En la tarde del pasado 5 de enero, cuando se registró el primer temblor de tierra significativo de este año con epicentro al noroeste de la ciudad de Baní, acompañé a un equipo de televisión que se interesó en ir a la sección Honduras, desde donde se alcanza a ver a muy corta distancia la loma pelada en cuya profundidad se registró el epicentro de aquel sismo de 5.3 grados en la escala de Richter.

Mientras el camarógrafo y la reportera realizaban su trabajo, yo que les serví de guía para identificar el lugar exacto del epicentro del sismo (coordenadas 18.422ºN, 70.419ºW), me dediqué a conversar con algunas señoras acerca de qué tanto habían sentido el fenómeno telúrico.

Todas decían que habían sentido el temblor muy fuerte y vieron caer botellas, espejos, pero se conformaban porque no vivían en Ocoa,  unos 20 kilómetros más al norte, porque allá sí que estaban en peligro según las noticias que habían escuchado.

Cuando les dije que miraran conmigo hacia la loma que está encima del paraje Matadero, todas se sorprendieron cuando les informé que sin ninguna duda ahí fue que el temblor se originó y que ellos eran los seres humanos que habían estado más cerca del punto más crítico de aquel sacudón.

Como si mis palabras necesitaran una confirmación de hecho, en ese mismo momento se produjo una réplica de 4.6 grados que todos sentimos, lo que aprovechó una joven señora para advertir que lo único que se podía hacer ante un temblor era "dejarlo todo en las manos de Dios".

No quise contradecir a la dama y explicarle que Dios no tenía el control de los fenómenos naturales, aunque lo tuviese de su ignorancia, pero en el fondo de mi corazón sentí pena y frustración porque la gente que aun tiene el valor de permanecer en el campo, viva al desamparo de los gobiernos de mi generación (no de la de Trujillo o Balaguer) y permanezca totalmente a merced de los desastres sin más esperanza que una protección divina.

En cualquier campo dominicano hay más y mejores templos religiosos y locales para vender números de lotería que aulas para que los niños aprendan a dominar los rudimentos de la ciencia que les permitiría entender con un mínimo de racionalidad, los fenómenos que ahora sus padres, abuelos, tíos, padrinos, pastores y vecinos, atribuyen a castigos divinos y creen que solo pueden salvar sus vidas si se humillan a Dios.

Y como están las personas en los campos, así están en las ciudades. Total inacción preventiva para hacer frente a un sismo de gran magnitud. Nadie puede comprobar que el gobierno haya dado un solo paso para prevenir un gran desastre como están advirtiendo las personas que conocen mejor estos fenómenos y siguen su comportamiento a lo largo de los años.

Desde el fuerte temblor que afectó el norte del país en septiembre de 2003, dañando seriamente escuelas y edificios públicos, nada se ha hecho para comprobar la resistencia de los edificios que alojan grandes contingentes humanos.

A riesgo de que caiga en oídos sordos, porque yo se muy bien que en este país lo importante es hacer negocios desde el gobierno para pasar de pelagatos a multimillonarios, voy a repetir como sugerencia lo que ha dado resultado en países donde tiembla la tierra con mayor frecuencia.

Si el gobierno quiere ponerse a la altura de su responsabilidad, debe formar sendos equipos de ingenieros: para Santo Domingo,  para el norte del país, el este y el sur, con la atribución de revisar in situ todos los edificios que alojan escuelas, colegios, hospitales, clínicas, cárceles, asilos, templos religiosos, bibliotecas, palacios municipales, gobernaciones, academias, universidades, grandes fábricas, grandes fincas, granjas, tiendas, cines, supermercados, edificios de oficinas públicas y privadas, discotecas, bares, restaurantes, cuarteles militares, de Policía, bomberos, torres, multifamiliares, puentes, entre otros, para determinar si son resistentes a un terremoto de 8 grados en la escala Richter.

Todas las construcciones que llenen las condiciones de soportar un gran temblor, deben ser certificadas y señalizadas conforme a un plan de evacuación, el cual debe ser ejercitado cada dos años.

Las edificaciones que siendo alojamientos frecuentes de gran cantidad de personas y no reúnan las condiciones para soportar un terremoto, deben ser reforzadas de inmediato en su estructura (aunque no se pinten) y señalizadas conforme al plan de evacuación particular.

Estas medidas garantizarían que en un próximo terremoto no haya miles de estudiantes, profesores, médicos, enfermeras, policías, soldados, bomberos, profesionales de distintas ramas, muertos o heridos como consecuencia de un desastre mayor.

Simultáneamente con estas medidas puntuales, debe reforzarse la educación hogar por hogar de todas las personas acerca de la naturaleza de estos fenómenos, su peligrosidad y las formas que la experiencia ha enseñado para sufrir el menor daño posible, tanto de los seres humanos, los animales como de la infraestructura.

No es posible que la gente, como en Honduras, Baní, piense que lo único que puede salvarla de un gran sismo es la voluntad de Dios, mientras ignora que el epicentro del temblor estuvo a escasos metros de donde ellos dormían.

Mientras falte este tipo de disposiciones, el gobierno seguirá gastando dinero para reparar edificios públicos agrietados por los sismos –lo cual no es mal negocio-, pero nadie podrá resucitar a los que mueran por la falta de prevención y educación, que como siempre, serán los más pobres y los que dispongan de menos educación.