pues ha entendido que en la medida en que crece como ser humano será mejor madre y compañera.
Solo falta que los demás lo entiendan y a puro pulmón, vamos en camino…