Los dominicanos tenemos la dicha de vivir en un país verdaderamente hermoso. Y es nuestro. Quizás es lo más valioso que tenemos. Muchas veces, mirando tanta pobreza y problemas sociales e institucionales, tanta basura, desorden, corrupción y tanto alboroto, pienso que sería  difícil vivir en este país de no ser porque es tan bello.

Por eso, mientras resolvemos tantos problemas a esta media isla, al menos salvemos su belleza. Porque hay mucho qué salvar. Aún en una ciudad tan inhóspita como Santo Domingo, los árboles crecen frondosos con una facilidad increíble, y por las noches su follaje se convierte en refugio de cientos y miles de pajarillos, que da gusto al amanecer escuchar su cantar (o su conversar). Señal de que perciben que todavía se puede vivir aquí. A pesar del ambiente contaminado por este tráfico infernal, los ruidos de las plantas eléctricas y los colmadones.

Y si eso es en Santo Domingo, todo ese deleite del alma se multiplica cuando se recorren los caminos y carreteras del país y, particularmente, las playas y montañas. Es un enorme placer subir a las montañas del país y encontramos un espacio (Villa Trina, por ejemplo) de donde disfrutar de la vista panorámica de un valle como el Cibao. Y así ocurre con casi todos nuestros pueblos de montaña.

De modo que todavía hay mucho que salvar. Nuestra foresta y su capacidad de regeneración ante los desastres provenientes de la barbarie humana o los fenómenos naturales, debe ser la envidia de muchos otros países. Pero podríamos perderlo todo si seguimos como vamos.

Por lo pronto, lo ideal es que a ningún gobierno se le ocurra nunca volver a construir una presa hidroeléctrica. Tengo la impresión de que aquí las presas se construyen exclusivamente atendiendo a su viabilidad técnica.  Alguien ve una corriente de agua en una montaña, en un lugar apropiado para represarla y ahí se toma la decisión. Sin ninguna consideración a su rentabilidad económica y mucho menos a su impacto ambiental.

Y después que se interviene una montaña virgen, donde se construye una buena carretera para el acceso y el transporte de personas, equipos y materiales; generalmente el contrato recae sobre una compañía grande (extranjera casi siempre), que requiere dotar de electricidad, agua, vivienda y otros servicios a los ingenieros y al resto de personal que se asienta en el lugar, es una ilusión pretender que esa montaña va a volver a la virginidad cuando termine la construcción.

Disfrutando de esa infraestructura que envidiarían muchas zonas rurales del país, lo lógico es que los campesinos establezcan asentamientos humanos permanentes, con su consecuente agricultura conuquera, crianza de reses, cerdos y chivos, deforestación y erosión de la tierra, arrastre de sedimentos por cañadas, arroyos y ríos y colmatación de la presa. En poco tiempo, se pierde la inversión e irremisiblemente la virginidad de la montaña. Es una ilusión creer que unos guardias o policías dominicanos van a impedir que ello ocurra.

Solo pensemos en cuanto nos costó ese complejo Jagüey y Aguacate: cuánto desperdicio de dinero, sufrimiento, miseria, y hasta suicidios cuando Balaguer se equivocó respecto al dinero de que disponía y hasta dónde podía construir cosas, se agotó el presupuesto público, se abandonaron los servicios sociales, se acabaron las reservas en divisas, se dejó de pagar la deuda y se convirtió en un lujo beber café con azúcar, y hasta comer espaguetis, por no contar las filas para conseguir gas propano, gasolina o un poco de luz eléctrica.

Y ver en qué situación se encuentra ahora ese complejo, con toda la inversión requerida a ver cuándo podrá volver a generar electricidad. Porque el lago o la central hidroeléctrica está lleno de piedras, lodo y arena. Cuando probablemente con una fracción muy pequeña de la inversión que se hizo se hubiera comprado una planta que produjera toda la electricidad que ha generado, y seguramente el costo de oportunidad de ese dinero es mayor que el costo de todo el combustible que habría consumido.

Por otro lado, sería maravilloso pensar en la posibilidad de que el país pudiera volver a repoblar sus montañas de café y cacao. Hace algunas décadas estas plantaciones constituían un componente fundamental de la capa forestal del país, con el beneficio adicional de ser fuente de ingresos para los campesinos. Particularmente el café, por cultivarse en zonas más altas.

Pero eso no deja de ser un sueño. Fuera de los múltiples problemas de la agricultura, entre ellos plagas y enfermedades, habría que conseguir borrar de la memoria histórica de los campesinos los efectos de aquel recargo cambiario con su claro mensaje: cuando la moneda está revaluada (como ahora), la pérdida es para el agricultor; pero cuando se devalúa, la ganancia va al Estado. Y aquella famosa ley de impuesto a los "precios excesivos": cuando el precio mundial está bajo, pierde el agricultor, y cuando el precio sube, gana el fisco. Así no se puede.