Teoría Política de la Corrupción. Concepto de corrupción (2)
¿Qué se entiende por corrupción? Según el Diccionario de la Real Academia Española, es la “acción y efecto de corromper o corromperse”. Y corromper es “alterar y trastocar la forma de alguna cosa”. “Echar a perder, depravar, dañar, podrir”.
Aunque se pueda definir de muchas maneras existe un elemento sustancial que prevalece siempre en los diferentes significados, la corrupción es un comportamiento que se desvía de una norma existente o que se considera que debe existir en diferentes ámbitos y específicamente en el político: obtener ganancia privada a expensas de lo público.
En muchos casos se la asocia a ganancia en dinero pero puede tener otras formas, como la promoción profesional, sin que medien méritos para ello, los nombramientos discrecionales de familiares y amigos para puestos públicos, la información confidencial, etc. etc. Cierto es que casi todas las formas de corrupción concluyen en ganancias en dinero, en poder, en privilegios o en estatus a costa del interés público.
La corrupción política sería todo aquello que corrompa lo que es esencial en la teleología política, que sería obtener el poder para actuar en bien del interés público. Como existen muy diversas concepciones de cómo se logra ese bien o interés público, baste con señalar que, en sentido contrario, ese interés no se logra utilizando los resortes del poder en beneficio personal y anteponiendo el interés personal, de su grupo, o privado, al público.
Hay que destacar que toda práctica corrupta es una conducta ilegal ya que se opone a la legalidad existente y a los valores que norman la legalidad pública, cuyo fin es la búsqueda del interés público de los administrados, de los ciudadanos. Pero además de una ilegalidad, es un acto contrario a sus deberes y obligaciones al detentar una posición de autoridad que conlleva la toma de decisiones en pro del interés general.
John Rawls afirma que quien asume un cargo público está obligado con respecto a sus conciudadanos cuya confianza ha buscado y con quienes coopera en la gestión de una sociedad democrática…Adquirimos obligaciones a través de promesas y de acuerdos tácitos…de jugar de acuerdo con las reglas” (Teoría de la Justicia, 2006, Mexico, FCE,).
Se ha querido teorizar que la corrupción es algo consustancial con los regímenes políticos donde no ha habido una evolución legal-estatal, es decir, donde la modernización es incipiente y el capitalismo está poco desarrollado. En ese sentido Max Weber señalaba: “El dominio universal de la absoluta inescrupulosidad en la búsqueda de intereses egoístas para hacer dinero ha sido precisamente un rasgo muy específico de aquellos países cuyo desarrollo capitalista burgués ha permanecido rezagado de acuerdo con las pautas del desarrollo occidental” (La ética protestante y el espíritu del capitalismo,1975, Península, Barcelona)
Está ya harto demostrado que los actos corruptos no son necesariamente más notorios en estos tipos de países, está muy claro que quizás el número de actos corruptos sea más extenso y generalizado en ellos, e incluso que haya más tolerancia hacia la corrupción.
La realidad es que, en los últimos tiempos, los actos de corrupción más relevantes y que han producido consecuencias más extensas a nivel mundial, se han producido desde el sector privado, aunque con la anuencia o por los fallos en la regulación o supervisión de los Estados de los países capitalistas más evolucionados. De modo que la tesis de Weber se ha venido abajo con la supremacía del capitalismo especulativo y la llamada economía de casino.
Otra teoría política intenta es ligar la corrupción a los regímenes políticos autoritarios o dictatoriales. Carl J. Friedrich ha tratado de buscar una correlación entre el grado en que los gobiernos son consensuados o no, y las prácticas de la corrupción política. Así, mientras menos control exista sobre las prácticas de un gobierno por los tribunales independientes, por la opinión pública, por los partidos organizados, por el Parlamento, etc., habrá más tendencia a cometer actos corruptos. En ese sentido la corrupción sería una manera normal de funcionamiento en los sistemas totalitarios donde el control del poder es casi igual a nulo.
Ahora bien, puede darse una deriva corrupta en gobiernos que se han formado de manera democrática pero que han ido degenerando hacia maneras autoritarias. O como escribe Friedrich: ”en aquellas situaciones en donde una apariencia de consenso oculta la realidad coercitiva, hay que contar con la corrupción. El poder del que se supone que es ejercido con el consentimiento de los gobernados pero que se ha transformado en coacción en grado considerable, conduce a la corrupción” (The Pathology of Politics: Violence, Betrayal, Corrupción, Secrecy and Propaganda, 1972,NY, Harper & Row)
Se podría, sin duda, apelar a la famosa máxima de Lord Acton de que todos los poderes tienden a corromperse y el poder absoluto se corrompe absolutamente. Debido a la depravación moral que causa el poder en la mayoría de los hombres y especialmente cuando los mismos creen que se encuentran por encima de las leyes, que pueden actuar con impunidad, y que no hay controles que puedan desvelar y sancionar sus fechorías y abusos de poder.
Dicho esto, entiendo que, sin negar la ecuación menos control democrático= mas propensión a cometer actos políticos corruptos, no entiendo que sean siempre los regímenes autoritarios más corruptos per se que los democráticos, aunque esté inclinado a avalar esa hipótesis de trabajo.
Los hechos vienen a demostrar que en los regímenes democráticos hay un amplio espacio para la corrupción política y esto se ha potenciado más con el fenómeno concomitante de una especie de “cultura de la desfachatez y del cinismo político”, que nos inunda.
Esa especie de dejación de los valores públicos por los políticos y su aceptación de los valores del lucro rápido, (del beneficio y el ganar como meta suprema), trae aparejado un naufragio de los valores políticos y éticos del servicio público.
Con políticos que no comulgan con los valores del interés general lo que predomina es la búsqueda egoísta del triunfo político y del beneficio económico como estadio superior de la política, entendida de una manera cuasi gansteril: hay que ganar por cualquier medio, a través de no importa que acciones dolosas o fraudulentas, porque ganar es todo y perder es la nada absoluta.
No se logra comprender que la política no es siempre una suma cero, que aún no ganando, no se pierde todo, que en la política democrática la oposición parlamentaria tiene un papel relevante y que hay muchos espacios políticos, administrativos, públicos que pueden ser ocupados por los que han “perdido” y que constituyen también poder, espacios o zonas de poder, que no se pueden minusvalorar.
Otra manera de enfocar el asunto de democracia y corrupción es la que nos propone el catedrático de Derecho Administrativo Alejandro Nieto, quien señala que aunque él está dispuesto a aceptar la imposibilidad lógica el sintagma “democracia corrupta”, esto lo hace con todas sus consecuencias lógicas, es decir, si en la democracia hay corrupción y eso se demuestra esto significaría que “donde hay corrupción no puede haber democracia”.
Ya que la corrupción va destruyendo la democracia. Las dictaduras no pueden corromperse –son de sí formas políticas corrompidas- pero las democracias sí pueden hacerlo. Y vaya si lo hacen.
Me parece muy aleccionador transcribir un párrafo del autor citado anteriormente, aunque sea algo radical en su formulación, porque es justo en su esencia: "La corrupción no ataca al Estado en general…pero sí al Estado democrático. El Estado corrupto no es un órgano de representación popular ni un aparato de gestión de intereses públicos y generales sino un aparato de producción de rentas (de beneficios, de acumulación de riqueza y de capital,CBE). El consumatum est de la desaparición de la democracia tiene lugar el día en que a la citada frase de “todos hacen lo mismo”, se añade esta otra de “siempre ha habido corrupción y siempre la habrá”: porque la democracia es ilusión, no resignación… no es lícito llamar Estado democrático a un garito de fulleros” (Corrupción en la España democrática,1997, Ariel, Barcelona).