En el capítulo La Función de los Precios de su libro Economía Básica, Thomas Sowell plantea desde el inicio que en una economía de mercado éstos constituyen la guía para que los individuos tomen decisiones para asignar los recursos escasos.  La coordinación de las actividades económicas ocurre sin órdenes de una autoridad, como ocurría con un señor feudal o con los planificadores de la Unión Soviética, siendo la vía los términos acordados voluntariamente por cientos de millones de transacciones diarias entre individuos en diferentes roles.

Esas señales de precios son las que permiten asignar recursos escasos a las tareas que permiten exitosamente llevar alimentos de Brasil a Londres, a Estados Unidos zapatos hechos en remotas islas del Pacífico y los pollos de Kentucky Fried Chicken al área de venta de una plaza comercial en Shanghái. Esto debería ser suficiente para rendir a los precios libres pleitesía todo el día, pero es común que sean calumniados por muchos de quienes no pueden adquirir bienes que se entiende tienen un precio muy alto, por ejemplo, una casa frente a la playa.

Thomas Sowell explica bien que mientras sea mucho menor el número de casas con vistas al mar que la cantidad de personas que quieren sentir sin caminar mucho “las arenas de la playa entre los deditos de los pies”, como decía un colega amigo en el Banco Central, los precios altos simplemente estarán reflejando esa realidad. Hay menos casas que personas deseándolas sin importar la forma en que esté organizada la sociedad. En una dominada por camaradas populistas pasaría esto:

“Si al gobierno hoy se le ocurriera un «plan» para el «acceso universal» a las casas de playa e impusiera «un tope máximo» de precios a esas propiedades, seguiría habiendo muchas más personas que propiedades en la playa. En ausencia de precios, con una población y una cantidad de casas de playa determinadas, el racionamiento se tendría que dar por decreto burocrático, favoritismo político o por azar, pero de cualquier manera habría racionamiento. Incluso si el gobierno decretase que las casas de playa son un «derecho básico» de todos los miembros de la sociedad, eso no afectaría la escasez subyacente en lo más mínimo.”

Otro aspecto interesante que destaca Sowell es que de las buenas noticias sobre las tiendas con productos recién llegados de más calidad y a precios menores la gran mayoría de los consumidores no conoce los detalles. A excepción de aquellos que más se comentan en medios o redes no es normal indagar pormenores.  Con un computador que viene con nuevas funcionalidades, por ejemplo, “los consumidores no necesitan saber cuán específicos son dichos adelantos, porque los precios les transmiten los resultados finales, y eso es todo lo que requieren para tomar sus decisiones, acrecentar su productividad y mejorar su nivel de vida, con el uso de ordenadores.”

Thomas Sowell

¿Pero no son los precios un invento de la burguesía para garantizar la obtención de lucro capitalista? Este es otro de los mitos que destruye Sowell en su libro. El sistema capitalista es de ganancias y pérdidas, tal como demuestra la volatilidad de las listas de las empresas más grandes que se publican en Forbes. La ventaja para la sociedad de que los empresarios disfruten privadamente de las ganancias que representa su derecho de propiedad sobre el residual de la operación que pone en marcha y que también sean ellos que asuman las pérdidas es la siguiente, en palabras del autor:

“Las pérdidas son tan importantes como el lucro para la eficiencia de la economía, porque informan a los productores lo que deben dejar de hacer, aquello que no tiene sentido producir, dónde hay que parar de asignar recursos y en qué no invertir un dólar más. Las pérdidas obligan a los empresarios a dejar de producir lo que los consumidores ya no quieren. Sin saber en verdad la causa que mueve a los consumidores a preferir una combinación de características frente a otra, ellos automáticamente producen más de lo que genera lucro y menos de lo que ocasiona pérdida, lo que equivale a producir lo que desea el consumidor y abandonar aquellos bienes que el consumidor ya no desea. Desde el punto de vista de la economía, a pesar de que los empresarios están interesados tan sólo en sí mismos y en sus compañías, la sociedad en su conjunto termina usando sus recursos escasos de manera más eficiente porque sus decisiones están siendo orientadas por los precios.”

Esta noble función de los precios libres y operar con ganancias/pérdidas privadas está siempre en peligro en economías mixtas donde gobiernos controlan actividades económicas con buropresarios designados por decreto. En aquellas también donde cobran impuestos e imponen controles de precios que destruyen emprendimientos al mismo tiempo que subsidia a manos llenas otros que necesitan la muleta de un incentivo fiscal y, por supuesto, libertad de precios para lo que venden. En peligro cuando el poder político pone murallas arancelarias al libre intercambio de derechos de propiedad sobre bienes con nacionales de otros países, permiten operar monopolios ilegales en servicios claves (transporte de mercancías o pasajeros) o dejan que oligopolios sean efectivos en evitar competencia y disfruten de impunidad en la colusión de precios. Ese es un camino que, tal como advierte Mises, va conduciendo a las sociedades al socialismo. Si, a ese sistema donde una casta de plutócratas camaradas termina gobernando por muchos años con dictadura o con el apoyo electoral de los imbéciles que convirtió en mayoría.